Mistagogos de la modernidad

El Apocalipsis es el redescubrimiento de Derrida acerca del Génesis, básicamente cuando Noé borracho y desnudo en su tienda deja al descubierto el sexo ante su hija. Al ensamblar el hecho con las prohibiciones sexuales expresadas por Moisés, parecería que la falta es pura contemplación

POR Gabriel Ríos

 El Apocalipsis es el redescubrimiento de Derrida acerca del Génesis, básicamente cuando Noé borracho y desnudo en su tienda deja al descubierto el sexo ante su hija. Al ensamblar el hecho con las prohibiciones sexuales expresadas por Moisés, parecería que la falta es pura contemplación

Apocalipsis(arthuride.wordpress.com)

En la tercera o cuarta lectura de Sobre un tono adoptado recientemente en filosofía, a lo largo de diez años, desde que fue editado por Siglo XXI Editores, me quedé con el apunte filológico del término que en hebreo pareciera querer decir apocalipsis, y no es más que el descubrimiento, el velo alzado sobre la cosa o la connotación de la palabra “gala” que podría referirse al sexo del hombre o la mujer, pero también a los ojos, orejas, al gusto o cualquier cosa.

Interpretar la filosofía. Un estudio contemporáneo, libro de Jacques Derrida, que nos habita dentro de aquello que se critica, presentándose en el texto arriba mencionado, ese espacio general de diferencia o diseminación al que deberíamos llamar, subrayado, “filosofías”.

Algunos puntos que pudieran servir para desarrollar la idea de la interpretación que refiere un conflicto en el corazón de las relaciones entre el pensamiento y la lengua, es en realidad los momentos en que los lectores nos enfrentamos a un texto singular en el que las “interpretaciones” ya han sido organizadas por una serie de presupuestos y más que nada por una red de significaciones que escapan a nuestro control.

La lectura que hacemos de Interpretar la filosofía es fascinante si suponemos, como Derrida lo expone, lo que le sucedió a Emmanuel Kant, quien al querer acusar y excusar a Platón de la catástrofe continua que ha pervertido a la filosofía, de alguna manera él (Platón), Derrida y los lectores nos hemos convertido en mistagogos de la modernidad, porque no decimos qué vemos, tocamos o sentimos; sólo presentimos, anticipamos y husmeamos.

Con un ejemplo más lo expone Jacques Derrida en Sobre un tono apocalíptico adoptado recientemente en filosofía, mencionando a Nietzsche, que en el libro Edipo habla consigo mismo, en ese soliloquio donde se considera el último de los filósofos y también de los hombres.

Dialoga con su voz, entretiene lo que le queda de vida y se hace llamar Edipo. Siendo un punto luminoso, dramático, estremecedor, único aclaremos que la deconstrucción, a pesar de sus acentos filosóficos sigue siendo un simulacro. Derrida observaría una estructura de duplicidad que juega y dobla una relación dual que irrumpe y no se deja dominar por una problemática de la palabra, de la mentira y la verdad.

En cualquier caso si hablamos de la locura, por decir la de Nietzsche, y como nunca conoceremos la voz del oráculo o en absoluto del otro que permanece afuera, como se llame, cualquier rastro o marca se volverá apocalíptico, lo que nos permitiría un desmontaje del mito romántico que se encuentra en el trayecto, en transferencia, en la cita del Apocalipsis de Juan de Patmos o de lo que ya programaban sus envíos, cuando su oratoria era para un mensajero, bajo el dictado de la Gran Voz que entra por atrás de su espalda y extendida como sonido de cuerno.

El Apocalipsis es el redescubrimiento de Derrida acerca del Génesis, básicamente cuando Noé borracho y desnudo en su tienda deja al descubierto el sexo ante su hija. Al ensamblar el hecho con las prohibiciones sexuales expresadas por Moisés, parecería que la falta es pura contemplación. Apostaría que esa sería la teoría de la interpretación pensada desde la retórica reutilizada estratégicamente por el pensador, desbordando los marcos de la ciencia y de la reflexión históricas. Se destaca que la retórica occidental ha sido la única práctica a través de la cual nuestra sociedad ha reconocido el lenguaje como problema, y no como algo que le pertenece al hombre por naturaleza o por derecho: es un artefacto no destinado a producir el discurso, sino a explicar cómo se produce.