En medio de la embriaguez perfecta

La mezquita azul de Luis Villoro comprende tres partes separadas por sus propósitos y su lenguaje. La primera desarrolla una experiencia vivida; en seguida se somete a un examen racional con el objeto de responder a una pregunta, ¿qué credibilidad podemos concederle? Y en la última se reflexiona sobre la relación entre las dos anteriores

POR Gabriel Ríos

 La mezquita azul de Luis Villoro comprende tres partes separadas por sus propósitos y su lenguaje. La primera desarrolla una experiencia vivida; en seguida se somete a un examen racional con el objeto de responder a una pregunta, ¿qué credibilidad podemos concederle? Y en la última se reflexiona sobre la relación entre las dos anteriores

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Charles Baudelaire (www.periodicoenfoque.com.mx)

Desde hace muchísimos años, el sujeto, de manera por demás estúpida, quería ofrecer una escritura donde el tiempo le viniera en gana. Algo que estuviese ligado al erotismo, pero que en su clímax se desbordara en estímulos fatuos. Bien podrían ser las variables que ofrece La moneda falsa de Charles Baudelaire o la deconstrucción que ejerce Jacques Derrida alrededor del texto con mayúsculas.

En el medio de la embriaguez más perfecta se mira en el instante preciso. ¿Eran las runas febriles para el malhadado? No lo sabe. Quizás el correr la pluma con algunas frases como “casi me la creo”, con ese sabor frugal que tenía el ron en las rocas que servía el pajarraco, en el Fiuma. En ese momento él entraba en la locura ancestral, y más cuando se miraba en el espejo-cantina. En otro momento se conmiseraba y se metamorfoseaba en un contratenor, y un eco casi le rompía la cabeza: “Servido, maestro”.

Su mente es más lúcida al mediodía, cuando recuerda algunas páginas de su antigua casa, los rosetones de la fachada, la calle donde jugaba de niño, como si fuera un set de la película Salón México. Además sigue hablando y hablando de la similitud entre la voz aniñada de su madre y el vestidito de su hija que no volvió a ver, pues el poemario Desierto, entonces, sólo existiría en el pliegue.

Más tarde apreciaría a la hermosa modelito de voz de terciopelo. La réplica invade su pensamiento. Otra vez se ve enmarcado en el lago Cognac Hennesy. Es inigualable el placer de ausentarse. Evidentemente no hay nada que ocultar. Otro suministro de alcohol le hace buscar a la serpiente, pero no enlatada-en-salmuera, como lo sugiere Derrida, a partir del análisis de La moneda falsa.

Su angustia la resuelve escuchando lo que no le importa. Aquí podríamos hacer un alto a la opinión  franca de Baudelaire, antes de que la marioneta vuelva a encontrarse consigo misma.

La simulación existente en un texto se revierte en los tiempos de la mujer ausente. También entre tantos discursos sobre los paraísos artificiales. Por razones de pura proximidad se hace evidente en el tan breve y autoritario capítulo, “Emborrachaos”, de la novela Le Spleen de París de Baudelaire. Esa exhortación –escribiría Derrida—se justifica por la necesidad de escapar del Tiempo.

Miramos al individuo, sentado en un restaurante al aire libre. La mesa tiene la anchura adecuada para “exponerse” frente al otro. El sol es tan intenso que apenas puede garabatear. Hasta el día anterior había dudado en hacer el viaje a Oaxaca (¿con Malcolm Lowry al hombro?). Totalmente convencido de su mirada al ex convento de Santo Domingo anotó en su cuadernillo, que entrando al Templo lo hacía al reino de Dios, e inició su discurso sobre el tiempo, dándole la vuelta a la misma mesa y redescubriendo el librito que lo acompañaba, La mezquita azul: una experiencia de lo otro, de Luis Villoro, precisando la medida en que una interpretación artística nos orienta para ver una cualidad en una obra de arte y nos permite gozarla mejor. Villoro afirma que la interpretación de una experiencia espiritual se vuelve más iluminadora, y por consiguiente, más aceptable. Pasada la experiencia –precisa— nos preguntamos si algo ha cambiado en nosotros; si podemos mantener en forma permanente la nueva actitud.

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Luis Villoro (www.cambiodemichoacan.com.mx)

Un criterio para determinar la verdad o probabilidad de un enunciado descriptivo sobre la realidad es la práctica: “Si una creencia es verdadera, será conforme a la realidad. Por lo tanto, permitirá que nuestra acción se adecue a ella y tenga éxito. Tenemos interés en que nuestras creencias correspondan a la realidad, porque queremos que nuestras acciones logren sus fines. Una muestra segura de que sabemos es precisamente que acertamos. El saber objetivo es guía seguro en la práctica. De parecida manera, el conocimiento de lo valioso orienta nuestro comportamiento, al otorgarle sentido”.

La mezquita azul comprende tres partes separadas por sus propósitos y su lenguaje. La primera desarrolla una experiencia vivida; en seguida se somete a un examen racional, con el objeto de responder a una pregunta, ¿qué credibilidad podemos concederle?, y en la última se reflexiona sobre la relación entre las dos anteriores.

Al amigo que dejamos en la mesa giratoria cruza su pensamiento con el de Villoro, exactamente cuando canta el mullah, y la música va subiendo por las columnas hasta encontrase con la cúpula. La emoción puede compararse con la interpretación de la Callas del Ave María de Gounod.

Es más o menos exacto lo que dice Villoro. Del privilegio que Dios nos da de pensar, aunque el destino sea otra vez disfrazarse de escritor: aquel que traza caminos en la tersa plenitud de la arena, corta en franjas el espacio, llena de aristas y planos el vacío, y al hacerlo, vuelve a gozar de la vanidad de escucharse y de la vergüenza de ser visto.