Una historia de tables

Dos horas después de la medianoche, un desfile inusitado de hermosas jóvenes, ataviadas con minifaldas y vestidos cortos, luciendo escotes y sensuales cabelleras de todo color y forma, convirtió el pasillo principal del bar en una improvisada alfombra roja

POR Alfredo C. Villeda

 Dos horas después de la medianoche, un desfile inusitado de hermosas jóvenes, ataviadas con minifaldas y vestidos cortos, luciendo escotes y sensuales cabelleras de todo color y forma, convirtió el pasillo principal del bar en una improvisada alfombra roja

Table_1(www.vanguardia.com.mx)

Esa noche del verano de 2009 era atípica en el restaurante bar por la falta de clientela. Alguien podía suponer, con no poca certeza, que los efectos de la crisis por la influenza, sumados a los coletazos de la emergencia financiera internacional, eran poderosas razones para explicar el vacío. Una mesa por allá, con cuatro comensales, no daba señales de durar más allá de unos minutos, dada la embriaguez del grupo. Otra daba servicio a los infaltables que, con horarios nocturnos, hallaban ahí un peculiar oasis.

Cuando el reloj marcaba dos horas después de la medianoche, un desfile inusitado de hermosas jóvenes, ataviadas con minifaldas y vestidos cortos, luciendo escotes y sensuales cabelleras de todo color y forma, convirtió el pasillo principal del bar en una improvisada alfombra roja. Rubias, castañas, pelirrojas, todas de notoria esbeltez, hacían su paseíllo e iban tomando asiento de cuatro en cuatro en las mesas desiertas hasta ese momento. En cosa de no más de 15 minutos, las recién llegadas en una caravana de taxis tomaron el lugar.

Los contados parroquianos, sorprendidos por tan espectacular arribo, se dieron cuenta pronto que la mayoría de las visitantes hablaba en distintas lenguas o con un español de acento extranjero. En dos mesas se acomodaron sus acompañantes varones, unos seis guías o choferes, guardaespaldas acaso, que no dejaban de hablar por teléfono y de dar indicaciones al capitán y a los meseros del bar.

Pronto había diferentes platillos y tragos en las mesas de las chicas. Entre ellas hacían comentarios en voz baja, cuchicheos, y no faltaban algunas risas. Parecían nerviosas y el operativo de su apresurada llegada en masa no era para menos. Uno de los hombres que comandaba al grupo ordenó a los meseros encender la rocola y subir el volumen. Cuando el alboroto de la llegada cesó, el bar era ya ese espacio que desde hacía años no se veía: lleno de clientela y animado.

Mientras los tipos al mando seguían en conferencia por sus celulares con alguien que, en apariencia, instruía los pasos a dar, el arribo de otro taxi motivó un silencio general. Otra chica, escultural, con traje ejecutivo rosa, corto, entró con una maleta y recorrió el pasillo principal para alcanzar un sitio al fondo del bar. Risillas, más cuchicheo y miradas escudriñadoras.

—Es travesti —aseguró a los parroquianos tradicionales un mesero que dijo conocerlo.

—Pues de todas estas bellezas —respondió uno de los comensales—, me quedo con el de rosa.

Sus compañeros y el propio mesero festejaron la ocurrencia a carcajadas.

Así pasaron dos horas, entre tragos (en realidad vasos de agua), antojitos y música de rocola, hasta que llegó la orden de los guías.

—¡Todas a los taxis!

 

Table_2(huichapan.olx.com.mx)

Las chicas dejaron sus tragos, tomaron sus bolsos y repitieron el numerito de la pasarela. En no más de cinco minutos abordaron los autos y los seis varones, todos con chamarra negra de piel, se despidieron con la mano al aire del capitán y los meseros. No pagaron la cuenta de unas 40, 45 mujeres, ni la de ellos. Nadie les cobró. Nadie les impidió la salida. Todos se fueron en caravana, como llegaron.

Los parroquianos habituales estaban en su horario natural. Eran ya las cuatro en la madrugada. Al calor de los tragos, no resistieron preguntar a los meseros, con quienes había excelente relación por la regularidad de sus visitas.

—¿Qué carajos pasó aquí?

Uno de ellos, siempre evasivo y malhumorado, solo se alzó de hombros y se dirigió a otra mesa. Pero su compañero, viejo lobo de mar en el oficio, decano del sitio desde su fundación, dio luces en medio de la noche. Contó que todas esas chicas trabajaban en los table dance propiedad del mismo dueño del bar. Sí, la mayoría de origen extranjero, que llegaron a México con una visa de trabajo para ser meseras o cocineras del propio bar de la improvisada pasarela.

Bar en el que jamás habían puesto un pie antes. Al que llegaron en masa porque los patrones recibieron un pitazo de la procuraduría capitalina de redadas en curso. Sobra especular que los agentes encontraron los negocios cerrados, a punto de cerrar o vacíos. Al restaurante bar nunca llegaron los agentes. Como buen after, ese día cerró a eso de las seis de la mañana, cuando los entrometidos clientes regulares pidieron su cuenta y el presunto travesti ya había partido.

El bar, por cierto, ya es table.

Colonia Roma de la Ciudad de México, una noche de verano de 2009.