Joven promesa

Es la quinta ocasión que Doris recibe esa llamada. Un tipo que se empeña en establecer contacto con Franz Kafka. Le vuelve a decir que es imposible. Cuando se trata de muertos tan famosos es imposible. El tipo dice que está dispuesto a pagar lo que sea

POR Severino Ortega Menchaca

 Es la quinta ocasión que Doris recibe esa llamada. Un tipo que se empeña en establecer contacto con Franz Kafka. Le vuelve a decir que es imposible. Cuando se trata de muertos tan famosos es imposible. El tipo dice que está dispuesto a pagar lo que sea

Promesa_1(www.pointmanreviews.com)

Parpadea la pantalla. A una mano, Rolando revisa la bandeja de entrada de su correo electrónico. Acaba de enviar el último de sus cuentos. Un mal título. Es algo en lo que Rolando falla. Encuentra un correo de Lucía, su única lectora, luego de su hermana, su tía y su sobrino. Lo abre. Unas cuantas palabras acerca de lo bien que escribe, de lo bien que se le da a Rolando la prosa. Cierra el correo y decide reenviar el cuento a Diana. Rolando se emociona. De alguna manera sabe que Diana va a leer su cuento. Lucía no le importa: ella es incondicional. De los familiares, ni hablar.

Tras muchas entrevistas, Francisco encuentra trabajo en una editorial. Reparte novedades literarias a los encargados de las secciones culturales de periódicos y revistas. Incluso cuando él no lee está contento con su trabajo. Si bien no es el mejor del mundo, mucho menos por el sueldo, tiene la oportunidad de ojear una que otra novedad literaria, pasearse por la ciudad mientras va de una oficina a otra y, lo mejor, pasar la mayor parte de su horario laboral fuera del almacén, lejos de un gruñón editor, tipo cuarentón calvito egresado de alguna universidad pública con maestría en letras iberoamericanas y pasante de la carrera de periodismo en la Carlos Septién.

Un lunes, Francisco deja su identificación oficial en la recepción de un periódico, entra y se encuentra de frente con Lucía, quien trabaja desde hace diez días como recepcionista, no del periódico sino del edificio de cuatro pisos, donde también están las oficinas de la inmobiliaria Torres y Asociados, el despacho de abogados García, un call center que ofrece teléfonos celulares, Doris, una vidente que asegura tener contacto con personas del más allá y Bichito, una estética canina, aparte de Sexxx, una sex shop que tiene preferencia por artículos japoneses.

Francisco y Lucía se atraen. Sus miradas casi se tocan mientras suenan los ring, ring de los teléfonos. Intercambian teléfonos celulares luego de que Lucía se disculpa para atender una llamada y transferirla a Doris; se hablan en dos o tres ocasiones, principalmente por las mañanas, para desearse buen día, y quedan a la semana siguiente para tomar un café en la colonia Roma.

Es la quinta ocasión que Doris recibe esa llamada. Un tipo que se empeña en establecer contacto con Franz Kafka. Le vuelve a decir que es imposible. Cuando se trata de muertos tan famosos es imposible. El tipo dice que está dispuesto a pagar lo que sea. No entiendes, dice Doris, cuelga y llama a Lucía para suplicarle que no le vuelva a pasar a ese tipo.

 

Promesa_2(leahwise.com)

El dueño de la cafetería Rue De La Paix quiso decorarla igual a la cafétéria que había visto en su primer viaje a París, antes de que falleciera su padre de cáncer en los pulmones; sin embargo, su creatividad le dio tan sólo para comprar un enorme póster con la Torre Eiffel a la salida del metro de Belleville, el cual pegó con cinta adhesiva en la pared de al fondo, algunos cuadros de pintores impresionistas y corazones con la leyenda: I love you Paris colgados del techo. En una mesa redonda de madera carcomida Lucía bebe con cuidado un capuchino, limpia sus labios con una servilleta y le confiesa a Francisco de los textos  de que vez en cuando Rolando le envía por correo electrónico. Da otro sorbo. Le aparecen bigotes de espuma.

—La verdad es que los leo por lástima, y porque en ocasiones me aburro mucho en el Facebook.

Francisco se dice interesado. Sostiene una taza de café americano y le dice a Lucía que le gustaría leer algunos de los textos de Rolando.

Diana se inscribe a un curso de cultura de belleza. Cierta tarde con lluvia entra a Internet para buscar información acerca de mascarillas de miel con aguacate. Luego consulta su correo electrónico y ve en la bandeja de entrada uno de los tantos correos de Rolando. Lo lee. Faltan unos cuantos minutos para completar la hora en el café Internet. Le gusta el cuento (así se lo presenta Rolando, como “uno de mis cuentos”), aunque el título no tanto. Se lo hace saber. Oprime con la flechita del mouse responder. Escribe unas cuantas líneas. Antes de finalizar menciona lo del título. Se atreve a dar sugerencias.

Enviar.

Cuando Rolando abre la bandeja de entrada sonríe y alza los brazos como quien recibe el trofeo de un campeonato de kung fu. Responde. Le dice a Diana que en ocasiones tiene problemas con los títulos de sus cuentos. La invita al cine. Presume: una de Andréi Tarkovski. Es muy bueno.

Enviar.

