John M. Keynes: sexo, economía y austeridad

Mientras que otros economistas se centraron en maximizar el crecimiento económico, Keynes quiso ir más allá y maximizar los placeres de la vida. Por lo mismo, en vida y aun ahora ha sido objeto de ataques homofóbicos para desacreditarlo

POR Jeet Heer

 Mientras que otros economistas se centraron en maximizar el crecimiento económico, Keynes quiso ir más allá y maximizar los placeres de la vida. Por lo mismo, en vida y aun ahora ha sido objeto de ataques homofóbicos para desacreditarlo

Keynes_1(www.ipolitics.ca)

John Maynard Keynes fue el economista más sexy que jamás haya vivido. Esto puede parecer un elogio a medias, ya que en nuestra mente el típico economista aparece como un hombre desaliñado, casi siempre calvo, lleno de consejos de prudencia sobre el ahorro y el milagro del interés compuesto. Keynes, con su bigote de oruga y fascinantes ojos adormilados, es una figura más deslumbrante.

Tuvo muchos amantes de ambos sexos y se casó con una de las grandes bellezas de la época: la bailarina Lydia Lopokova. Su genio para jugar a la bolsa le permitió disfrutar una vida de bon vivant, socializando con los escritores y artistas del grupo de Bloomsbury, como Virginia Woolf y E.M. Forster, en vez de los tipos aburridos de Cambridge y del Tesoro británico. Mientras que otros economistas se centraron en maximizar el crecimiento económico, Keynes quiso ir más allá y maximizar los placeres de la vida.

Teniendo en cuenta todo esto, quizás no es sorprendente que un ataque reciente muy publicitado sobre la política keynesiana de la utilización del déficit público para superar la recesión económica recurrió a la homofobia para desacreditarlo. En una conferencia, el historiador de Harvard Niall Ferguson sorprendió a su audiencia en la Conferencia de Inversión Estratégica Altegris, en California, al llamar a Keynes homosexual sin hijos que no podía dar a su mujer la satisfacción conyugal y al que no preocupaba el impacto de los déficits en la posteridad.

Lo que siguió fue una tormenta de críticas, y en un esfuerzo por salvar su reputación, Ferguson, un fuerte crítico tanto de las políticas de estímulo suave del presidente Obama y de los economistas keynesianismos más ambiciosos como Paul Krugman, de forma expedita se disculpó, explicando que sus declaraciones fueron “tan estúpidas como insensibles”, y que sus “desacuerdos con la filosofía económica de Keynes nunca han tenido nada que ver con la orientación sexual del personaje aludido. El paso en falso de Ferguson se produjo a raíz de la noticia reciente de que un influyente estudio de 2010 realizado por sus colegas de Harvard Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, que parecía mostrar un umbral más allá del cual el déficit ha obstaculizado el crecimiento económico, resultó ser que dependió en gran medida de un error de hoja de cálculo Excel, así como de otros defectos metodológicos elementales. Mientras que los defensores de la austeridad han disfrutado de un ascenso inexplicable en el mundo político desde el inicio de la actual Gran Recesión, el escrutinio de Ferguson, como el de Reinhart y Rogoff, han ponderado el déficit sobre la defensa intelectual.

 

Keynes_2Joseph Schumpeter (www.texemarrs.com)

El repudio a sus propios comentarios homofóbicos debe elogiarse en Ferguson. Pero resulta que éste tiene un historial de burlas acerca de la sexualidad de Keynes. El economista Justin Wolfers, de la Universidad de Michigan, llamó la atención sobre el hecho de que en The Pity of War, el libro de Ferguson de 1999, Keynes es descrito como un hombre deprimido a causa de la Primera Guerra Mundial, en parte porque “los chicos que le gustaban habían sido reclutados”. Más adelante en el mismo libro, Ferguson juguetea con la idea de que Keynes pudo haber sido influenciado al convertirse en un crítico áspero del Tratado de Versalles por a la atracción que sentía hacia el negociador alemán Carl Melchior. (Es vergonzoso refutar los sinsentidos con hechos lógicos, pero Keynes probablemente estaba deprimido por la guerra porque no estaba de acuerdo con la masacre masiva, mientras que su crítica al Tratado de Versalles fue reivindicado en la posguerra por el caos político y económico que él predijo).

Pero algo más profundo y extraño sucede aquí. Resulta que los insultos homofóbicos contra Keynes tenían una larga tradición. Tanto Brad DeLong, economista de Berkeley, como Kathleen Geier, del Washington Monthly, han documentado el intento por describir a Keynes como alguien despreocupado por el futuro; el que fuera un hombre gay sin hijos ha sido un elemento básico de la crítica conservadora durante casi siete décadas.

