Seudónimo Quincey 38

Dentro de la jaula: dos enormes simios con la mirada hueca y una sonrisa de grandes y blancuzcos dientes. Parecían posar para esa fotografía. Aunque también parecía que estaban siendo obligados a posar para esa fotografía

POR Óscar Garduño Nájera

 Dentro de la jaula: dos enormes simios con la mirada hueca y una sonrisa de grandes y blancuzcos dientes. Parecían posar para esa fotografía. Aunque también parecía que estaban siendo obligados a posar para esa fotografía

Circo_1(Lion tamer/ www.tumblr.com)

A alguien se le ocurrió. No es tan sencillo precisar a quién. Entre tantos hombres. Un buen día: la idea del espectáculo. Aunque la sola palabra le parecía incomprensible. Como si la noche anterior hubiese soñado con ella sin saber bien a bien su significado. O un circo. Animales a fin de cuentas. Lo pensó. También se le podría señalar con los dos nombres. La primera palabra le parecía incomprensible; la segunda un poco más familiar (aunque tenía sin ver un circo desde que su padre murió), pero tras poco pensarlo terminó por aceptar un importante detalle: una vez que los hombres estuvieran de pie frente a las jaulas podrían nombrar de las dos formas a su gran evento. Esta tercera palabra sí la desechó.

No molestar. Eso es lo que no se permite cuando estás del otro lado de la jaula. Si se trata de circo, espectáculo o evento. Otra importante advertencia: se prohíbe tocar. Meter los brazos. La última: se prohíbe dar de comer. La de No molestar la encontró entre las páginas de una amarillenta revista. Tal vez cuando acudió a cortarse el cabello a la única peluquería. Mágicos. No eran así los cortes de cabello con unas tijeras oxidadas. Era el nombre. Con letras rotuladas apenas distinguibles. O alguien olvidó la revista en su casa. Junto a las otras. Pornografía casera. Quince pesos. Había que encargarla en la oficina de servicio postal. Pagar. Quién sabe dónde las conseguí el hombre de estatura mediana y ojos diminutos que lamía los timbres para pegarlos a los sobres. Central Park Zoo. De ahí era la fotografía. Oscura. Apenas unos cuantos destellos de luz. No molestar. En inglés, pero abajo, en el pie fotográfico, en español. Y dentro de la jaula: dos enormes simios con la mirada hueca y una sonrisa de grandes y blancuzcos dientes. Parecían posar para esa fotografía. Aunque también parecía que estaban siendo obligados a posar para esa fotografía. Luego dio vuelta a la página y encontró a la modelo del mes envuelta en transparentes sábanas. Es lo mejor de esa pinche revista. Dijo el peluquero. Entonces sí: la amarillenta revista la encontró entre tantas que había en una cubeta en la peluquería. Muchas de ellas con nombres impronunciables. Nacional de Geografía. Así decían cuando alguien tomaba la National Geographic. Por ejemplo.

No iba a ser un problema. Él sabía de la construcción de jaulas porque en una ocasión hizo una para que su abuela metiera un pájaro primavera. Tras torcer algunos alambres y presionarlos con las pinzas quedó. Su abuela le dio un abrazo luego de sacar la primavera de una bolsa de papel estraza y meterlo dentro de la chueca jaula. Él sintió ese abrazo como un estímulo. Después de todo aún podía aprender un oficio. El pájaro consiguió escapar a los tres días. Durante la noche. Cuando temprano se levantó la abuela para darle plátano macho picado con chile piquín encontró la jaula vacía. La abuela entristeció. No dijo nada. Pero él sabía que ahora lo consideraba un inútil. Ni una pinche jaula puedes hacer bien. Así que mejor mandó a hacer dos con el único herrero del pueblo. Fornido tipo. Rostro con algunas marcas de acné y con una mal cortada barba amarillenta. Envaselinado el pelo a lo Elvis al grado de exhibir de más las arrugas de una amplia frente cuyas manchas de aluminio parecían estar ahí desde hace años. Presumía las cicatrices en sus brazos. Sin mangas. Así vestía siempre. Pantalón de mezclilla.

 

Circo_2(Millie Betra. The Serpent Queen/ www.etsy.com)

Características. Le preguntó de las dos jaulas. Es importante. Arrancó una hoja rayada de una libreta, la puso sobre lo que parecía un mostrador (en realidad una tabla sobre rotas cajas de leche). Parecía que iba a tomar un dictado. Así fue como lo volteó a ver cuando le preguntó por las características de las dos jaulas. El hombre permaneció unos segundos en silencio. El herrero estaba acostumbrado. Así que dejó la hoja y le mostró los distintos materiales con los que se podían construir las jaulas. Ese. Tras hacer un suspiro de fastidio señaló el hombre. Luego las medidas. El hombre sacó un papelito doblado por la mitad de su camisa a cuadros empapada de sudor. El herrero transcribió las medidas en la hoja rayada y luego devolvió el papelito al hombre. Se acordó el tiempo de entrega. La paga. El herrero tal vez lo quiso: preguntar para qué serían las dos jaulas. Pero en ocasiones eso causaba disgustos a los clientes. Si eran para águilas o para buitres negros, no tenía por qué meterse.

Dos. Repitió el hombre. Un conejo perseguía a un pato cuyas patas hacían un ruido semejante al que hacen las aspas de los ventiladores descompuestos. Sonaban disparos de escopetas. Luego una gran explosión. Y una música alegre. De esas que parecen infantiles pero que se pueden escuchar a cualquier edad. Dos. Tras de las cortinas la mujer con el brazo mecánico bajó el volumen de la televisión. Repitió el número. Lo hizo como un eco de la voz del hombre. Dos. Y agregó: dos mujeres. Dinero: la cantidad por cada una. Circo o espectáculo. Tiempo más tarde le pondría un nombre: Lindas Cachorras. Aquí comienza una historia. Antes de que dieran con la primer mujer muerta en el desierto. Incuso hoy los hombres pagan por entrar a desiertos así.