Sexo, orgías y excrementos, en versión de Blancanieves

El espectáculo se desarrolla en un bosque de 800 metros cuadrados, con árboles y figuras de tamaño real, entre ellas la del artista transfigurado en Disney. El centro de exposiciones Park Avenue Armory es atacado por los conservadores por recibir fondos públicos para espectáculos de “libertinaje”

POR Ánxel Grove

 El espectáculo se desarrolla en un bosque de 800 metros cuadrados, con árboles y figuras de tamaño real, entre ellas la del artista transfigurado en Disney. El centro de exposiciones Park Avenue Armory es atacado por los conservadores por recibir fondos públicos para espectáculos de “libertinaje”

BlancanievesUn par de Blancanieves, los siete enanos y, en el centro, Walt Paul (Cortesía de Artist and Hauser & Wirth/ Foto: Joshua White)

Acostumbrado a montarla allá donde vaya, el artista Paul McCarthy (1945) no defrauda las expectativas de escándalo y polémica en su último show, WS, una versión demente y no apta para menores de la Blancanieves de Walt Disney –las iniciales WS corresponden a White Snow, nombre del personaje en inglés—. Sexo no siempre consentido, gula, lascivia, excrementos, bacanales y un humor de trazo muy grueso conviven en la instalación, que se exhibe en Nueva York y está resultando, como era de esperar, controvertida en extremo.

Los tres adjetivos que casi siempre se relacionan con McCarthy, demente, libertino y sucio, vuelven a tener vigencia en la instalación-performance que exhibe, hasta el 4 de agosto, el centro de exposiciones Park Avenue Armory instalado en un antiguo acuartelamiento militar del Upper East Side de Manhattan.

 

Árboles de diez metros

En el espacio expositivo más amplio del edificio, el artista contemporáneo, nacido en Salt Lake City-Utah, la Ciudad Mormona, ha construido un reino de fantasía policromática –basado en los tonos puros de las películas clásicas de Disney— que ocupa 800 metros cuadros, tiene árboles de diez metros de altura, flores hipertrofiadas y está poblado por figuras hiperrealistas de tamaño natural inspiradas en Blancanieves y los siete enanitos (1937), el primer largometraje de animación de la factoría.

En la instalación, sembrada de proyecciones de video a gran escala, McCarthy subvierte el cuento de hadas con escenas explícitas de sexo que presentan a Blancanieves como un arquetipo en el que conviven las figuras de “princesa, virgen e hija”. El artista, que interpreta el papel de Walt Paul, una combinación de “productor de cine, artista y padre”, se representa a sí mismo maquillado como Walt Disney, pero también con un parecido y un lenguaje corporal que recuerdan a Adolf Hitler.

 

Escenas de “depravación” y detritos

Blancanieves_2(Cortesía de Artist and Hauser & Wirth/ Foto: Joshua White)

En medio del bosque fantástico –bajo cuya aparente belleza siempre late la certeza de la maldad, las complejidades y los vicios— se alza una casa que es una réplica exacta en proporción 4:3, según nos dicen, del hogar donde creció McCarthy. En el dormitorio, la cocina, el sótano y los pasillos de la construcción, donde se acumulan representaciones de detritos orgánicos e inorgánicos, también hay pantallas que proyectan escenas de “depravación”.

Los organizadores de WS hablan de una obra de “arte total” de una fuerza “abrumadora” que va “mucho más allá de los confines de la historia [de Blancanieves] y explora las vastas y en ocasiones inquietantemente oscuras esquinas de la psique humana”, señala Alex Poots, director artístico del Armory. Uno de los curators, Hans-Ulrich Obrist, emplea términos más ampulosos: “Al igual que las supercuerdas de la física de partículas, el monumental nuevo trabajo de McCarthy (…) excava brillantemente los planos de la alta y la baja cultura estadounidenses”.

 

Ídolos con “envoltorios de sacarina”

McCarthy, que trabaja con su hijo Damon como mano derecha en la creación de sus delirios, realiza con la versión sucia de la fábula de Disney un “comentario social audaz” que “satiriza el sueño americano y sus preciados iconos” bombardeando al espectador con una sobrecarga sensorial de imágenes escatológicas, sexuales y violentas para que perciban el “envoltorio de sacarina de los ídolos de la cultura popular”, añaden desde el centro de arte para invitar al público a participar de una experiencia “visceral, desafiante y absorbente”. Se curan en salud al limitar la entrada a mayores de 17 años, advertir del contenido para adultos de la instalación y no distribuir para uso promocional imágenes con las escenas más duras del montaje.

Desde los medios de comunicación de línea editorial conservadora no secundan la alegría. El New York Post titula: “El libertinaje por el que pagas” para recordar que el Armory, gestionado por una empresa sin ánimo de lucro, recibió dinero público para las obras de reforma y adecuación del edificio. “Puede que algunas personas que pagan impuestos adoren el espectáculo del Armory al que no pueden llevar a sus hijos. Pero, ¿qué pasa con quienes se sienten profundamente ofendidos? ¿Por qué tienen que subsidiarlo?”, se pregunta la crítica de arte del diario, Seth Lipsky.

 

Se sodomizó con una Barbie

MaCarthy asegura que sus obras siempre pretenden diseccionar “lo absurdo de la normalidad” y su carrera, iniciada a principios de los años 70, ha sido un rosario de escándalos por la forma desmedida en que ha intentado llevarla a cabo. Los inocentes ejercicios de accionismo iniciales –pintar un cuadro utilizando como pincel la cabeza, el rostro o en el cuerpo— se radicalizaron progresivamente hasta alcanzar lo grotesco –provocarse el vómito y sodomizarse con una muñeca Barbie durante una performance— o buscar el impacto fácil del tamaño y la provocación –enormes cerdas hinchables en posturas sexuales, estatuas de vibradores no menos grandes para jardines públicos…

 

Tomado de: 20minutos.es. Julio 10, 2013.