Maquiavelo: el poder es el nombre del juego

Maquiavelo es conocido por un solo libro, Il Principe, publicado en 1537, cinco años después de su muerte. Comenzó a trabajar en él en una casa pobre de campo después de ser despedido de su cargo por los Medici en 1512. Por esa época escribió su otra obra maestra, Los discursos sobre Tito Livio. Ambas obras, según confiesa el autor, son producto de un hombre que no tenía nada que hacer por las noches

POR Bartolomeo Piccolomini

Maquiavelo es conocido por un solo libro, Il Principe, publicado en 1537, cinco años después de su muerte. Comenzó a trabajar en él en una casa pobre de campo después de ser despedido de su cargo por los Medici en 1512. Por esa época escribió su otra obra maestra, Los discursos sobre Tito Livio. Ambas obras, según confiesa el autor, son producto de  un hombre que no tenía nada que hacer por las noches

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Corresponde a la Duquesa, en El primer ministro, la gran novela de Anthony Trollope, “organizar la fiesta” –es decir, la coalición—, para reforzar los contrafuertes, escribiendo cartitas a la gente pequeña, quienes, por poco que representaran, podían llegar a ser grandes por amalgamación”. Su esposo, el duque de Omnium, el primer ministro del título del libro, es tercamente introvertido, y los temores de la duquesa para la longevidad del gobierno de coalición la obligan a apuntalarlo constantemente con espectáculos fastuosos y secretos entre bastidores. Pero cuando sus esfuerzos comienzan a cansarla, exclama: “No soy un dios, o un Pitt, o un italiano de apellido largo que comienza con M, para que yo sea capaz de hacer estas cosas sin cometer un error”.

Trollope tiene la certeza de que sus lectores suministrarán mentalmente el nombre que momentáneamente se deslizó en la mente de la duquesa, e igualmente está seguro de que sus connotaciones –lo de nunca cometer un error tiene la intención de asociarse con el apellido de la M en un nivel elevado, aunque notorio, con un grado de control de acero, con una capacidad desapasionada para poner el éxito de la empresa por delante de cualquier gasto o esfuerzo (y ciertamente sin ningún escrúpulo moral), es decir, todo lo que sea necesario para alcanzar ese éxito.

El italiano cuyo largo apellido empieza con M es Niccolo Machiavelli, el más incomprendido de los escritores. Desde que estaba vivo, para después florecer en los siglos XVIII y principios del XIX, y los que estamos hoy en día, tenemos la misma vaga impresión que la pobre duquesa tenía de Maquiavelo: la comadreja, el inventor de la realpolitik, el campeón de los fines que justifican los medios. Se erige ante nosotros en la historia siempre sin cambios: el consejero tras los visillos, susurrando duplicidades tanto en los oídos de los Medici como de los magnates republicanos, explicándoles que es mejor ser temido que amado. Incluso ya en los tiempos de Shakespeare, para ser “un Maquiavelo” debías ser un estudiante inescrupuloso del mal, y todas las edades posteriores se han dividido de forma predecible: los tiranos lo llaman visionario, y los gobernados (y resentidos) lo llaman la serpiente en el jardín, el tentador de la humanidad alejado de los nobles ideales romanos del servicio desinteresado a la patria. Macaulay menospreciaba a su colega historiador con adjetivos poco generosos. Theodore Roosevelt apreciaba el vigor de su prosa, pero lamentaba lo que él consideraba la filosofía detrás de la prosa. En una introducción a una edición de la obra del hombre, Mussolini elogió a su claridad de visión.

