Dramatis Personae

Sueña con Carlos Fuentes desnudo sosteniendo una de sus últimas novelas como hoja de parra. Sueña con Octavio Paz leyendo en voz alta poemas de Góngora y Quevedo, señalando aburridamente las deficiencias de uno, las virtudes de otro

POR Severino Ortega Menchaca

 Sueña con Carlos Fuentes desnudo sosteniendo una de sus últimas novelas como hoja de parra. Sueña con Octavio Paz leyendo en voz alta poemas de Góngora y Quevedo, señalando aburridamente las deficiencias de uno, las virtudes de otro

Librería_1(reurbanist.com)

Alberto Espinosa lo hizo para entretenerse. En realidad quería olvidar a Olivia, con quien había roto en plena librería, a un lado de la mesa de novedades, discutiendo, entre otras cosas, uno de los tantos títulos de Roberto Bolaño. “Es de lo mejor”. Dijo Olivia mientras leía la cuarta de forros color morada. Alberto gruñó. Luego de que ella se fue se reprochó no haberle dado la razón, tal vez y hasta regalarle la nueva novela de Murakami, o de su tan admirado Paul Auster. “¡Por Dios!, preferir ese autor a Carlos Fuentes”, se repitió mientras volvía a casa.

En un cuaderno cuadriculado escribió una palabra. Luego otra. Vinieron más palabras. Sin querer apareció un párrafo. Hermoso en su forma. Después un punto y aparte. Entonces Olivia se hizo polvo y pensó que más valía separarse de alguien con tan pocos conocimientos literarios.

Según los procedimientos técnicos aprendidos meses antes en un taller literario ubicado en la Condesa, una idea bien expuesta. Intentó recordar una cita de Montaigne. Lo cierto es que en pocas ocasiones lo conseguía. Frente a él aparecían enlaces tipográficos con un significado, ¿cuál? Se rascó en varias ocasiones la cabeza, encendió un delicado sin filtro y estiró los brazos. No lo sabía. Pero siguió. De eso se trata. No darte por vencido. Así le decía José Ramírez Espartaco en el taller literario. Uno de los alumnos más destacados y joven promesa literaria. “Échale ganas. ¿Tú crees que Carlos Fuentes o García Márquez se hizo gran novelista de la noche a la mañana?”. Se levantó. Expelió el humo del cigarro con violencia, llamó “puta” en tres ocasiones a Olivia y sin querer llegó hasta un espejo de cuerpo completo que colgaba al lado de un póster de Carlos Fuentes, obsequió de José Ramírez Espartaco tras una exposición en Bellas Artes.

En una cafetería en el centro. En la calle de Gante. Ahí acordaron la cita. Llegó diez minutos antes y pidió un americano. José Ramírez Espartaco apareció a lo lejos. Mientras caminaba sostenía Songs of Experience de William Blake y leía en voz alta. La imagen parecía la de un Cristo que camina repartiendo bendiciones. Llegó, se sentó y cerró el libro. “Algún día voy a escribir poesía como él”. Lo dijo en serio. Alberto Espinosa disimuló una sonrisa y estiró el manuscrito hasta dejarlo frente a José Ramírez Espartaco, quien se puso de pie y leyó en voz alta. Terminó. “Aquí hay algo. Aquí hay algo”. Dijo mientras encendía un delicado sin filtro. Soltó la primera bocanada sobre el manuscrito. Luego hizo: “ah, ah, ah. Es buen cuento”. “¿Cuento?” Pregunta Alberto Espinosa. “Un cuento a la manera tradicional”. Apaga el cigarro José Ramírez Espartaco. “Mira: cuando dejé la carrera de letras hispánicas sólo se conocían los cuentos a la manera tradicional”. “¿Tradicional?” Alberto Espinosa pidió la cuenta. “No se sabía nada de esas ridiculeces de minificciones, estructuralismo, hermenéutica o cositas por el estilo. Todos eran cuentos y punto. Y el tuyo es muy bueno. ¿Lo vas a publicar en la revista?”

 

A man writing on book(www.visualphotos.com)

A partir de la aprobación de José Ramírez Espartaco, Alberto Espinosa comenzó su carrera literaria. Al volver a casa cogió el cuaderno cuadriculado. Entonces se le ocurrió un personaje: Homero. Y también se le ocurrió que este personaje fuese poeta. Y aunque sus poemas en realidad son malísimos se empeña en escribir porque quiere parecerse a William Blake.

