Seudónimo Quincey 35

Ocurre que en el pueblo terminaron por acostumbrarse a encontrar mujeres muertas. Así era como se hablaba del tema. Entonces la muerte para muchos hombres comenzó a estar asociada con las mujeres. Que se mueran ellas mientras nosotros nos ponemos a salvo

POR Óscar Garduño Nájera

 Ocurre que en el pueblo terminaron por acostumbrarse a encontrar mujeres muertas. Así era como se hablaba del tema. Entonces la muerte para muchos hombres comenzó a estar asociada con las mujeres. Que se mueran ellas mientras nosotros nos ponemos a salvo

Desierto_1(tour.airstreamlife.com)

Son tantas las cosas que le llaman la atención. De aquel hombre pétreo que adquiere movilidad en cuanto Jacinto se acerca. Paso a paso a paso. En medio del desierto, quién sabe. En alguno de sus tantos puntos. Un hombre y uno que aspira a serlo montados en alguna de sus tantas vertebras. La sangre. Entre las tantas cosas llama la atención el color con que pinta la sangre el pantalón del hombre. Repta. Con el rostro a escasos centímetros de la tierra. Cuando respira, y lo hace con trabajos, dificultosamente, eleva ligeras cortinas de polvo.

Jacinto quiere hablar. En qué momento supo que lo tenía que hacer es algo que se preguntará durante mucho, mucho tiempo. En cada una de sus palabras se acurruca el cansancio, también el miedo, luego de la aparición de una mujer te esperas ya cualquier cosa.

—¿Quién es usted?

Ha hecho la pregunta. Luego piensa que es una de las preguntas más idiotas que se le puede hacer a un hombre que te encuentras reptando en el desierto. Y si a eso le agregas lo sanguíneo que escupe su pantalón, suficiente. El hombre deja caer el único brazo con el que todavía alcanza a sostenerse y termina por quedar recostado sobre la tierra, bajo tonalidades anaranjadas y unos cuantos intentos de nubes que terminan por desaparecer. Pide ayuda. Lo dice. Tartamudea. Jacinto junta cada una de las sílabas, las mete en su mochila, las pasa junto a la carta de Andrea, la botella de agua y luego alcanza a formar la palabra.

—¡Ayúdame!

Lo primero que hace es dejar la mochila en el suelo. Se hinca frente al hombre. Sostiene un sudoroso rostro sobre las piernas y al fin sucede. Las dos miradas se encuentran. La de Jacinto. La del hombre. Aunque Jacinto aún no alcanza a distinguir eso que dicen se oculta atrás de cada mirada asegura en ese momento que la de aquel hombre es una buena mirada. Ocurre en unos cuantos segundos. Luego el hombre cierra los ojos. Parece que se desmaya por un instante. Jacinto lo sacude de los hombros. No con tanta fuerza.

—¿Me voy a morir?

Eso es lo difícil cuando no te haces hombre todavía. Careces de tantas y tantas respuestas. Cualquier hombre del pueblo le podría contestar en esos momentos. Claro, te vas a morir. Qué va, de eso no se muere nadie. Pero Jacinto guarda silencio. Vamos, hasta el borracho de Emiliano tendría alguna respuesta. Ocurre que en el pueblo terminaron por acostumbrarse a encontrar mujeres muertas. Así era como se hablaba del tema. Entonces la muerte para muchos hombres comenzó a estar asociada con las mujeres. Que se mueran ellas mientras nosotros nos ponemos a salvo. Y no es tan difícil de entender: llega quien sea por las mujeres y las mata y tal vez se preocupan por sus propias mujeres. Pero ellos están bien. Salvo el caso de Emiliano, no han encontrado a otro hombre sin vida. Y Emiliano no era un hombre sino un borracho. Para muchos tuvo su merecido por dedicarle tanto tiempo al vicio.

—No sé…

Lo dice mientras pone una de sus manos en la frente fría del hombre.

—Me lo merezco… lo merecemos todos… hasta esos cabrones.

Tuvo algunas complicaciones para juntar tantas sílabas. Cuando al fin comprendió lo que decía el hombre Jacinto se encontró en un desierto atascado de preguntas. ¿Por qué lo dice?, quiso preguntar. Mejor dejarlo así. En una ocasión escuchó que los enfermos antes de morir padecen desvaríos. A lo mejor se trata de uno. Sí, claro, lo merecemos todos. Polvo eres y en polvo… piensa Jacinto.

 

Desierto_2(traveltips.usatoday.com)

—¿Quién eres?

Un intento de hombre. Alguien que iba a bailar una pieza de Tchaikovski con Andrea. Luego la asesinaron. Una bala perdida (mil veces se ha repetido entre rabia esta frase, mil veces ha puesto mil balas en quien sea el culpable). Sin quince años. Alguien que lleva una mochila. Y dentro una carta de Andrea. La única. Ahí habla del mar. Porque ese era uno de nuestros sueños: conocer el mar. Ella dijo que cuando alguien llora necesita ir al mar. Agua contra agua. Vaya uno a saber. Un intento de hombre que escapa un buen día de un pueblo de hombres cobardes. Pero hombres a fin de cuentas. Monstruos que ni entre ellos mismos consiguen ponerse de acuerdo. Pero hombres a fin de cuentas. Marionetas de un pueblo donde no existe Dios. Pero hombres a fin de cuentas. Pusilánimes que permiten que alguien mate a las mujeres y las deje atascadas de moscas en cualquier fosa común. Pero hombres a fin de cuentas. Eso quiere responder. Todo eso piensa. Hombres, carajo, a fin de cuentas.

—Jacinto.

El hombre intenta moverse. Por supuesto que no lo puede hacer. Abre y cierra los ojos. Repite palabras. Algunos nombres. Repentinamente, de entre ellos Jacinto alcanza a reconocer uno. Lo olvida. Tal vez lo escuchó por error. Saca la botella de agua de la mochila y le da de beber al hombre. El agua escurre de sus cuarteados labios. En cuanto termina dice, ahora con voz más clara:

—¡La chingada puntería! Les falló a los cabrones.

Cuando la noche comienza a desvanecerse sobre los dos, sólo se escuchan los murmullos ignotos del desierto, única cobija a fin de cuentas para esos dos hombres. Cabrones. Jacinto termina por aceptar que esa es otra condición para ser hombre.