La acusación fue hecha primero por Joseph Schumpeter, el brillante economista de Harvard, quien en un obituario de 1946 se lamentó de que Keynes “no tenía hijos y su filosofía de la vida era esencialmente a corto plazo”. Las palabras de Schumpeter –aún recordado por su afirmación de que el capitalismo descansa en la “destrucción creativa”, y un conservador que pensaba que los intelectuales como Keynes estaban socavando la base moral de la libertad de mercado— han hecho eco en muchos otros pensadores como George Will, Gerturde Himmelfarb, Greg Mankiw, Mark Steyn, y V.S. Naipaul. (Himmelfarb sostiene que la famosa frase de Keynes “A largo plazo todos estaremos muertos” tiene “una conexión obvia con su homosexualidad”, mientras que Mark Steyn describió al economista como “homosexual sin hijos” y “libertino”. Greg Mankiw, economista de Harvard, también utiliza la palabra “sin hijos” para describir a Keynes, al tiempo que plantea la pregunta, ¿qué está pasando en Harvard?).

La afirmación de Schumpeter ha tenido una vida sorprendentemente robusta a pesar de que es a la vez biográficamente errónea y lógicamente absurda. Keynes no tuvo hijos por elección propia. Él y Lydia Lopokova deseaban una familia más grande, pero no fue posible a causa de un desgarrador aborto involuntario. Por otra parte, las personas sin hijos, de cualquier orientación sexual, son más que capaces de preocuparse por el futuro de la especie. ¿Debemos pasar por alto a aquellos famosos que no fueron padres, como Immanuel Kant, Jane Austen, Emily Dickinson y Beethoven, por no hablar de Cristo, y centrarnos exclusivamente en el momento presente?

 

Keynes_3Ezra Pound (literofilia.com)

Aun así, la mejor respuesta a Schumpeter y Ferguson es reconsiderar y volver a discutir el vínculo entre sexo y economía. Podemos rechazar la homofobia, pero plantear la pregunta: ¿cuál es la conexión entre el gran amante Keynes y el gran economista Keynes? Para responder a ello, tenemos que reconocer que la economía no es una ciencia moralmente neutra sino que está íntimamente relacionada con cuestiones acerca de lo que queremos de la vida, incluyendo el tipo de sexo que queremos tener.

Históricamente, los intentos de prohibir la sodomía (definida en términos generales como el sexo no procreativo) han tenido una dimensión económica, pero también moral. La economía, para los antiguos griegos, fue la administración del hogar (oikonomia es el equivalente griego de la palabra casa, cría). Aunque los griegos precristianos no tenían una idea de que la homosexualidad era un pecado, desarrollaron la idea de que había una tensión entre la sodomía y el objetivo procreativo que veían que rige la gestión adecuada del hogar.

Al recordar la forma en que los griegos veían la economía podemos dar sentido a los curiosos argumentos de Aristóteles –de que la usura era similar a las relaciones sexuales no naturales, una caja de dinero que se genera por la interacción con un tercero y no el crecimiento de una casa a través de la fructífera unión de marido y mujer. En La política Aristóteles sostiene:

“Hay dos formas de adquirir la riqueza, como ya he dicho; una es parte de la administración del hogar, la otra es el comercio minorista: la primera es necesaria y honorable, mientras que la que consiste en el intercambio es censurada con razón, porque no es natural, y un modo por el que los hombres ganan el uno del otro. La forma más odiada, y con mayor razón, es la usura, que genera una ganancia ajena al dinero en sí mismo, y no desde el objeto natural del mismo. El dinero estaba destinado a ser utilizado en el intercambio, pero no a incrementar su interés. Y este interés a largo plazo, lo que significa el nacimiento del dinero desde el dinero, se aplica a la crianza del dinero, donde la descendencia se parece al padre. Adquirir de esta manera la riqueza es de lo más antinatural”.

El vínculo de sexo no procreativo con la usura fue influenciado profundamente por los pensadores cristianos. Tomás de Aquino, cuya Summa Theologica codificó la fusión de Aristóteles con el cristianismo, argumentaba que la sodomía y la usura eran ambos “pecados contra la naturaleza, en los que se viola el orden de la naturaleza, una lesión hecha contra Dios mismo, quien establece el orden en la naturaleza”. Haciendo eco de Aquino, Dante coloca a sodomitas y usureros en el mismo círculo del Infierno en la Divina comedia. En 1935, en su tratado Crédito social, Ezra Pound, quien criticaba obsesivamente las excentricidades de la economía, sostenía que “a la usura y la sodomía, la Iglesia las condenó como pares, a un infierno, el mismo por una razón, y es que ambos están contra el incremento natural”.

