Evolución en tiempo real

Darwin suma puntos desde 1859, cuando publicó El origen de las especies, obra que, baste recordar, motivó que Marx quisiera dedicarle El capital. De su lectura del Primer ensayo sobre la población, de Malthus, devino la idea central de su exposición: la selección natural se rige por el principio de la lucha por la vida, y de ese proceso depende la desaparición de unas especies y la aparición de otras

POR Alfredo C. Villeda

Darwin suma puntos desde 1859, cuando publicó El origen de las especies, obra que, baste recordar, motivó que Marx quisiera dedicarle El capital. De su lectura del Primer ensayo sobre la población, de Malthus, devino la idea central de su exposición: la selección natural se rige por el principio de la lucha por la vida, y de ese proceso depende la desaparición de unas especies y la aparición de otras

DarwinCharles Darwin (www.chelseafcblog.com)

En abril de 2006, en medio del debate sobre la veracidad de los efectos del cambio climático, un hecho incontrovertible vino a dar un punto a los promotores del discurso del desastre en curso. Un cazador dio muerte a un oso en el Círculo Polar Ártico, en Canadá. El suceso nada tendría de novedoso, siendo ahí el hábitat de una variedad de ese plantígrado. Pero las características del cuerpo, comprobadas con análisis de ADN, sí eran únicas para la ciencia: era una cruza de osos polar y pardo.

El deshielo del Ártico durante el verano, aseguran los científicos involucrados en la investigación, ha puesto en contacto a especies que antes jamás compartían zonas. El calentamiento global lanzó al polar a tierra por la carencia de áreas heladas y el grizzly aprovecha la abundancia que le ofrece la nueva latitud. Y ese encuentro ha dado lugar a un híbrido. Ante la amenaza de extinción para ambos, la evolución ha tomado el caso en tiempo real.

Estos hechos científicos, documentados, parecen ajenos a una gran parte de la población estadounidense, que libra una batalla sin reposo para hacer a un lado la teoría evolutiva de Charles Darwin e imponer como estudio el creacionismo. Sarah Palin, ex aspirante republicana a la jefatura de la Casa Blanca, es una entusiasta impulsora de esa creencia. Ella, que representa a Alaska, donde ocurre esta transición evolutiva de los osos.

Pero Darwin sigue sumando puntos desde 1859, cuando publicó El origen de las especies, obra que, baste recordar, motivó que Marx quisiera dedicarle El capital, distinción que el naturalista declinó. De su lectura del Primer ensayo sobre la población, de Malthus, devino la idea central de su exposición: la selección natural se rige por el principio de la lucha por la vida, y de ese proceso depende la desaparición de unas especies y la aparición de otras.

Pero si el caso del híbrido en Canadá no es suficiente para los creacionistas, Science ha publicado ayer otro ejemplo. Hace 530 millones de años, el Cámbrico disparó una gran diversidad de formas de vida. Los investigadores tomaron ese periodo y combinaron evidencia del registro fósil con claves genéticas de especies actuales para calcular la velocidad de esa explosión evolutiva que tanto dolor de cabeza dio a Darwin.

Michael Lee, biólogo de la Universidad de Adelaida, en Australia, se dio a la tarea de estimar esa velocidad, basándose en las palabras de Darwin, quien la consideraba “pretty fast”, muy rápida. El científico y su equipo estudiaron la evolución de los artrópodos, que incluyen insectos, crustáceos y arácnidos. Revisaron los cambios evolutivos en el código genético y en su anatomía, comparando 62 genes y 395 características físicas, por ejemplo, de los ciempiés y los milpiés.

El grupo encontró que con la explosión de algunas primeras ramas de la familia de los artrópodos, las especies evolucionaron con nuevas características cuatro veces más rápido de lo que lo hicieron en los siguientes 500 millones de años. En términos técnicos, el código genético de los animales se transformó .117 por ciento cada millón de años, 5.5 veces más allá de lo que se preveía hasta ahora, “por lo que fue un proceso veloz, pero no tanto”.

Y aunque Douglas Erwin, paleontólogo del Instituto Smithsoniano, llama la atención sobre la dificultad de medir con exactitud la evolución, por la falta de conocimiento de las características de las especies extintas, considera este estudio un gran paso que da la razón, otra vez, al gran sabio de Shrewsbury.