Homero tiene muchos poemas en libretas de pasta blanda y cuadro chico. Prefiere la marca Odisea porque tras trabajar con otros descubrió que son los que tienen el arillo metálico más resistente.

Es tarde. Homero sale a caminar tras comer. Llega a la esquina de la calle, da la vuelta y choca de frente con Menelao, quien hace muchos años fue su profesor de literatura universal en la secundaria. Se saludan. También cuentan un poco lo que han hecho. Él sigue dando clases. Ahora a nivel preparatoria. Cuestiones del sindicato. Homero se disculpa por el choque. Dice que en ocasiones es medio torpe. Al hacerlo se percata de que una de sus libretas Odisea fue a dar al suelo; Menelao se adelanta, la recoge, la abre y lee.

—¿Usted escribe?

Pregunta mientras devuelve la libreta. Aquí hay una valoración psicológica en Homero: es introvertido. Digamos que no tuvo una infancia feliz. Sus padres se separaron cuando él tenía ocho años. Fue a vivir a casa de una tía. Una mala tía. Amargada desde que su esposo la dejó por otra mujer, una más joven que conoció en la estética donde se cortaba el cabello. Mueve la cabeza. Lo hace de arriba hacia abajo. Es un tic nervioso que le dejan los partidos de tenis que ve los sábados por televisión. Menelao le arrebata la libreta Odisea, la abre y lee en voz alta con una voz que aparenta ser solemne pero que tan sólo se queda en avejentada.

(En esta parte Alberto Espinosa hace una pausa porque ya le duelen las nalgas por estar sentado frente a la computadora. Enciende un Delicado sin filtro, da unos cuantos pasos y dice en voz alta que los poemas de Homero tienen que ser malos, genéricos, intentos de pensamientos escritos así, sin conocimiento de alguna teoría literaria, como las melodías que silba mientras espera a Olivia, o ella a su nuevo novio, o a su amante.).

Menelao insiste en asesorar a Homero pero antes le cuenta una historia: hace muchos años hizo con algunos compañeros de la universidad (“ hombres, pues estaban prohibidas las mujeres por muy buenas escritoras que fuesen o por muy buenas que estuvieran”) una revista literaria, Caballo Verde, o rojo, los colores no los distingue bien ahora que además de miope es daltónico. Hace una pausa. Como de ésas que se hacen cuando uno no se acuerda bien de algo y necesitas tiempo para dar con ello. Dice que no era una revista tan buena. Salieron cinco números (aquí Homero alcanza a imaginar las portadas), porque cuando iban a sacar el número seis se les acabó el dinero y los colaboradores ya no querían escribir, mucho menos si lo iban a hacer de a gratis. Además a algunos les había llegado la fama desde los primeros números y ahora eran solicitados en conferencias (una de ellas titulada: “Lugares comunes en la literatura mexicana”), así como en cantinas con nombres literarios (El Gallo de Oro, por ejemplo). Aquí Menelao se detiene nuevamente. Dice que no se quiere hacer el chillón. Luego dice que lo primero por aprender tanto en poesía como en el baile es el ritmo.

—¿Conoces El manual de métrica española de Tomás Navarro Tomás?

 

Librería_3(mainlinepublishing.wordpress.com)

Alberto Espinosa sabe que Homero no conoce el libro. ¿Por qué? Porque a él mismo le da mucha flojera acercarse a sus más de 400 páginas escritas en un español que parece de Marte, si es que en Marte se habla español.

Piensa la respuesta de Homero. Antes se soba las nalgas. Se le viene a la mente El arco y la lira.

—¡Ni siquiera sé quién chingaos es Tomás?

Pasa el tiempo. Digamos unos cuantos días. La cámara narrativa de Alberto Espinosa aterriza en la mesa de una cafetería en la calle de Gante, en el centro histórico. Tal vez son las cuatro de la tarde. Aunque en eso de las horas Alberto prefiere que sean las cinco: es una hora adecuada para el café. Poca gente. Una canción ranchera se alcanza a escuchar desde algún lugar.

—¿Conoces El arco y la lira?

Alberto lo conoce, y dado que uno de los consejos de José Ramírez Espartaco es escribir acerca de lo que uno conoce, escribe luego luego la respuesta de Homero.