Luego lee un correo de Lucía. Dice que tiene un amigo que trabaja en El Milagro, una editorial que bien podría interesarse en publicar sus textos. Rolando se emociona al doble. Responde, abre una carpeta con varios archivos, adjunta varios cuentos con títulos fallidos y le da enviar. Suena su teléfono celular. La sonata Claro de luna de Beethoven. Contesta en el adagio. ¡Al fin! Es Diana. Acepta la invitación aunque no sabe nada del tal “Tarcobsky”.

Para Rolando la vida no puede ir mejor.

Lucía imprime los textos, se los da a Francisco en medio de dos capuchinos y nunca llegan con el editor, pues en cuanto se despiden, los tira en el primer bote de basura que encuentra. Antes, le pide a Lucía el correo electrónico de Rolando.

 

Promesa_3(www.jobjenny.com)

Francisco le escribe de manera regular a Rolando. Le dice que su libro está en proceso de espera. Una joven promesa. Así se dirige ahora a él. También le dice que está por salir una nota en un periódico acerca de uno de sus textos. Aclara lo de los títulos. Debes mejorarlos. Así lo sugiere.

Francisco y Lucía deciden irse a vivir juntos, rentan un departamento por la colonia Nápoles y tras cinco meses se separan porque Francisco no alcanza a aportar la cuota que le toca para los gastos. Lucía deja de leer a Rolando. Es más: tras la separación abandona su cuenta de correo electrónico.

Rolando y Diana entienden que se llevan de maravilla y deciden iniciar un noviazgo. Y si bien tienen uno que otro problema, sobre todo a la hora de consultar los correos electrónicos y de recibir llamadas en los teléfonos celulares, duran más o menos unos cuantos meses en los que Rolando asegura que con leerle sus cuentos a Diana es más que suficiente.

Lucía abre nuevamente su correo electrónico en un claro afán por continuar con su vida y vuelve a establecer contacto con Rolando. Quedan de verse en la Rue De La Paix. Antes de que ordenen, el dueño se acerca a la mesa y pregunta su opinión respecto a la decoración del lugar. Me gusta. Así dice Lucía mientras recorre el espacio con la mirada. Me gusta. Así dice Rolando. El dueño les agradece. Tras unas cuantas citas más, Lucía se acuesta con Rolando en un hotel de paso ubicado en la calle de Jalapa, en la colonia Roma.

Rolando lo deja de hacer poco a poco. Primero se hace como que olvida la libreta y el bolígrafo. Luego definitivamente deja de escribir.

Lucía le da la noticia una noche en el hotel. Están desnudos en la cama. Ella fuma. Rolando piensa en un título para un cuento aún no escrito. Está embarazada. Los dos se ponen de pie. Rolando estira los brazos y se rasca los testículos mientras Lucía tira las cenizas a la taza del baño. Discuten. Lo hacen frente al espejo del tocador. Lucía va a abortar. Así lo acuerdan los dos. Rolando no deja de rascarse los testículos.

 

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Diana conoce a Cristina en la clase de cultura de belleza y luego de tres copas de vino tinto, información bibliográfica por parte de Cristina acerca de mascarillas, Diana se hace lesbiana. Había tenido la curiosidad. Dice a Cristina. ¿Qué se sentirá? Y Cristina le da un beso, chupa sus labios. Antes termina con Rolando, quien ni tardo ni perezoso acude a consolarse a los brazos de Lucía.

Mientras tanto, Francisco ha sido ascendido de puesto en la editorial. Un buen día recibe la noticia de  un aumento en su sueldo. Ante las exigencias del editor por presentar novedades, recupera los textos de Rolando de la bandeja de su correo electrónico, los imprime, y se los da al editor. Son míos. Sonríe mientras lo dice. El editor se sorprende. Escritores ocultos como tú abundan. Le pide unos cuantos días para leerlos. Sólo tiene algunas objeciones con respecto a algunos títulos. Anímate a escribir más hasta que tengas un libro. Francisco lo intenta. Había una vez… Eso escribe. Había una vez… Y de ahí no pasa. Le dice al editor que no puede escribir más. No te preocupes, dice mientras rasca su cuello. Así ocurre en ocasiones con las jóvenes promesas literarias. Se caen. Terminan por caerse. Sucede tanto.

En la habitación 14 de un hotel ubicado en la calle de Jalapa, en la colonia Roma, una mujer aplica a otra una mascarilla de miel con aguacate cuya receta perfeccionó gracias a información que encontró en Internet. La otra mujer, mientras tanto, intenta leer lo que dice es un cuento: hojas que imprimió horas antes en un café Internet.

—¿Quién es el autor?

Pregunta la que lleva las manos embarradas de aguacate y mil.

—De un amigo, una joven promesa literaria.

Rolando va de mal en peor. Jura que lo ha visto. Dice que en ocasiones siente que lo persigue ese niño o niña que abortó Lucía. Dice que se vengará. Lo hace con voz de niño. Los pocos amigos se alejan de él. Tienes que ir con un psiquiatra. No lo hace. Al fin se decide. Marca el número. Reconoce la voz de la recepcionista. Pide hablar con Doris.

A la semana siguiente, Rolando se suicida en la habitación 14 de un hotel ubicado en la calle de Jalapa, en la colonia Roma. Deja una larga, larga carta póstuma. Y la contraseña de su correo. Antes de morir supone que alguien se dará a la tarea de publicar sus cuentos.