Maquiavelo es conocido por un solo libro, por supuesto, Il Principe, publicado por vez primera en 1537, cinco años después de su muerte. Había empezado a trabajar en él mientras estaba exiliado en su casa pobre de campo después de ser despedido de su cargo cuando los Medici regresaron del exilio y removieron a Soderini, amigo de Maquiavelo, del control de Florencia en 1512. Fue por esa época que escribió su otra obra maestra, Los discursos sobre Tito Livio –ambos son la obra de un hombre que en confesión propia no tenía nada que hacer por las noches. Antes de su despedido, Maquiavelo había escalado posiciones en el servicio civil y diplomático de Florencia por más de una década, escribiendo documentos políticos para la cancillería, ocupando la oficina de un magistrado de menor importancia, y en misiones diplomáticas en media docena de las capitales más importantes de Europa.

 

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Desde la expulsión de los Médici en 1494, Maquiavelo había sido un hombre muy ocupado, útil –conduciendo asuntos de Estado durante el día y bebiendo por las noches en las tabernas con sus compañeros de trabajo (en algún momento también se casó, con una atribulada joven que soportó sus ausencias y tal vez sus amantes, le dio unos hijos sanos, y desapareció de la historia casi sin dejar siquiera su nombre… era Marietta, y tenemos algunas de sus cartas quejándose). Cuando los Medici regresaron al poder, todo eso terminó –Maquiavelo fue separado de sus responsabilidades, y un año más tarde, en 1513, fue arrestado bajo la sospecha de haber participado en una conspiración contra los Médici. Es probable que fuera inocente, pero las autoridades llegaron a esa conclusión después de encarcelarlo y torturarlo (sufrió el infame strappado, aunque, obviamente, no fue tan grave al grado que le impidiera utilizar sus manos y brazos para escribir en los años posteriores). Se retiró a su casa de campo en Sant’Andrea y se dedicó a cavilar sobre la naturaleza de la Fortuna.

Maquiavelo creció durante lo que, en retrospectiva, parecía una edad de oro: el gobierno de Lorenzo de Médici, cuando Florencia era una ciudad relativamente tranquila y muy respetada en los asuntos internacionales. Y por un tiempo, cuando su amigo Soderini fue confaloniero de una república restaurada, Maquiavelo dirigió algunos asuntos personalmente. Esto le dejó muy poco tiempo para sus extrañas composiciones; más de un estudioso ha señalado que la mala suerte relacionada con su trabajo en 1512 fue una buena noticia para sus lectores.

Niccolo Capponi, curador del Archivo Capponi de Florencia y el último biógrafo de Maquiavelo (dice ser su descendiente directo biológico –¿a través de la desabrida Marietta?), ciertamente estaría de acuerdo con las buenas nuevas; él no es el primer académico italiano en llamar a Maquiavelo el más grande escritor de la prosa italiana (algunos de los que hemos leído Il Principe tendemos a estar en desacuerdo e iríamos directamente a dar a Dante la doble corona de prosa y poesía). Y él no es ajeno a la enorme reputación de Maquiavelo –¿cómo podría ser? El estruendo de la misma ha resonado en los oídos de los biógrafos por siglos. Pero Capponi está más interesado en los rasgos “personales, muy humanos” del hombre que en la “profundidad de su pensamiento”. Nos dice de inmediato al comienzo de su nuevo libro An Unlikely Prince: The Life and Times of Machiavelli que él puede identificarse con el sentido del humor del personaje, “tan sorprendente para a quien no ha nacido y crecido en Florencia”.

Esta es la primera biografía completa de Maquiavelo en inglés en casi una década –y uno de los libros más informales y agradables acerca de esta controversial figura en todavía más tiempo. En su bibliografía, Capponi cita a la Santísima Trinidad de los biógrafos de Maquiavelo –Tommasini, Villari, y Ridolfi—, recordándonos que “uno no debe olvidar el oblicuo aproximamiento biográfico” hallado en los dos volúmenes de Niccolo Machiaveli de G. Sasso (1993), y menciona al intensamente el extraño y memorable volumen ganador del Premio Pulitzer 1994, Machiavelli in Hell, de Sebastian Grazia, sobre todo por su tratamiento de la “religiosidad” de Maquiavelo. Como era de esperar, sus notas con material de primera mano, tanto así que si usted fuera a leer primero el aparato crítico del libro, sería justificable pensar que tiene frente a usted experiencia de lectura profunda pero marchita.

