Pornografía y Holocausto: los stalags

Los Stalag se publicaron ya en la década de los 60, el primero de ellos cuando se acababa de iniciar el juicio a Adolf Eichmann. Es decir, fue leído inicialmente por un público extremadamente sensibilizado con el tema

POR Johannes A. Von Horrach

 Los Stalag se publicaron ya en la década de los 60, el primero de ellos cuando se acababa de iniciar el juicio a Adolf Eichmann. Es decir, fue leído inicialmente por un público extremadamente sensibilizado con el tema

WIRECENTER(www.tagesspiegel.de)

Aunque fue realizado en 2007, se acaba de estrenar en Alemania un documental israelí sobre un tema fascinante y perturbador: Stalags: Holocaust and Pornography, dirigida por el joven cineasta Ari Libsker. La película se centra en un fenómeno muy popular en Israel durante los años 60, unos libritos pornográficos llamados Stalags (se trataba de textos que contaban con alguna colorida ilustración erótica, en las que no aparecía en ellas sexo explícito, como sí sucedía en la narración), en referencia a los campos de exterminio del Tercer Reich, y en los que atractivas mujeres ataviadas con uniformes de las S.S. torturaban a soldados americanos en los campos de la muerte. Finalmente se intercambiaban los papeles y el prisionero acababa escapando a su cautiverio, no sin antes violar y matar a sus sensuales captoras. La dialéctica hegeliana del Amo y del Esclavo, en plena movilidad del intercambio de roles, conducida hasta el extremo máximo del goce sexual en la atmósfera más feroz imaginable. Curiosamente estos fueron los primeros libros editados en Israel que trataban la cuestión del Holocausto (junto con las novelas de K. Tzetnik, que aparece en el documental y cuya obra fue en realidad el antecedente temático de los Stalag), aunque lo hicieran desde las más absoluta falta de rigor histórico, suplida por una imaginación delirante.

Aunque en un principio parecían originalmente escritos en inglés por autores americanos, en realidad los verdaderos autores eran los supuestos traductores al hebreo. Se trataba, evidentemente, de una medida profiláctica que permitiría justificar los escrúpulos de los lectores. Los verdaderos escritores judíos de los Stalag trataron, durante décadas, de mantenerse en el anonimato, aunque hoy día se conocen varios nombres, como el del poeta Maxim Gilan, hijo de una judía alemana y activista de izquierdas. Gilan murió en 2005, pero pudo ser entrevistado para la película Eli Keidar, el auténtico iniciador del género junto al editor Ezra Narkis, y autor del primer Stalag (Stalag 13), que firmaba todas sus obras como Mike Baden, y cuya familia materna fue asesinado en los campos nazis.

Miron Uriel fue reclutado por Narkis para sustituir a Keidar en la elaboración de Stalag, y muchos otros se fueron sumando al fenómeno, que iba aumentando progresivamente las dosis de truculencia y morbo, a la vez que la estilización de la crueldad (el abogado Nachman Goldberg, por ejemplo, recurrió incluso al canibalismo y al incesto en El monstruo del Stalag del horror). Los interlocutores sexuales de los nazis dejaron de ser exclusivamente americanos para concederse a los judíos el protagonismo central y absoluto.

 

Stalag_2(www.abandomoviez.net)

Los Stalag se publicaron ya en la década de los 60, el primero de ellos cuando se acababa de iniciar el juicio a Adolf Eichmann. Es decir, fue leído inicialmente por un público extremadamente sensibilizado con el tema, pues estaba rememorando (incluso descubriendo), merced al proceso que se estaba siguiendo contra Eichmann (y el proceso contó con numerosos testigos judíos que fueron narrando en el estrado las innumerables aberraciones del III Reich), los crímenes atroces que causaron la muerte de 6 millones de judíos. Recordemos que este juicio fue el detonante para que el Holocausto se convirtiera en un tema relevante tanto para la propia sociedad israelí como para el mundo en general, pues hasta ese momento no se le había concedido tanta importancia. Sólo dos años después fueron puestos legalmente fuera de circulación, cuando el Stalag titulado Yo fui la puta privada del coronel Schultz, el más popular y que invertía la estructura habitual del género (de mujeres-torturando-hombres se pasó a lo contrario), causó la presencia judicial y la intervención de todos sus números por la policía israelí. También la detención del propio autor. Los Stalag dejaron ya de imprimirse, la epidemia parecía cesar definitivamente. Sin embargo, el interés no fue a menos y de hecho siguieron vendiéndose de forma clandestina hasta nuestros días.

El tema resulta indudablemente fascinante para una mentalidad subsuelítica. Aunque en apariencia  chocante, no tiene por qué resultar escandalosa esta fijación sexual con el nazismo, pues se ajusta perfectamente a la naturaleza de la lógica del deseo y, más concretamente, a los objetivos principales del sadomasoquismo: la erotización de una figura de poder, la sensualización del obstáculo, la fetichización de la violencia del Amo. La vía del éxtasis sexual a partir de una mediación catártica con lo más horrible de la propia historia. Si los protagonistas del Crash de Ballard-Cronenberg se estimulaban sexualmente con las posibilidades que permitía la descarga de adrenalina de unos brutales choques automovilísticos, en este caso las posibilidades son mucho mayores, pues la carga bélica asociada a la II Guerra Mundial, con el Holocausto como capítulo más aberrante de sometimiento y destrucción, no puede ser más elevada. Más aún tratándose el lector de un judío, pues: ¿qué puede haber, para un hebreo, más vinculado a la imagen del poder despótico y absoluto que el nazismo? ¿Qué puede haber más perversamente erótico que el fetichista uniforme de las S.S. y el halo de trascendencia inmanente que destila? Es horrible, pero aquí no hay mensaje político alguno, no se identifica ideológicamente el judío con el nazi en la escenificación de la estructura de dominio del sadomasoquismo (aunque en este documental se deje caer en alguna ocasión esa posibilidad), sino que es un esquema puramente sexual el que se pone en juego. En realidad, no es más que una opción de vida, una manera de entender el goce y, eso también, la forma más cercana para que una generación mayoritariamente formada por supervivientes del nazismo (como era la israelí de los años 60) pudiera asimilar de alguna manera una experiencia tan colosal que escapa a cualquier categoría.

 

Tomado de: Horrach. Enero 9, 2011.