Seudónimo Quincey 36

Piensas: me suben a la camioneta, me cogen, lo peor que puede pasar es que me avienten en la carretera y que no me paguen, que me cojan los tres cabrones, pero qué importa, uno se acostumbra a cosas que en el mismo infierno espantarían

POR Óscar Garduño Nájera

Piensas: me suben a la camioneta, me cogen, lo peor que puede pasar es que me avienten en la carretera y que no me paguen, que me cojan los tres cabrones, pero qué importa, uno se acostumbra a cosas que en el mismo infierno espantarían

Gun_1(zealey.wordpress.com)

Se trata de un juego. Te imaginas tantas cosas. También con los recuerdos. Así te lo dicen. Lo hacen cuando te ponen de pie. Una vez que te bajan de la camioneta. No sabes qué pensar. Pero eso no lo sabes desde que te suben y te amordazan. Al fin procuras pensar en otras cosas. En cascada. Así es como parecen caer sobre ti los pensamientos en ese momento. No por la pistola. Estamos acostumbradas. Cada que llegan a la cantina las sacan y las ponen sobre la mesa. Fanfarrones. Si te exigen que te sientes sobre sus piernas igual y hasta alcanzas a tocarlas. Siempre frías.

Cualquiera de los tres saca la pistola y ríe. Siempre lo hace. Con cada mujer. Algo hay en esa risa. Estoy segura. Te jala de los cabellos. Tu cabeza queda hacia atrás. Tras tanto tiempo, por primera ocasión ves el cielo. Lo asocias con el dolor. Si es Dios quien te jala los cabellos. Y recarga el frío cañón de la Colt. La he visto en muchas ocasiones. Por eso sé qué tipo de pistola es. En tu cabeza. Ahí recarga el frío cañón. “¿Quieres que le jale, cabrona?” Te preguntan. ¿Sabes por qué lo hacen? Porque hay mujeres que responden que sí, sí, quiero que le jales al gatillo, que acabes de una vez con la vida de mierda que lleva cualquier mujer por acá. A mí me tocó con dos. Una señora. Dijo sí, jálale. Y el hombre no lo pensó dos veces. Pum. En seco. Borbotones de sangre. Por acá también te acostumbras a eso. Con la otra mujer fue distinto. Qué estúpido suena decirlo. Pero con ella fue más doloroso. Por lo de su hija. La señora trabajaba en el putero. Su hija era menor de edad. Afuera del lugar tenía un puesto de cigarros y dulces. ¿Cómo se enteraron los tres hombres que eran madre e hija? Uno de ellos se acercó a comprar un cigarro. Dijo algo. Los tres de la camisa ya valieron. Eso dijo. Y la vio cuando tomó el encendedor de encima de una caja de chicles. Morena. Delgada. Pelo largo a la cintura. Un vestido púrpura. Huaraches. Los otros dos hombres ya traían a la madre. Habían matado a otras tres dentro del lugar. En corto. Así lo dijo uno. Arrancó la camioneta con nosotras dentro. Por acá te acostumbras a cosas que en el mismo infierno espantarían. Piensas: me suben a la camioneta, me cogen, lo peor que puede pasar es que me avienten en la carretera y que no me paguen, que me cojan los tres cabrones, pero qué importa, uno se acostumbra a cosas que en el mismo infierno espantarían, por ejemplo que te cojan tres cabrones. Mira tú. Así se lo debería decir a cualquier curita. A la hija la violó uno de ellos. En cuanto la camioneta se detuvo. Bájate. Dijo el hombre que conducía. El del cigarro. La hija iba a mi lado. Desde que arrancó la camioneta tembló: su brazo izquierdo. Contenía el llanto. Luego me enteré que hasta en eso su madre la había educado. Tras de los arbustos. Gritó. Su madre también lo hizo. Se calló cuando otro hombre le propinó un culatazo. Se agachó y escupió sangre. Sus cabellos colgaron, algunos embarrados. Antes de que te matemos vas a limpiar tu porquería, cabrona. Los gritos de la hija repentinamente se silenciaron. Y regresó el hombre. Solo. La madre apretó los labios ensangrentados, cerró los ojos llorosos, estaba claro que no quería ver, se negaba a ver. A los pocos segundos apareció la hija. Nunca he visto uno. Pero en esa ocasión comprendí que, de existir, los fantasmas deben verse así, en tales condiciones. Trasparente, no. Qué estupidez. Así como venía ella: los pasos. Si es que alcanzaba a darlos. Porque bien pudo echarse a correr. Más tarde supimos que precisamente eso era lo que querían los hombres. Pero no lo hizo. Los pasos. La sangre. Yo me percaté de ella cuando subió a la camioneta. Otra vez a mi lado. Manchas de ella. En sus morenas rodillas. En los tobillos. Sangre de madre. También sangre de hija. ¿Quieres que le jale? Volteó uno de los hombres y recargó el cañón de la Colt en la frente de la madre. Dijo que sí. Pum.

