Seudónimo Quincey 39

El amanecer extiende las alas de un murciélago amarillento. Lento es su volar. De tal manera persigue a la noche. Consigue sacarla del desierto. Aparece nítida la imagen. Un hombre. Un adolescente

POR Óscar Garduño Nájera

 El amanecer extiende las alas de un murciélago amarillento. Lento es su volar. De tal manera persigue a la noche. Consigue sacarla del desierto. Aparece nítida la imagen. Un hombre. Un adolescente

Desierto(www.thehotsheetblog.com)

Los vence el sueño. Quién sabe en qué momento ocurre. Despacio. Primero es el miedo que Jacinto tiene frente a ese hombre. La sangre ahora seca sobre las grietas donde el desierto parece desnudar y violar hasta asesinarlas a sus muertas. En el desierto se dan bostezos así: frente a uno mayor en cuya boca se expande la noche punteada de estrellas tan distantes como ahora se encuentra Andrea de Jacinto.

Pasan de las miradas. La del hombre. Apestan esos ojos un poco a maldad. No lo tiene tan claro Jacinto. ¿Cómo chingaos das con la maldad de un hombre? Pero cuando lo mira de frente la siente, eso: la maldad; el otro hombre, en cambio, no ve nada en la mirada de Jacinto, y si lo ve lo oculta con tal de pasar desapercibido, con tal de que no se enteren por ahí que sujetó el revólver Colt calibre .22, apuntó a la otra vieja, pum, pum, en seco, y dio con una niña.

Andrea. Jacinto lo repite frente a la mirada del hombre. En sus adormilados pensamientos. Lo hace como un escudo. Tal vez ella consiga detener el mal en caso de que sí se encuentre en la mirada del hombre. O tal vez ocurra lo contrario: lo desate de tal forma que Jacinto saldrá huyendo para ahora sí regresar al pueblo, soportar las burlas de los muy hombres, acudir de vez en cuando a la tumba de Andrea y platicar en pensamientos sobre lo mucho que les faltó por hacer, por decir, frente al mar aún imaginario para Jacinto, juntos, tomados de las manos, ese único beso jamás dado que ahora jode a patadas sus labios, y las palabras se hacen invisibles, porque junto a la tumba de ella también fallecen, caen a la tierra, se ocultan, cavan, penetran con su peso de palabras invisibles la marejada rocosa y llegan hasta el féretro, se inclinan, algo le dicen al oído a Andrea.

La noche sobre hombre y adolescente cual caparazón de una tortuga enferma, cuarteado. Poco a poco. Cuando en cierto momento el frío los sacude lo hicieron como de manera automática. Se juntaron. Casi como en un abrazo. Procurándose nutrir del calor que se estaba generando ahí, entre esos dos cuerpos. Un adolescente. Un hombre que aún se quejaba a ratos. Con el odio en la mirada. Quién sabe. Y ese adolescente con un nombre en los labios. Andrea. Cada que lo repite la evoca. No lo piensa con esta palabra: evocar. Cada que lo repite ella aparece. Así lo dice. También lo cree.

El amanecer extiende las alas de un murciélago amarillento. Lento es su volar. De tal manera persigue a la noche. Consigue sacarla del desierto. Aparece nítida la imagen. Un hombre. Un adolescente. Este último abre los ojos despacio. Atrapa así una orilla de las alas del murciélago cuando despierta del todo. El otro hombre tarda todavía unos minutos en hacerlo. Cuando abre los ojos lo hace de manera rápida, asustado, y entonces dice: “¡La niña!”, y Jacinto orina a unos cuantos pasos, con su verguita entre las manos, cuando escucha “¡la niña!”, y vuelve a pensar en Andrea.