De las femmes fatales a las chicas cíborg

En su extraordinario libro Historia de la fealdad (DeBolsillo 2011), Umberto Eco explica que un caso en el que se produce la disolución de la oposición feo-bello es precisamente el de la filosofía cíborg.

POR Alfredo C. Villeda

 En su extraordinario libro Historia de la fealdad (DeBolsillo 2011), Umberto Eco explica que un caso en el que se produce la disolución de la oposición feo-bello es precisamente el de la filosofía cíborg

Cyborg

More Like Deception (www.deviantart.com)

Hubo un tiempo en la literatura en el que la mujer prohibida, esa que rompía con las normas sociales dictadas por una moral dominante, acaso puritanismo de orden religioso, era a un tiempo símbolo de la belleza y de la maldad. Umberto Eco está seguro que los medios proponen modelos de lo bello que no son tan diferentes de los antiguos, de modo que los rostros de Sharon Stone o Nicole Kidman bien pudieron ser pintados por un renacentista.

Los escritores franceses del siglo XIX crearon abundantes personajes que responden a esa dicotomía. Alexandre Dumas hijo dio vida a Marguerite Gautier, La dama de las camelias, cuya historia dio aun lugar a la ópera La Traviata, de Verdi; Émile Zola imaginó a Nana, cortesana reinventada a la mexicana por Federico Gamboa, quien viajó a París solo para conocer al autor y escribir su versión titulada Santa.

Manon Lescaut, del Abate Prévost, es otro icono femenino retomado por la música culta y Bola de Sebo, de Guy de Maupassant, es acaso el relato más célebre de aquella generación de narradores: una mujer así tildada, estigmatizada como prostituta por los pasajeros de un carruaje que al final serán beneficiarios del gran corazón de la chica en un episodio calamitoso. Balzac creó su reunión de chicas en Esplendor y miseria de cortesanas y Flaubert entronizó a Madame Bovary.

Estas propiedades del personaje femenino, bello y peligroso a la vez, han evolucionado. Donna Haraway, por ejemplo, escribió en 1991: “El mito de los cíborg considera con más seriedad el aspecto parcial, a veces fluido, del sexo y de la encarnación sexual. El género, en el fondo, podría no ser la identidad global, a pesar de su trascendencia y profundidad de gran calado histórico (…) Aunque ambas bailan juntas la danza en espiral, prefiero ser cíborg que diosa.”

Acaso esta declaración radical haya influido en el paso de personajes contemporáneos. Si en Blade Runner (Ridley Scott 1982) y Terminator I y II (James Cameron 1984 y 1991) el organismo cibernético es masculino, en Terminator III ya aparece una terminatrix (Kristanna Loken), si bien es aniquilación pura y su belleza nunca es motivo del menor asomo de contemplación. Empero, en la serie televisiva The Sarah Connor Chronicles (Josh Friedman 2008-2009, cadena Fox), Summer Glau interpreta a una joven en apariencia frágil que es en realidad una máquina con esqueleto metálico cuya misión es proteger a John Connor, quien termina enamorado de su linda ciberguarura.

En su extraordinario libro Historia de la fealdad (DeBolsillo 2011), Eco explica que un caso en el que se produce la disolución de la oposición feo-bello es precisamente el de la filosofía cíborg. “Si al principio la imagen de un ser humano al que le hubiesen sustituido varios órganos por aparatos mecánicos o electrónicos, resultado de una simbiosis entre hombre y máquina, podría representar aún una pesadilla de la ciencia ficción, con la estética ciberpunk la profecía se ha cumplido”.

Llama la atención que una de las ilustraciones del capítulo “Lo feo hoy”, que cierra el libro citado del medievalista italiano, es el cuadro La columna rota (1944, Museo Dolores Olmedo Patiño, Ciudad de México), de Frida Kahlo. Otro autorretrato de la pintora, ahíto su cuerpo de clavos, abundantes lágrimas en su rostro apesadumbrado, y un trozo de metal que la parte por la mitad, de arriba a abajo, el cuerpo envuelto por un arnés que parece sostener su espalda recta.

Hoy ese cuadro, del que Schopenhauer abjuraría por interrumpir la mera contemplación de lo sublime para pasar a la excitación forzosa de la voluntad, vale millones de dólares para quienes, quizá sin una instrucción en la materia, son entusiastas coleccionistas de arte. Así el tránsito de las femmes fatales a las chicas cíborg.