El ocaso de los dioses y el renacimiento del hombre, según Wagner

Héroes wagnerianos como Sigfrido que “no saben del miedo“, evocan el “superhombre” del filósofo alemán Friedrich Nietzsche que será predicado y profetizado por su Zarathustra: “Yo predico el Superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Quién de vosotros ha hecho algo por superarle?”

POR Fernando Montoya

 Héroes wagnerianos como Sigfrido que “no saben del miedo“, evocan el “superhombre” del filósofo alemán Friedrich Nietzsche que será predicado y profetizado por su Zarathustra: “Yo predico el Superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Quién de vosotros ha hecho algo por superarle?”

Ocaso_1(Twilight of the Gods/ www.flickr.com)

 

Según una convicción profunda mía, el arte es la tarea más alta y la actividad esencialmente metafísica de la vida, según piensa el hombre a quien quiero que esta obra sea dedicada, como mi noble compañero de armas y precursor en este camino.

Prólogo a Ricardo Wagner.

El origen de la tragedia a partir del espíritu de la música

Friedrich Nietzsche

Basilea, fines de 1871

 

Estrenada en el marco del primer Festival de Bayreuth el 17 de agosto de 1876, como parte de la primera producción completa del ciclo, “El ocaso de los dioses” es la cuarta y última de las óperas de El anillo del nibelungo y primera en el orden de concepción. Wagner trabajó de delante hacia atrás planeando la ópera a partir de la muerte de Sigfrido, luego decidiendo que necesitaba otra ópera para narrar la juventud del héroe, para luego contar la historia de su concepción y de los intentos de Brunhilda de salvar a sus padres, y finalmente decidiendo que también necesitaba un preludio que contara el robo original del oro del Rin y la creación del anillo. No obstante, la escena final de esta ópera se revisó varias veces entre 1856 y 1872. El título de esta última ópera del Ciclo, como ocurre con Sigfrido, probablemente no se fijó hasta 1856.

En Götterdämerung (El ocaso de los dioses), el idilio de Sigfrido y Brunhilda no podrá ser contenido ni por los propios dioses, y su fuerza volitiva quebranta la omnipotencia y hegemonía de los dioses, convirtiéndolos en seres débiles e innecesarios, y por ello sucumbirán y serán condenados a su desaparición total.

En El anillo del nibelungo, el personaje trágico es un dios que ansía poder y, ensayando todos los medios para conquistarlo, se ata por pactos, pierde su libertad y se enreda en la maldición que pesa sobre el poder. Su pérdida de la libertad queda expresada precisamente por el hecho de que ya no tiene medio alguno de apoderarse del anillo de oro que encarna todo poder terrenal, y al mismo tiempo, mientras esté en manos de sus enemigos, significa para él gravísimo peligro; lo invade el temor del fin y ocaso de todos los dioses, como así también la desesperación de tener que encarar este fin debatiéndose en dolorosa impotencia.

“Necesita del hombre libre, intrépido, que sin su consejo ni ayuda, y aun en oposición al orden divino, lleve a cabo por sí mismo la acción que al dios le está vedada; no lo ve, y precisamente cuando nace una nueva esperanza, tiene que someterse al apremio que lo ata: su propia mano debe aniquilar al ser más querido, castigar la compasión más pura con su apremio. Entonces, al fin, siente asco al poder que lleva en su seno el mal y la ley inexorable; su voluntad se quiebra, él mismo ansía ahora el fin que acecha a lo lejos. Y sólo entonces sobreviene lo que antes más ha anhelado el dios: aparece el hombre libre, intrépido, nacido en oposición a todo lo convencional; sus progenitores expían el haber estado unidos por un vínculo incompatible con el orden de la Naturaleza y las costumbres: ellos perecen, pero Sigfrido vive” (Richard Wagner en Bayreuth,10, Obras completas).