 

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Pero no marchita del todo, y la razón es un tanto irónica. En la narración de la vida de Maquiavelo, Capponi constantemente alude a su propio y escindido estado compartido como florentinos –la peculiaridad de los habitantes de esa ciudad se caracteriza por ser una constante a lo largo de los siglos. Tiene exactamente el efecto contrario del que debe tener: en vez de hacer que todos los lectores no florentinos se sientan excluidos, trae a Maquiavelo a la vida en una forma que ningún otro biógrafo lo había logrado. Per I bischeri non ce paradiso, se nos advierte, como Capponi escuchó decir a un viejo florentino, “No hay cielo para los mamones” –y nos da una probada de lo que está hablando, con el estilo picante, divertido, grosero con que los florentinos ven las cosas. Y realiza un seguimiento de ese estilo cada vez que puede. En una nota acerca de los compagnacci –las “malas compañías” que se unieron para desafiar a las estructuras de la Florencia reaccionaria de Savonarola—, Capponi escribe:

“Debe tenerse en cuenta que el sufijo accio o acce, que en italiano tiene un significado muy negativo, en Florencia se utiliza a menudo de una manera entrañable: Por ejemplo, un ragazzaccio, un “chico malo”, simplemente puede denotar a alguien en particular animado. Este uso de los negativos de una manera positiva dice mucho de la mentalidad retorcida de los florentinos.”

Estas pequeñas aristas de orgullo son un punto culminante del libro, pero su atractivo puede ocasionalmente enviar a Capponi demasiado lejos a recogerlos. “A partir del contenido de una carta de [Francesco] Vettori (amigo ocasional de Maquiavelo) uno puede fácilmente creer que la sodomía era el deporte favorito de los hombres florentinos”, nos dice (aunque conversaciones posteriores entre Maquiavelo y Vettori muestran que las cartas pueden haber sido una fuente de broma entre ellos), y luego, una vez que salió el tema, sentirse obligados a discurrir en él por un rato:

No está claro hasta qué punto Maquiavelo tenía un gusto por su propio género, aunque –al menos de acuerdo con una denuncia anónima cuando Maquiavelo era secretario de los Diez— él disfrutaba el sexo anal con la cortesana La Riccia. A pesar de que la sodomía conllevaba una condena penal, algunos de los amigos de Maquiavelo (Donato dal Corno, por ejemplo) lo practicaban abiertamente, y hoy esa desviación sexual es fuente constante de bromas entre los florentinos. Así, cuando Maquiavelo apunta estar bastante desmoralizado para ver a La Riccia, y se pregunta si tendría ese mismo estado de ánimo si hubiera planeado encontrarse con Il Riccio (un joven de alquiler), no debe tomarse literalmente, ya que es un ejemplo típico del sentido del humor de Maquiavelo y de los florentinos.

 

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Lo que sigue es una largo párrafo aclarando las polaridades filosóficas entre Fortuna y fottere… es decir, incluso hasta los narradores más interesantes en ocasiones requieren paciencia… no sólo en esto, sino también en la pereza idiomática que frecuentemente acosa su prosa. La gente se “engancha” en estas páginas; las cosas se van “al infierno en un cesta de mano”, los malhechores “mienten a través de sus dientes”, y en un punto se nos dice que “los Medici, optando por una si-usted-no puede-lamerla-entonces-disfrute-la-política, jugaban su carta de triunfo. Ningún traductor inglés está en la lista de An Unlikely Prince, por lo que Capponi debe haber alcanzado todos estos clichés y frases con honestidad –aunque las grietas continúan a veces, como cuando nos informa que “…en los Discursos, Maquiavelo cantaba para el coro”.

