¿Quién es Jean-Paul Sartre?

La presentación finaliza con una ronda de preguntas para el autor español. Al lado de Sofía Álvarez, un joven hace una interesante pregunta, se conocen, salen unos cuantos meses y tienen un hijo, sin dudarlo lo bautizan con el nombre de Jean-Paul

POR Severino Ortega Menchaca

La presentación finaliza con una ronda de preguntas para el autor español. Al lado de Sofía Álvarez, un joven hace una interesante pregunta, se conocen, salen unos cuantos meses y tienen un hijo, sin dudarlo lo bautizan con el nombre de Jean-Paul

Jeanpaul_1(www.magnumphotos.com)

Tras engorrosos trámites burocráticos, Sofía Álvarez obtiene una beca para estudiar una maestría en letras francesas en una prestigiosa universidad de París. Sus papás la llevan un buen día al aeropuerto, se despide, pasan tres años, regresa cargada de regalitos y libros (la mayoría llaveros de la Torre Eiffel y banderitas), concluye la tesis, se titula con mención honorífica, la cual otorgan los profesores, excepto una: María Elena Azcarrachaga, doctora en literatura mexicana del siglo XIX; sin embargo, una vez que expone sus razones (detallitos en la bibliografía) a los demás profesores no los convence. Por otro lado, la doctora María Elena Azcarrachaga piensa que el vestido color turquesa no le viene bien a Sofía; tampoco le viene bien llegar al examen alardeando que conoció la cafétéria donde tomaba capuchinos Julio Cortázar y la librería de Porte Dauphine, donde adquirió sus primeros libros un tal Jean Paul- Sartre.

Pasan cuatro meses y Sofía Álvarez no consigue trabajo, incluso cuando acude a las entrevistas con una copia enmarcada de su título de maestría bajo el brazo, dos libros: Rayuela de Julio Cortázar y La náusea de su admirado Sartre, y dando detalles del departamento donde vivió Gabriel García Márquez justo en los capítulos finales de su Cien años de soledad.

En una de tantas entrevistas conoce a Fernando Trueba, quien es el jefe del área de recursos humanos de Sinvolar, una fábrica de jaulas para cotorros. Sofía Álvarez no resulta seleccionada tras reprobar el examen de aptitudes a la hora de construir una jaula para cotorros, pero intercambia número de celular con Fernando Trueba, quien tras escuchar la historia de Sofía de su viaje a Francia, se dice lector número uno de Jean-Paul Sartre.

Fernando Trueba se levanta los sábados a las nueve de la mañana para ver su caricatura favorita tras prepararse tres sándwich de Nutella con mermelada de higo. Lo que conoce de Sartre lo investiga en distintos sitios de Internet.

María Elena Azcarrachaga continúa impartiendo sus clases en la universidad. Tiene un horario los martes y los jueves de siete a nueve de la noche, y los viernes imparte también un seminario acerca de la obra de Ignacio Manuel Altamirano. Para estas alturas ya se olvidó del vestido y de la presunción de Sofía, y acaso la recuerda cuando entra a una librería y da en la mesa de novedades con Jean- Paul Sartre y el existencialismo, libro escrito por un académico español muy de moda por sus particulares puntos de vista contra la vanguardia. María Elena Azcarrachaga se entera porque lee la cuarta de forros, vicio este que tiene siempre que entra a una librería.

En una de sus clases, María Elena Azcarrachaga conoce a un joven de 20 años que se dice fan de la obra de Ignacio Manuel Altamirano, además de que lo considera uno de los mejores autores del siglo XIX mexicano. Luego comenta que cursaba la otra materia con el maestro Alfonso Núñez, pero que decidió solicitar cambio de grupo. Por supuesto, dice María Elena Azcarrachaga y le comenta que ella tiene el borrador de una novela inédita de Altamirano. “Perteneció a la biblioteca de mi abuelo. Al morir me la dejó junto con la obra completa de Carlos Fuentes”. El joven abre la boca en forma de O. “No es tan buena como sus primeras novelas. Creo que te podría ser útil para el ensayo que dejo al final del semestre. Te la puedo dejar leer. Claro, si vas por ella”. El joven acepta ir a la casa de María Elena Azcarrachaga el sábado siguiente.

 

Jeanpaul_2Ignacio Manuel Altamirano (memoriapoliticademexico.org)

Llega el sábado y el joven toca a la puerta de un modesto departamento ubicado en la colonia Anzures. Aparece María Elena Azcarrachaga tras gritar en tres ocasiones: “¡Voy, voy, voy!”. Viste unas bermudas verde limón con el estampado de un perico en una de las piernas y Acapulco en la cabeza de la ave, una playera de los Pumas manchada por algo que parece aguacate, calcetas y unas chanclas de cuero con florecitas de colores. Se saludan. “Pues no doy con la novela. ¿Puedes creerlo?” El joven dice que sí, puede creerlo. “¿Me ayudas a buscarla?”

En cuanto pone el primer pie dentro del departamento, el joven ve cientos y cientos de libros en desorden, una que otra revista Vanity Fair, boletines del sindicato universitario y montones de ropa sobre muebles de bejuco. En las paredes aparecen enmarcadas fotografías en blanco y negro de varios hombres. “Son mis ídolos”, dice María Elena Azcarrachaga mientras acomoda uno. El joven reconoce a Ignacio Prieto y a Mariano Azuela.

Sofía Álvarez invita a Fernando Trueba a una conferencia: “El porvenir de la filosofía”. Acuden. Fernando Trueba se aburre mientras escucha a un decrépito anciano hablar con una voz que parece del más allá; además cita cada cinco minutos fragmentos de su libro en un francés que Fernando confunde  primero con inglés y luego con alemán, hasta que Sofía Álvarez le dice que adora el sonido del francés bien pronunciado.

Termina la conferencia. La moderadora anuncia: la semana siguiente se presentará Jean- Paul Sartre y el existencialismo. Sofía Álvarez se emociona. Aprovecha e invita a Fernando Trueba, quien en esos momentos piensa cuánto tardará en acostarse con ella y maldice a toda la filosofía francesa.

Cuando María Elena Azcarrachaga se para atrás del joven, este se aleja un poco; la doctora lo sigue. Llegan hasta un enorme librero. “Altamirano puede esperar”, susurra María Elena Azcarrachaga. El joven está nervioso. Lee en voz alta los lomos de los libros que salen a su paso. Los bandidos de Río Frío. El Zarco. El águila y… “Te pareces tanto a Altamirano. Aunque también tienes la mirada de Azuela”. El joven intenta alejarse, choca con una silla de bejuco y cae. No sabe qué hacer. Recita entonces “en el amor uno y uno son uno”. “¿Qué?” Se sorprende María Elena Azcarrachaga. Un aforismo. Es de Jean-Paul Sartre.

Está por dar inicio la conferencia. Suena el celular de Sofía Álvarez. “Imposible que llegue. Hay un problema con una sobreproducción de jaulas que ya se habían vendido en África”. Está triste: se perderá la presentación.

Sofía Álvarez ocupa un lugar en la primera fila.

La presentación finaliza con una ronda de preguntas para el autor español. Al lado de Sofía Álvarez, un joven hace una interesante pregunta, se conocen, salen unos cuantos meses y tienen un hijo, sin dudarlo lo bautizan con el nombre de Jean-Paul.

A las tres semanas Andrés Iturrigaray se sucida con barbitúricos, whisky y vodka. Deja pendiente la segunda parte de Jean- Paul Sartre y el existencialismo. Alguien se aprovecharía después de ello.