En la obra wagneriana, como vemos, Sigfrido, “el nuevo hombre”, ante su portentoso devenir y eclosionar se retira el asco del alma de Wotan; su mirada está fija en las andanzas del héroe con paternal amor y solicitud. Sigfrido se forja la espada, mata al dragón, conquista el anillo, elude el más artero de los engaños y despierta a Brunhilda. La maldición que pesa sobre el anillo tampoco lo respeta a él y lo acecha cada vez más de cerca; leal en la deslealtad, hiriendo por amor al ser más entrañablemente amado, queda envuelto en las sombras y nieblas de la culpa, mas por último emerge y se hunde puro como el sol, incendiando todo el cielo con los fulgores de su llama y purificando el mundo de la maldición. Todo esto lo observa el dios al que se ha roto la lanza rectora en lucha con el más libre, gozoso de su propia derrota, sintiendo como en carne propia las vicisitudes de su vencedor; con brillo de dolorosa felicidad su mirada está fija en los acontecimientos postreros: se ha vuelto libre en el amor, libre de sí mismo.

 

Ocaso_2(Siegfried and the Twilight of the Gods/ commons.wikimedia.org)

Héroes wagnerianos como Sigfrido que “no saben del miedo“, evocan el “superhombre” de Nietzsche que será predicado y profetizado por su Zarathustra: “Yo predico el Superhombre. El hombre es algo que debe ser superado. ¿Quién de vosotros ha hecho algo por superarle?” (Así habló Zarathustra, Primera parte, Prólogo de Zarathustra, III).

Pero, muy particularmente la parte final del ciclo: El anillo del nibelungo: El ocaso de los dioses, evocan una revelación expresada por el Zarathustra nietzscheneano como: “transitar al otro lado”, es decir, la necesidad del hombre de hundirse en el ocaso para morir y resucitar como superhombre (“Lo más grande del hombre es que es un puente y no una meta. Lo que debemos amar en el hombre es que consiste en un tránsito y un ocaso” (Prólogo de Zarathustra, IV).

Emerge espontáneamente entonces, un parangón entre el El ocaso de los dioses wagneriano, y el “Dios muerto está” nietzscheniano. En El Ocaso de los dioses se narra la historia de cómo el anillo maldito hecho con oro robado al Rin por el enano Alberich, perteneciente a la raza de los nibelungos, llegará a causar la trágica muerte de Sigfrido (típico héroe trágico wagneriano, víctima de su propia grandeza); como también la inmolación como auto-sacrificio de Brunilda, la Valquiria; tras la muerte y cremación de ella junto su amado Sigfrido, sus cuerpos arden y expían la maldición del anillo del Nibelungo, con lo recaerá entonces en el Valhalla, la morada de los dioses, donde moraba Wotan –y que arderá—; dejando al mundo sin la tiranía de los dioses. Ya con los dioses del Valhalla muertos, la humanidad ha sido liberada por la voluntad pura de su héroe y heroína, por ello, es con la narración wagneriana, que se evidencia la antesala del “Dios muerto está” de Nietzsche: “Cuando Zarathustra estuvo solo, vino a decirle a su corazón: “¿Será posible? Ese santo varón metido ahí en su bosque, ¡no ha oído aun que Dios ha muerto! ” (Así habló Zarathustra, Prólogo de Zarathustra, II).

 

Ocaso_3(revistatarantula.com)

“Reflexionar sobre lo que es el artista Wagner y pasar, contemplativo, junto al espectáculo de un poder y deber verdaderamente soberanos: he aquí lo que hará falta, para curar y restablecerse, a quien haya reflexionado sobre la gestación del hombre Wagner y sufrido de ella. Si el arte no es, en definitiva, sino la capacidad para comunicar a otros la propia vivencia, si toda obra de arte que no sepa hacerse entender se contradice a sí misma, la grandeza del artista Wagner ha de residir precisamente en esa demoníaca comunicabilidad de su ser, el cual dícese que habla de sí en todas las lenguas y destaca la vivencia íntima, personalísima, con máxima nitidez. Su aparición en la historia de las artes semeja una erupción volcánica del poder artístico íntegro, total, de la Naturaleza misma, tras haberse acostumbrado la humanidad a la particularización de las distintas artes como si jugase una regla. Se puede, en consecuencia, dudar acerca del calificativo que aplicarle, acerca de si corresponde llamarle poeta, plástico o músico, tomado cada uno de estos términos en una extraordinaria ampliación de su acepción, o ha de acuñarse para él un término nuevo.” (Richard Wagner en Bayreuth, 9, Obras completas).