Asesinatos a domicilio

Con la prohibición impuesta a la compañía eBay de comercializar objetos que alguna vez pasaron por las manos de asesinos seriales, un negocio de miles de dólares al año se vino abajo. Atrás quedó el tiempo en que cualquier individuo podía adquirir, mediante tarjeta de crédito, algún objeto perteneciente al homicida de su predilección

POR José Luis Durán King

 Con la prohibición impuesta a la compañía eBay de comercializar objetos que alguna vez pasaron por las manos de asesinos seriales, un negocio de miles de dólares al año se vino abajo. Atrás quedó el tiempo en que cualquier individuo podía adquirir, mediante tarjeta de crédito, algún objeto perteneciente al homicida de su predilección

FILE PHOTO OF JEFFREY DAHMER AT EARLY COURT APPEARANCE.El refrigerador que Jeffrey Dahmer utilizó para conservar extremidades humanas fue vendido al mejor postor (www.salon.com)

En mayo de 2001, un negocio bastante lucrativo fue retirado de las vitrinas virtuales de eBay, la compañía sin bodegas por Internet que se dedica a comercializar todo el universo del capitalismo feroz de forma trasnacional con el único requisito de que el consumidor elija el objeto de su reverencia, haga la transacción mediante una tarjeta de crédito y apriete el botón izquierdo del mouse. El negocio al que me refiero consistía en la venta de murderabilia, es decir, cualquier artefacto o chuchería que haya pertenecido o tenga una relación directa con asesinos, sobre todo seriales.

Así, hasta antes de la fecha referida, el público podía adquirir la lápida de piedra robada de la tumba de Ed Gein o una pintura de este mismo criminal hecha por otro homicida de grandes vuelos, como lo fue John Wayne Gacy. Aunque también en este bizarro intercambio comercial figuraban refrigeradores e incluso automóviles. En el primer caso, está la puja que se consolidó cuando el frigorífico de Jeffrey Dahmer fue puesto a disposición del mejor postor. Fue en ese recipiente donde la policía encontró extremidades humanas de los amores platónicos de El Caníbal de Milwaukee, así como un corazón que el predador pensaba degustar “más tarde”.

En el caso de los autos, hubo dos que se ofertaron, pertenecientes al verdugo de prostitutas Robert Yates. Lo peculiar de este caso, además, es que la persona que puso a la venta el par de máquinas fue el sheriff del condado de Spokane, lugar donde el asesino impuso su reinado de terror. La justificación de la autoridad en este episodio fue que deseaban recuperar hasta donde fuera posible parte del monto que el condado destinó al encierro y manutención de Yates.

Objetos más personales y cotidianos de los grandes monstruos contemporáneos no merecíeron el desdén de la empresa eBay y mucho menos del consumidor de objetos oscuros, para el cual, como lo señaló la periodista Meg Jones, del Milwaukee Journal Sentinel, poseer algún material tocado por el asesino de su preferencia puede ser de un gran valor, como si se tratara de una “pintura de Rembrandt”.

Uno de esos objetos personales puestos a la venta fue la bufanda de seda que alguna vez se enrolló en el cuello de Donald Leroy Evans.

Los asesinos seriales son impredecibles, es uno de los rasgos que dificultan su aprehensión. En el caso de Evans llama la atención que utilizara una bufanda de seda, cuando el hombre era un vagabundo, adicto a las drogas duras. Un vago con prenda de seda, la cual nunca extravió pese a que se movía en el mundo de sombras de la heroína.

 

Ave de rapiña

Murderabilia_2Donald Leroy Evans, una máquina de matar (nasygnale.pl)

El mundo aún no recuperaba el aliento después de las atrocidades cometidas por Jeffrey Dahmer, que salieron literalmente del clóset en julio de 1991, cuando al mes siguiente fue detenido en Mississippi el señor Donald Leroy Evans por el secuestro, violación y asesinato de Beatrice Routh, una niña de diez años de Louisiana. Las autoridades obligaron al individuo a que los guiara al sitio donde había enterrado el cuerpo de la menor.

En los días siguientes, Evans, quizá al comprender que no se libraría de la acción de la justicia, dijo que había cometido unos homicidios más. Al preguntarle de cuántos más hablaba, dijo que “aproximadamente 60”. Con base en la experiencia de Henry Lee Lucas –el tuerto texano que al ser arrestado declaró haber terminado con la vida de más de 300 personas—, quien exageró superlativamente el número de víctimas que presuntamente habían muerto en sus manos, la policía se mostró escéptica de la confesión de Evans. Sin embargo, contrariamente a Lucas, Evans proporcionó información de decenas de mujeres desaparecidas. No sólo eso: también indicó los lugares en que estaban enterrados los cuerpos. La mayoría de las niñas que Leroy asesinó fueron raptadas en parques públicos.

Una vez arrestado, las autoridades establecieron que Evans también era culpable de la muerte de Ira Jean Smith, ocurrida en 1985. La investigación judicial arrojó que la carrera criminal de Evans llevaba diez años en curso y abarcaba 20 estados de la Unión Americana.

Los asesinatos comprobados de Beatrice Routh e Ira Jean Smith fueron suficientes para que Donald Leroy Evans fuera condenado a muerte. Pero la cita con la inyección letal nunca llegó. En enero de 1999 fue asesinado a cuchilladas por Jimmie Mack, un compañero de la Penitenciaría Estatal de Mississippi. Al parecer, Mack, un afroamericano, no simpatizaba con el discurso de supremacía blanca que enarbolaba Evans, quien durante su juicio pidió que lo llamaran “Hitler”.

Nativo de Galveston, Texas, Donald Leroy Evans carecía de remordimientos. Cono Caranna, fiscal de distrito del condado Harrison, tampoco mostró dolor por el asesinato de Evans. Dijo: “No lo lamentamos. Simplemente cerramos este caso”. Y se explayó: “Todo lo que había en él era egoísmo y una cercanía al mal que yo nunca había visto”.

Con una amplia trayectoria de arrestos temporales, en una ocasión Evans fue descrito como un hombre caucásico de inteligencia por abajo del promedio general.

En 1987, una evaluación psiquiátrica señalaba que Evans era un individuo con dificultades en su conducta y con una franca enfermedad mental. En 1986 fue sentenciado a 15 años de prisión por asalto sexual. Cinco años después fue puesto en libertad. ¿Para qué? Para seguir matando a placer por los caminos que sus pies pisaban.