 

Keynes_4Jeremy Bentham (www.sevenoaksphilosophy.org)

Hay un lado B en esa tradición de ver la sodomía como el enemigo de la economía natural de la casa: la tradición de la economía liberal fundada por Adam Smith que desafió el modelo familiar al ver la economía enraizada en el libre comercio de bienes entre los hogares y las naciones. Precisamente porque Smith era más receptivo a lo previamente condenado o al tabú de las actividades económicas como el comercio y la manufactura, también fue más abierto al liberalismo sexual.

Alexander Dalrymple, el amigo de  Smith, ahora se cree que pudo haber escrito un tratado anónimo, Pensamientos de un hombre viejo hombre (1800), recordando que el fundador de la economía moderna consideraba que “la sodomía era una cosa en sí misma indiferente” –una cosa radical para mencionarla incluso en privado en los momentos en que la sodomía era una ofensa capital, condenada por la iglesia y el Estado. Curiosamente, Smith fue más reacio a desafiar el prejuicio tradicional contra la usura, a pesar de que sus estudiantes concluyeron que la normalización de la usura fue el resultado racional de la economía smithiana.

Las nuevas y algo incipientes ideas de Smith fueron apoyadas aún más por Jeremy Bentham, que en un ensayo inédito señaló que la sodomía “no produce ningún dolor”, y “por el contrario, produce placer”. Dolor y placer fueron categorías clave para Bentham conforme desarrollaba la filosofía del utilitarismo, que argumenta un nuevo objetivo para la sociedad: “La mayor felicidad en mayor número es la medida del bien y el mal”.

No es casualidad que en 1787 Bentham escribiera Defensa de la usura, que intentó convencer a Adam Smith de que tuviera una visión más benévola de la actividad económica moralmente sancionada hasta entonces. Sobre el tema de la usura y la sodomía, la inclinación de Bentham era tomar los impulsos liberales de Smith para su fin lógico. Bentham estaba a favor de los actos adultos consensuados (ya fueran sexuales o económicos) que condujeran a una mayor felicidad, violaran o no los tabúes o pre-existentes.

 

Keynes_5John Maynard Keynes (www.freeinfosociety.com)

Aunque Keynes revisaría la tradición liberal clásica en muchos sentidos, compartía la aversión de Bentham al dolor innecesario. En su ensayo My Early Beliefs, Keynes propuso su credo básico: “Los temas apropiados de la contemplación y comunión apasionada eran un ser querido, la belleza y la verdad, y algunos de los objetivos principales de la vida son el amor, la creación y el disfrute de la experiencia estética y la búsqueda del conocimiento. De ellos, el amor fue el primero que recorrió un largo camino”.

La primacía que Keynes dio al amor es la clave para comprender su grandeza como economista y figura moral. Al valorar el amor como lo hizo, Keynes estaba dispuesto a ignorar o anular los credos tradicionales que, a su juicio, infligían un sufrimiento innecesario, ya fueran la prohibición de la homosexualidad o el uso de la austeridad como solución a las crisis económicas.

Si la visión económica de Keynes se entrelaza con sus puntos de vista más importantes sobre sexo y amor, lo mismo es seguramente cierto en las muchas líneas de pensamiento a favor de la austeridad que se oponen al keynesianismo. Schumpeter era fundamentalmente un nostálgico que anhelaba un regreso a los tiempos heroicos de la familia burguesa del capitalismo, un mundo que él sabía que irrevocablemente se había perdido. No es de extrañar que Schumpeter estuviera tan inquieto por Keynes, un hombre en casa con una economía y sexualidad modernas.

Como Mark Blyth ha demostrado en su libro Austerity: The History of a Dangerous Idea, el poder de los argumentos a favor de la austeridad viene de que aquellos que invocan el sistema moral tradicional de Occidente, una forma de pensar que rara vez es cuestionada, ya que se parece al sentido común. Implícitos en la austeridad están todo tipo de adagios morales: sin dolor, no hay ganancia; el sufrimiento construye el carácter, el ahorro es una virtud.

Keynes fue capaz de ver a través de la falacia de la austeridad  porque no creía que las restricciones morales tradicionales debían ser aceptadas sin crítica. Más bien quería medir esas censuras a través de sus consecuencias. Si seguimos el ejemplo de Keynes, podemos utilizar la misma inteligencia crítica que ha volcado el prejuicio contra la homosexualidad y empezar a cuestionar la ortodoxia de la austeridad. No es de extrañar que Keynes aún sea una figura amenazante por igual para los economistas y moralistas conservadores.

 

Tomado de: The American Prospect. Mayo 7, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.