 

Gun_2(www.mimorelia.com)

Terminas por pensar tantas tonterías. Sin querer. Lo digo así porque desconozco si los recuerdos tienen un orden. Es decir, no te lo propones. No dices: primero voy a recordar esto, luego esto otro, luego esto. Y lo demás que tenga que recordar que se vaya a la mierda. Lo olvidas. Si es que puedes. Acepto que los recuerdos se te aparecen en el momento menos esperado. Los míos llegan en desorden. Ahí está lo cabrón. ¿Cómo los ordenas con el cañón de una pistola recargado sobre ellos? ¿Y si dispara? ¿A dónde van todos tus recuerdos? Me acordé del padrastro de Elena. El desierto pasaba veloz por la ventanilla de la camioneta. La mayor parte del trayecto en silencio. Los tres hombres. Uno de ellos repentinamente encendió lo que parecía una grabadora. Sonó una música que hasta entonces desconocía. Rara. Pinche música fea. Dijo el que conducía. Encendió el radio de la camioneta. Como siempre ocurre por acá tardó en sintonizar una estación. Lo único que alcancé a escuchar, antes de que cortara la transmisión, fue Berterguer. Pinche nombre. Parecía anuncio de marca de tocino. En cuanto la Magali contó lo del padrastro y Elena la boca de los habladores parecía pequeña para tanto chisme. Así que corrió la noticia. Entre dos o tres meses. Es el tiempo que aseguran su padrastro la violó en repetidas ocasiones. Callada como era Elena quién lo iba a adivinar. A veces la mirada triste. Aprendes a reconocerlas por acá. En la piedra más alta. Cuando con dificultad subíamos al monte. Escogíamos la piedra. Nos subíamos en ella para admirar el atardecer anaranjado sobre el pueblo. Si no hay otra cosa que hacer escoges los atardeceres o los amaneceres. Y la mirada de Elena. En ocasiones te valía el atardecer y volteabas a verle los ojos. Tristes. Algo te pasa, Elena. Pero callada: hundida ella sí en el anaranjado atardecer, en el vuelo de uno que otro buitre negro, cuyas alas repentinamente parecían hundirse en los colores. Luego aparecía con moretonsotes. En los brazos. En los tobillos. De piel blanca como era le brincaban sin que pudiese ocultarlos. Pinche Elena eres medio torpe. Así le decían las otras amigas. Porque eso éramos entonces: amigas.

Nosotras nos enteramos por Magali. Sí chismosa siempre fue. Cuando encontraron su cuerpo le habían cocido los labios con hilo de cáñamo. Un recado en su frente. Por soplona. Pinche señorita de los buitres. Por ella nos enteramos. Llegó a buscar a Elena. Habían acordado hacer la tarea juntas. Dibujar con distintos colores los países del continente Asiático. Magali tenía unos colores que un tío le había traído de los Estados Unidos. Pintaban mejor que los de acá. Tocó a la puerta y nada. Luego le dio la vuelta a la casa, se trepó en las piezas del motor de un automóvil (el padrastro de Elena era mecánico). Miró al fondo. Elena lloraba arrodillada frente a su padrastro. Se la estaba chupando. Las manos callosas del padrastro entre sus cabellos. Oprimiendo la cabeza de Elena contra él, y en sus mejillas uno que otro raspón provocado seguramente por el cierre del pantalón gris del padrastro. Eso vio Magali. Si en esa ocasión hubiera adivinado que le cocerían la boca seguro nada dice. Destino tal vez. Alguien entonces preguntó por la madre. Porque tenía. Padre no, lo habían balaceado cuando intentó transportar por primera ocasión un cargamento de cocaína. Su primera vez. Dicen que lo pusieron de blanco para los federales. Con unas tijeras. La madre estaba de rodillas atrás de Elena. La punta de las tijeras en la espalda. Frente a Elena la verga erecta del padrastro; atrás de ella la punta de unas tijeras.

Al padrastro lo detuvieron. Fue entonces cuando se supo lo de la violación. De la madre no se volvió a saber. Huyó. Lo más probable es que a otro pueblo. Así también te inventas las vidas. Al huir. Entonces seguramente llegó a un lugar donde nadie la conocía. Tal vez hasta se cambió el nombre. De vez en cuando recuerda a su hija y a su esposo. Por eso digo que así llegan los recuerdos.

Elena quedó embarazada.

Corremos para subir al monte. Corremos cuando el tren pasa para verlo de cerca o aventar piedras. Corremos cuando nos llaman nuestros padres porque es hora de la comida. Corremos al salón de clases cuando suena el timbre. Corremos cuando llueve porque alcanzamos a llegar a la casa. Corremos y echamos carreras para ver quién llega primero a la tienda y compra bombones con chocolate. Corríamos con Elena y un buen día dejamos de hacerlo. Porque dijeron que lo debía tener. Al hijo. Acá hablar de no tener un hijo es hablar de una muerte que Dios no quiere, y si se habla de muerte es porque les toca a las mujeres. Dos opciones: lo tenía, o corría y corría y corría hasta aventarse frente al tren. En la noche. Comíamos los últimos bombones con chocolate. Apareció. Corremos junto con ella cuando vimos que se echó a correr. Corremos y gritamos y no nos escucha. Corremos y gritamos que se largue de ese pueblo. Y el tren detuvo la marcha cuando ya era muy tarde. ¿Cuántos recuerdos habrá padecido el padrastro al enterarse de la noticia?

Berterguer. Dijo uno de los hombres que si volvía a tener un cerdo le pondría así.

—¡Aquí comienza el juego!

Abajo de la camioneta. De pie. Las tres. Otro de los hombres explicó en qué consistía el juego. Las reglas. Uno dibujó con una vara un cuadro sobre la tierra. A ver si así llevamos bien los puntos. Los tres hombres sacaron sus pistolas: Uno, dos, tres… y al final, recuerdas, recuerdas, pero, ¿estoy viva o muerta?