—Sí lo conozco… y aunque algunas partes se me hacen de hueva, el que está dedicado al ritmo es el que más me gusta.

A Homero, piensa Alberto, porque él en realidad ama a Paz e incluso algo que nunca ha confesado es uno que otro sueño erótico con el Nobel de literatura.

Por fin Homero termina su primer poemario. Le pone título: Caballo verde. Se presentará en la cantina El Gallo de Oro. Cervezas y botanas de honor.

Alberto Espinosa se encuentra en el mismo café con José Ramírez Espartaco y le muestra los avances de la historia. José fuma un delicado sin filtro. De hecho, parece que lleva meses adherido a sus gruesos labios. Ahora no lee en voz alta. Mueve la cabeza. Sólo deja el Delicado sin filtro en el cenicero cuando grita: “Pinche Paz, ¡no mames!” Luego vuelve a soltar humo sobre las hojas. Cuando termina se toma su tiempo. Bebe un capuchino con doble carga de canela. Mira fijamente a Alberto. Primero le pregunta cómo van las cosas con Olivia. Alberto guarda silencio. “Cuando no sabes quién es Cortázar, como mujer estás jodida”, dice José. Cambia el tono de voz. Serio. “A mí me gusta como va. Pero siento que le hace falta más garra. Según Conrad una adversidad que le ocurra a tu personaje. Mátalo. Las muertes de los personajes principales siempre enternecen. Y si se dan bajo circunstancias trágicas mucho mejor. Desde el Quijote, Dorian Grey, Ana Karenina, Pito Pérez, Pedro Infante, Capulina”.

 

Librería_4(www.literatureworks.org.uk)

A una semana de que se lleve a cabo la presentación de Caballo verde, Menelao fallece de un paro cardiaco fulminante mientras coge con una puta en el Pasadena, un hotel de paso cercano a la cafetería de la calle de Gante. Alberto se acuerda de las nalgas redondas y tersas de Olivia y piensa en una dedicatoria. A las nalgas, no a ella.

José Ramírez Espartaco enfurece como en pocas ocasiones lo ha visto Alberto Paredes. “¡Puta madre!” Así le dice a Alberto luego de leer. “Lo estuve pensando: ¿cómo es que le publican a alguien poemas mediocres? ¿En qué país sucede eso? ¿No se supone que atrás de cualquier editorial que se precie de serlo hay un comité dictaminador que manda a la mierda los poemas malos y acepta los poemas buenos? ¿Por qué crees que México es de los pocos países que se orgullecen de contar con tan buenos poetas? ¡Nombres, dime nombres, carajo!”

Sale a la venta Caballo verde y Homero recibe elogios de la crítica especializada. En un programa cultural en la televisión un obeso y calvito conductor lo perfila como uno de los mejores poetas del siglo XXI de lo que se ha dado en llamar Generación Equina, pues casi todos gustan de montar ponys.

Alberto Espinosa no tiene idea de cómo finalizar la historia ahora que Homero es un poeta consagrado.

Homero gana algunos premios literarios. Uno de poesía en la colonia Santa María la Ribera. Otro en la Feria de las Flores en San Ángel. Al año siguiente gana el Prixma, uno de los premios más importantes otorgado por la comunidad literaria europea.

Alberto Espinosa tiene muchas dudas (y deudas). Decide dejar por la paz la historia de Homero. Se reconcilia con Olivia y cogen todo un fin de semana. Únicamente salen en pijamas a comprar algo de comer, cervezas y a pagarle al dealer que les lleva la cocaína y la marihuana hasta la puerta del departamento.

A Homero lo invitan a Francia a un festival para conmemorar el natalicio de Tomás Navarro Tomás y le obsequian una edición especial dentro de una caja metálica dorada. Le gusta tanto una francesa de nombre Chloé  que se queda a vivir allá un año y aquí no sabemos qué carajos pasa con su vida. Eso sí: recibe elogios de la crítica parisense, y en menos de seis meses ya se perfila como un poeta destacado de la Generación Equina. Lo últimos que sabemos de él es que da una entrevista en France Télévisions.

—¿Cómo es su proceso creativo?

Homero piensa un poco la respuesta. En las manos lleva Pájaros tiernos, poemario que publica José Ramírez Espartaco tras ganar un premio nacional (en la portada aparece él montando un pony). Luego responde. Visiblemente nervioso.

