El ocultismo durante la Ilustración

La ciencia, la magia, la religión son todos intentos por comprender lo que se nos oculta. Isaac Newton, como es bien conocido, dejó cientos de páginas con notas acerca de la alquimia y la astrología. Benjamin Franklin era un miembro de una elite masona llamada “Las Nueve Hermanas”. Dos obras abordan el ocultismo en la “época de la razón”

POR Michael Dirda

 La ciencia, la magia, la religión son todos intentos por comprender lo que se nos oculta. Isaac Newton, como es bien conocido, dejó cientos de páginas con notas acerca de la alquimia y la astrología. Benjamin Franklin era un miembro de una elite masona llamada “Las Nueve Hermanas”. Dos obras abordan el ocultismo en la “época de la razón”

Razón_1(www.prospectmagazine.co.uk)

El psicólogo C.G. Jung –un hombre profundamente interesado en la alquimia y la astrología— bien pudo etiquetar la aparición simultánea de un par de libros, que suena parecido a un ejemplo de lo que él llamó la “sincronicidad”. Sin embargo, la verdad es que The Dark Side of the Enlightenment de John V. Fleming y Solomon’s Secret Arts: The Occult in the Age of Enlightenment de Paul Kleber Monod son sorprendentemente diferentes, a pesar de que ambos analizan lo que usual, y habitualmente, consideramos como pseudociencia desde mediados del siglo XVII hasta principios del XIX.

Fleming, como señala en su prólogo, escribe para “el lector culto en general y no para el especialista”. Este profesor de estudios medievales, jubilado de Princeton, ha pasado los años recientes leyendo acerca de “la alquimia, la cultura epistolar, el renacimiento de la egiptología, el jansenismo, el pietismo, la propagación de la masonería en Francia, y el auge y declive del salón literario”. La pieza central de su libro es un recuento del misterioso Conde Cagliostro, un alquimista, experto en magia egipcia, y posiblemente –o tal vez no— un charlatán y estafador consumado.

En su juventud, Fleming fue un estudioso de D.W. Robertson Jr., quien aplicó sus conocimientos teológicos en la interpretación de la literatura medieval. (Como ejemplos de su método vea su aparentemente modesto aunque magistral “Prefacio a Chaucer”.) Así que no es sorpresivo que Fleming esté en su mejor momento cuando basa su estudio en los conocimientos de Robertson para abordar la doctrina y la fe cristiana. Por ejemplo, en sus primeras páginas sobre Valentine Greatrakes, que realizaba curas aparentemente milagrosas a través de las manos, Fleming indica que se decía que “El Acariciante” olía a violetas. El investigador explica el significado implícito de esa fragante dulzura:

“Para nosotros, la frase ‘olor de santidad’ sólo tiene un significado metafórico, en caso de que no tenga algún sentido en absoluto. Pero el olor de santidad era un aroma real, dulce y floral, y en los antiguos textos hagiográficos, ya sea que emanara de los vivos o de los muertos, era una de las manifestaciones físicas más comunes de la aprobación espiritual divina”.

 

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En todo momento, Fleming analiza lo oculto –es decir, lo “escondido”— en términos espirituales. Uno de los primeros capítulos, por ejemplo, aborda el “entusiasmo”, el lado impulsivo emocional de la religión que asociamos con los manipuladores de serpientes y aleluyas. En el capítulo “Los convulsionistas” entrelaza relatos de milagros atribuidos al santo Francois de París con un resumen de los antagonismos entre los jesuitas mundanos y los jansenistas más austeramente devotos. Hablando de un sermón alarmante del obispo Massillon “Sobre la pequeñez del número de aquellos que serán salvados”, escribe:

“Massillon no era jansenista, pero sería difícil distinguir su punto de vista de un Cielo con una densidad de población más o menos de la del desierto de Gobi de los puntos de vista de Agustín en su lado más sombrío”.

Eso es claramente expresado, aunque a veces Fleming tiende a ser brusco y frívolo. Cuando discute de magia, cábala, la astrología y otras “ciencias” recónditas, tiende a parafrasear y rara vez transmite un sentido de la práctica histórica real. Sin embargo, en un capítulo sobre la alquimia, forzadamente revela que “el proyecto de la purificación, mejoramiento y transformación que se manifiesta externamente presagia una transformación interior del espíritu del alquimista”. En efecto, la conversión del metal base en oro (el término técnico es espagiria) o la búsqueda de un elixir de la vida es algo secundario a la verdadera alquimia, lo que importa es la autoexploración y la autotrascendencia. Sólo recuérdese que los masones y rosacruces –sea cual sea el origen verdadero de esas sociedades secretas— fueron inicialmente cofradías tipo iglesia dedicadas a la devoción espiritual de sus miembros.

