Estúpidas siete maneras para despedirse

Encendí la computadora. Iba a revisar cualquier estupidez. Una red social. Algún correo pendiente. Entraste desnuda a la recámara. Tus afilados pezones. También tu velludo sexo. Qué se vaya a la mierda esto. Dije, aventé la computadora a un lado y te abracé

POR Óscar Garduño Nájera

Encendí la computadora. Iba a revisar cualquier estupidez. Una red social. Algún correo pendiente. Entraste desnuda a la recámara. Tus afilados pezones. También tu velludo sexo. Qué se vaya a la mierda esto. Dije, aventé la computadora a un lado y te abracé

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1- Conservo un puñado de palabras inflamables cuyas alas consigo encender a tiempo. Luego me paro un momento frente a la ventana. Cuatro gatos cruzan las escaleras y hacen como que bailan entre ellos un ridículo baile de espaldas caídas que sólo provoca compasión. Hay una hora exacta de la tarde en que pienso en ti. Ya lo sabes: cuando salgo de la oficina, tomo la bicicleta, corro sobre Reforma, llego y la cargo tres pisos, cuando llego a casa y me persigue la estructura sólida de tu ausencia. Pongo el despertador de grandes números romanos a la hora. Cuando suena, tomo las palabras, abro la ventana y las dejo ir. Escurridizas. Luego regreso al sillón donde escuchamos nuestras voces leer en voz alta. También algo de Schubert. Me acuerdo de uno que otro beso. Y escucho los graznidos. Cierro los ojos. Enciendo un cigarro. Ruego porque te alcancen y quemen la orilla de uno que otro pensamiento con dedicatoria. Y que se cuelguen con sus picos de uno que otro recuerdo. Eso espero. Ahí te encuentro. Te digo: no todo fue una mentira. Luego rompo a madrazos un espejo.

2- Frente a frente. Así fue como lo hicimos. Antes habíamos peleado como en otras ocasiones. Éramos ya el uno para el otro. Luego los dos guardamos silencio. No tenía caso seguir haciéndolo. Uno de los dos tendría que abrir la puerta. Lo dudé al principio pero lo hice. Me puse de pie. Quiero que te vayas. Accediste. Desde la ventana vi cómo arrancaste tu automóvil. Seria. Inmutable. Nos volvimos a encontrar meses más tarde. Para entonces ya no éramos los mismos.

3- Es como contar una historia. Te lo dije así. Encendí la computadora. Iba a revisar cualquier estupidez. Una red social. Algún correo pendiente. Entraste desnuda a la recámara. Tus afilados pezones. También tu velludo sexo. Qué se vaya a la mierda esto. Dije, aventé la computadora a un lado y te abracé. Hicimos el amor toda la tarde. Luego ocurrió: entre los dos apareció un silencio como un tercer invitado sin invitación ni pase de entrada. No dijimos nada por miedo. Nada iba a ser igual a partir de ese momento. Ahora te recuerdo cada que enciendo la computadora en la cama. Una red social. Algún correo pendiente. Cualquier estupidez.

4- Me gusta tirarme en la cama y mirar cómo los vecinos suben las escaleras a través de las delgadas cortinas regalo de mi madre. Les hago una historia. Sé que la del piso de arriba vive sola y tiene un perro que se empeña en sentirse caballo cuando galopa y rasga el piso. También sé que utiliza tacones. La imagino frente al espejo. Sé que a la vecina de enfrente de vez en cuando se la madrea su esposo. Gritan. Ella le ruega. Los niños observan desde la ventana de su departamento. Aquí se saben muchas cosas. Basta con imaginarlas. Así fue como día tras día desde que dejaste de aparecer por acá he imaginado tus pasos en las escaleras, también que tocas a la puerta, la abro, te doy un fuerte abrazo, te invito a disfrutar conmigo de las vidas imaginarias de mis vecinos, mientras nosotros también nos imaginamos.

5- Hay ocasiones especiales: abro una cerveza y me siento en el último escalón antes de llegar a la puerta del departamento. Intento mirar a través de lo grisáceo y sucio de las paredes de enfrente: barrotes que se imponen geométricamente en una sucesión de líneas paralelas cuya imagen te puede llevar a la locura. Ahí bebo mi cerveza. En silencio y a solas. Hago cuentas y obtengo el número de pasos que tuviste que dar hasta la puerta de entrada. Tal vez y hasta te imito. Lo único malo es que yo sí debo regresar. Puerta de salida.

6- Cuatro gatos sin nombre viven en el departamento. Se puede decir que son de todos y todos procuran darles de comer. A decir verdad, en ocasiones cenan mejor que yo: restos de pollo rostizado mientras yo me preparo tacos de atún. Lo mejor de los cuatro gatos es que echan a correr en cuanto alguien entra. Se pierden bajo los automóviles o salen de prisa a la calle. Cuando tú lo hacías solías hablar con ellos. Te acercabas. En una que otra ocasión permanecieron inmóviles. Luego no desaparecieron ellos pero tú sí. Ahora de vez en cuando abro la puerta, meto la bicicleta, me quedo un rato con ellos, les pregunto si saben por qué decidiste partir, corren, corren, y en el movimiento de sus colas sé que se burlan de mí.