La cabalgata de la valkiria según Wagner

Muchas de las críticas negativas que se han vertido sobre la producción artística wagneriana residen en la absoluta falta de voluntad para comprender este “suceso espiritual” irrepetible, en la incapacidad para profundizar en las ideas poéticas y musicales de Wagner y en la densidad y complejidad de sus partituras

POR Fernando Montoya

 Muchas de las críticas negativas que se han vertido sobre la producción artística wagneriana residen en la absoluta falta de voluntad para comprender este “suceso espiritual” irrepetible, en la incapacidad para profundizar en las ideas poéticas y musicales de Wagner y en la densidad y complejidad de sus partituras

 

… según una convicción profunda mía, el arte es la tarea más alta y la actividad esencialmente metafísica de la vida, según piensa el hombre a quien quiero que esta obra sea dedicada, como mi noble compañero de armas y precursor en este camino…

Prólogo a Richard Wagner

El origen de la tragedia a partir del espíritu de la música

Friedrich Nietzsche

Basilea, fines de 1871

 

Cabalgata_1(commons.wikimedia.org)

En esta segunda entrega del drama wagneriano, La valkiria supone un punto de inflexión en el desarrollo del conjunto de la acción dramática. La secuela de la ópera del Anillo, que en realidad es la primera de las tres “jornadas” que integran la producción de Wagner puesto que El oro del Rin debe entenderse como un prólogo a todo cuanto va a acontecer, aparecen muchos elementos diferenciadores.

Estos elementos son, en esencia, la irrupción de nuevos personajes en la trama (acción dramática), la idea del amor como la verdadera y única fuente de la redención, y la gran humanidad que derrochan los nuevos protagonistas: Siegmund, hermano mellizo de Sieglinde, como el elegido para erigirse en el legítimo heredero mortal del dios absoluto Wotan; Sieglinde, cuyo amor por el primero –correspondido casi de inmediato desde su reencuentro en la choza en la que ella vive—, le lleva a mantener relaciones incestuosas con él, que darán como fruto inesperado a un niño-héroe; la diosa Fricka, esposa de Wotan, diosa del Matrimonio y garante de la institución que representa, quien se opone frontalmente al amor que se profesan los dos hermanos –una clara y flagrante vulneración del compromiso matrimonial convencional—; el todopoderoso Wotan, quien se ve presa de su propia codicia, de sus contradicciones, al concebir y urdir sus maléficos planes, del amor que profesa a sus nueve hijas valquirias –en especial a Brünnhilda— y de su ambición de poder; Brünnhilda, la joven valquiria predilecta de Wotan, que sufre la cólera de su padre al desobedecer a éste y rescatar a Sieglinde, y que es condenada a dormir un sueño eterno hasta que aparezca un verdadero héroe que sea merecedor de su amor; Fafner, desdichado gigante que vive en las profundidades de un bosque en forma de horrible dragón, solitario y proscrito tras asesinar a su hermano Fasolt e incumplir su pacto con Wotan.

En La valkiria, el espectador-oyente se embarca en una aventura de pasiones humanas y de violentas emociones; incluso, quien más y quien menos, se identifica con parte –o la totalidad— de los rasgos psicológicos de un determinado personaje. Wagner extrae de su paleta musical una coloratura orquestal realmente admirable. Es evidente que su técnica como orquestador es más depurada que cuando comenzó a acometer la tarea de componer El oro del Rin. La soltura y extraordinaria habilidad con la que manejaba los timbres de los diferentes instrumentos de la orquesta –y sus posibles combinaciones— aún hoy es fuente de numerosos escritos musicológicos y artículos por parte de la comunidad musical.

 

Cabalgata_2(chrisrawlins.deviantart.com)

Quien se acerque a esta “síntesis total del arte” desde la óptica recomendada en la primera entrega de este análisis, percibirá con claridad creciente que gran parte de los argumentos que esgrimen los detractores de Richard Wagner para criticar e intentar desacreditar la genialidad creativa del gran músico de Leipzig son rotundamente infundados. Muchas de las críticas negativas que se han vertido sobre la producción artística wagneriana residen en la absoluta falta de voluntad para comprender este “suceso espiritual” irrepetible, en la incapacidad para profundizar en las ideas poéticas y musicales de Wagner y en la densidad y complejidad de sus partituras.

Está claro que el grado de introspección y de conocimiento que exige acercarse con rigor y pasión al corpus wagneriano es elevado. Estamos ante la obra cumbre de un compositor que trabajó apasionada y activamente en este proyecto durante más de dos décadas, y cuatro en el cómputo total –si se tiene en cuenta la concepción original de la “Síntesis de todas las artes” y del poema La muerte de Sigfrido. Por tanto, será conveniente que el oyente que se acerque por primera vez a la Tetralogía lo haga sin ninguna clase de prejuicios psicológico-musicales.

El compositor alemán escribió: “Quien quiera que al juzgar mi música separe la armonía de la instrumentación, será tan injusto conmigo como quien separe mi música de mi poesía, mi canto de mis palabras”. De ahí la importancia de comprender que, en efecto, Wagner consiguió reunir las artes principales de su época en un único acontecimiento espiritual, producto de la suma de todas las disciplinas citadas en la primera parte de esta saga. Acercarse con rigor tan sólo al plano musical de la Tetralogía reportará un extraordinario goce espiritual y un enorme enriquecimiento a quien así lo haga, pero ese individuo estará conociendo sólo una realidad sesgada, desvirtuada. La plena comprensión del gran drama que ahora se está estudiando e ilustrando para todos nuestros lectores de Opera Mundi exige un grado de compromiso aún mayor.

La esencia de La valkiria estriba en su capacidad para mostrar las miserias y grandezas del ser humano, sus limitaciones y ambiciones, sus perversidades y sus actitudes más nobles y generosas. Y he aquí que tanto los dioses como los seres humanos, los nibelungos o los gigantes del mundo imaginario wagneriano cobren una dimensión universal, al margen de la condición de cada uno de esos seres y criaturas. La grandeza de Wagner se encuentra en la universalidad de su mensaje: el amor lo redime todo, incluso a la muerte.