—Es como si alguien atrás de mí me dictara lo que tengo que pasar a las libretas Odisea (¿mencioné que es mi marca favorita?), por increíble que parezca.

Lo dice en español. En la pantalla de la televisión aparecen los subtítulos.

Alberto Espinosa no tiene la menor idea de cómo finalizar el cuento ahora que a Homero se le considera un poeta destacado. Pasan unos días y nada. Decide dejar el cuento de Homero debajo del Ulises de James Joyce y se va a pasar mejores momentos con Olivia, quien amenaza que de no casarse pronto volverán a terminar.

 

Librería_5(authorsawilliams.wordpress.com)

Sueña con Carlos Fuentes desnudo sosteniendo una de sus últimas novelas como hoja de parra. Sueña con Octavio Paz leyendo en voz alta poemas de Góngora y Quevedo, señalando aburridamente las deficiencias de uno, las virtudes de otro. Sueña con la madre de Olivia. Cuarentona divorciada que gusta de vestirse como de veinte. También sueña con Homero, ¿Homero? Y aquí Alberto Espinosa se despierta sofocado. Enciende un delicado sin filtro, expele el humo y se hace un juramento: en cuanto amanezca arrancará ese póster de Carlos Fuentes. Luego toma su celular, marca.

—¡Qué se muera!, dices que las muertes ayudan.

Llega la mañana. En calzones blancos Alberto Espinosa se sienta a escribir:

Ha bebido mucho tinto Homero. Está borracho. En cualquier momento puede sufrir un accidente fatal. Así son los accidentes: impredecibles.

Homero está contento. Abre la libreta Odisea y escribe. Deben ser las diez de la noche:

¡No me gustan los accidentes!

Alberto Espinosa tachonea “impredecibles”. Es estúpido. ¿Hay accidentes predecibles? Se arrepiente. En realidad está a punto de mandar a la mierda la historia. Pero escribe: En una de las tantas calles por donde dicen se emborrachó Baudelaire. Ahí está Homero. También borracho.

Y Homero bebe tinto de su copa y escribe:

Hay un hombre que admira a Carlos Fuentes. Dice que es el único novelista mexicano. Luego de él nada. Recibe un póster de un amigo, José Ramírez Espartaco, y no duda pegarlo en su habitación. Una modesta, como debe ser la de un artista. “Alberto”, es buen nombre para una primera historia.

Alberto acerca el bote de basura. Lo piensa. Se desilusiona de la historia. Un poco también de Espartaco. Acaba por aceptar que no es buen poeta.

Alberto y Homero arrancan las hojas, las arrugan, las arrojan al bote de basura, donde además de envolturas de papas, dos envases de cerveza, una antología de poesía latinoamericana, hay dos condones usados hechos nudito.

Se suicida. José Ramírez Espartaco cumple lo prometido en tantas ocasiones mientras estaba borracho. Entra a una de las habitaciones de un hotel cerca del monumento a la Revolución. No lleva pistola. Se ahoga en el escusado. Con algunos trabajos. Pero lo consigue. Cuando el encargado del hotel rompe la chapa de la puerta y entra lo ve en el baño. Mojado. Dejó una nota póstuma dirigida a Alberto. Entre otras cosas habla de William Blake. Ocurre: siempre hay un escritor suicida en cada generación literaria. Alberto la lee dos veces, luego la tira al primer bote de basura que encuentra.

Dramatis Personae aparece publicado al mes siguiente en el número seis de la revista Caballo Verde. Problemas financieros. Así dicen a cada uno de los colaboradores a unos cuantos días, cuando la revista se viene a pique y de 500 ejemplares apenas se alcanzan a vender 30, y 25 más que regalan para promoción afuera de las estaciones del Metro. Severino Salazar Menchaca se despide de la redacción. En realidad un cubículo en deplorable estado tomado por la fuerza en la Facultad de Filosofía y Letras. Sale. Camina hasta la avenida Revolución. En la barda de un panteón ve grafiteado un verso de Neruda. Un mal verso. Va pensativo. La única revista que le publica y se acaba por ir a la mierda. Al dar vuelta en una calle choca con su maestro de literatura de la preparatoria. ¿Sigues escribiendo? Severino Salazar Menchaca responde que sí. Luego se van a tomar café. A los dos meses preparan una revista literaria. Piensan en tantos nombres. Gana uno: Caballo Azul.