Como Fleming reitera acerca de este periodo, “la corriente dominante del pensamiento europeo no era materialista sino sacramental. En este punto de vista sacramental, el mundo material y visible era paralelo a otro que era inmaterial e invisible. “La ciencia, la magia, la religión –son todos intentos por comprender lo que se nos oculta, y en ocasiones las tres carecen de definición. Isaac Newton, como es bien conocido, dejó cientos de páginas con notas acerca de la alquimia y la astrología. Benjamin Franklin era un miembro de una elite masona llamada “Las Nueve Hermanas”.

 

Razón_3Under the Gaze of Theory (www.e-flux.com)

Si el libro de Fleming, a pesar de la gran cantidad de material interesante, se siente un poco incoherente e inconcluso, el de Monod (Solomon’s Secret Arts. The Occult in the Age of Enlightenment) impresiona por su cuidado erudito. Se trata de una obra seria aunque vívida, atestada con hechos, anécdotas y una investigación original. Su enfoque, sin embargo, se restringe a Gran Bretaña y, como tal, es a la vez una extensión y corrección del clásico de Keith Thomas Religion and the Decline of Magic. Monod no se centra, sin embargo, en las prácticas o creencias populares, sino que estudia los textos escritos y cómo se utilizaban.

Además, desde el principio deja claro un punto de vista similar al central de Fleming: “La premisa básica del conocimiento oculto es que la búsqueda de las causas escondidas en la naturaleza puede conducir hacia algo superior a la naturaleza: la sabiduría absoluta, el poder sobrenatural o lo divino”. Naturalmente tal ambición puede fácilmente rayar en lo heterodoxo, por no decir en lo diabólico, dado el eco de la insidiosa promesa de la serpiente: “Seréis como dioses”.

Si usted fuera un aspirante a alquimista en el siglo XVII, ¿qué libros desearía en su biblioteca? Monod enumera los tres primeros: (1) The Divine Pymander del legendario Hermes Trismegisto (esto es una traducción de los primeros 14 libros del Corpus Hermeticum); (2) Three Books of Occult Philosophy de Henry Cornelius Agrippa; y (3) el Ars Notoria, a menudo llamado “La pequeña llave de Salomón”. (Salomón ha sido considerado tradicionalmente como un gran mago). Este último, se nos explica, incluye “un cierto experimento magnético” que impedía que alguien transmitiera pensamientos telegráficamente a otra persona “por la virtud de la magnetita”.

 

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Libremente cronológico y biográfico en la organización, Secret Arts de Salomón abre con el recuento de un “mago respetable”, Elias Ashmole (cuyo gabinete de curiosidades se convirtió en la base para el Museo Ashmolean de Oxford). Para sus adeptos, la alquimia representaba “un camino a la felicidad”, un sendero, en palabras de Monod, “a la realización personal más que hacia la iluminación universal”. Ashmole estaba convencido de que la piedra filosofal permitiría la comunicación con los ángeles.

Thomas Vaughan –hermano gemelo del poeta metafísico Henry Vaughan— se describía a sí mismo como un “teomago”. Mientras que Vaughan contribuyó con un prólogo a un importante rosacruz, negó cualquier membrecía en la hermandad, un “descargo”, como Monod irónicamente señala, “que era requeridos de todos los verdaderos hermanos”. Una de las primeras personas en utilizar la palabra “teosofía” en inglés, Vaughan estaba fascinado por el sistema esotérico de interpretación de la Escritura llamada cábala cristiana, afirmando que el sueño del patriarca Jacobo de una escalera al cielo reveló que “ningún hombre, sin la ayuda de los espíritus, podía ascender a lo divino”. Monod añade que Vaughan identificó ese proceso místico con algo que se llama, misteriosamente, “‘La Muerte del Beso’, del cual yo no he escuchado mencionar una sola sílaba”.

En sus muchas páginas posteriores, Solomon’s Secret Arts examina las creencias alquímicas de Newton, los símbolos masónicos, la poesía visionaria de William Blake, las novelas góticas y mucho más. Así que haga su elección: el libro de Fleming es fácil de digerir y es ensayístico; el de Monod rebosa de hechos y es erudito. Feliz sincronicidad.

 

John V. Fleming Norton. The Dark Side of the Enlightenment. Wizards, Alchemists, and Spiritual Seekers in the Age of Reason.

Paul Kleber Monod. Solomon’s Secret Arts. The Occult in the Age of Enlightenment.

 

Tomado de: The Washington Post. Julio 17, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.