Tales concesiones populares disminuyen la veracidad de un texto, haciéndolo parecer más una cosa de plazos y de regalías que de investigación a largo plazo, pero aquellas sólo raspan ligeramente este libro inteligente y enérgico. El argot de Capponi es un exponente de su vigor narrativo –y tal vez un dispositivo reflexivo para suavizar el impacto de su escolaridad, que en momentos de descuido puede parecer tan amplia como lo es de obstinada. Rápidamente aprendes a mirar por sus costados, y para pensar en ellos –como en esta conceptualización de una escena de la niñez de Maquiavelo:

Es casi seguro que Maquiavelo vio el cadáver del padre de Francesco [de’ Pazzi], Jacopo de’ Pazzi, siendo arrastrado por las calles de Florencia y arrojado al río Arno por un grupo de jóvenes florentinos (el mismo que es descrito en adorables y brillantes palabras en Romola de George Eliot –quien, hay que recordar, no tenía familia). No tenemos alguna evidencia de que el joven Niccolo participó directamente en esa profanación, pero la imagen del cuerpo frío de Jacopo rebotando sobre las piedras de la calle le haría reflexionar sobre lo que él llamó un ejemplo “llamativo de la inconstancia de la fortuna de ver a un hombre de esa riqueza y posición ser llevado tan bajo con la miseria más externa, la ruina y la vergüenza.”

¿Y qué decir de la controversia que rodea a este hombre y sus escritos? ¿Qué pasa con la duquesa y su opinión del despiadado Maquiavelo? Capponi ya nos ha advertido que él está más interesado en el hombre que en sus escritos –el lector encontrará algo más que un análisis que, por ejemplo, en Il sorriso di Niccolo de Maurizio Viroli— y se ha revelado como un hombre de palabra. El epílogo de su historia, un capítulo brillante llamado “Insultos”, ofrece una visión fresca de recepción crítica de su temática a lo largo de los siglos (y el “efecto pavloviano” que el nombre de Maquiavelo logra en muchos de sus lectores), lo suficiente, sin duda, para recordarnos que este escritor, más que ningún otro, existe para las edades en cualquier contexto. Millones de personas tienen a la mano las frases de El Príncipe si es que alguna vez lo leyeron, ya que en ocasiones las aprendieron de comentarios, frases que no hacen justicia a su complejidad. An Unlikely Prince dedica menos tiempo a esas complejidades que algunos lectores quieren, y aquí tal vez ese conocimiento florentino dice contra el autor, que está haciendo un guiño en dirección a una cita de Los Discursos: colui che e violento per guastare, non quello che e per racconciare, si debbe riprendere. Uno debe que reprender a quien es violento con el propósito de destruir [las cosas], no al que es [violento] con el propósito de reparar. En cambio, Capponi está constantemente buscando al hombre detrás de las teorías, y lo que encuentra es al tranquilizador humano, como él nos dice:

En la búsqueda del “verdadero” Maquiavelo, muchos escritores han tratado de dar sentido al hombre y su obra, y como resultado Niccolo se ha convertido en una especie de ser amebiano: un imperialista, un proto libertario, un ateo, un neopagano, un cristiano, un republicano amante de la libertad, un tutor de los déspotas, un genio militar, un estratega de butaca, un realista, idealista, y el sombrío hallazgo de la ciencia política moderna. Por lo tanto, es bastante reconfortante descubrir que muchos de los contemporáneos de Maquiavelo lo consideran una especie de manivela chueca y que la mayoría de sus ideas son de poca utilidad práctica. Cuando las personas utilizan el manido y ridículo término de “moderno” para describir a Niccolo, demuestran no sólo un enfoque anacrónico del tema, sino también menos sabiduría que los propios contemporáneos de Maquiavelo.

“En realidad”, Capponi señala, “Niccolo era una figura compleja, y si se intenta fijarlo en un solo punto puede tener el mismo efecto que comer un hot dog. Al morder en un extremo, el contenido interior se sale por el otro”. Por lo demás, An Unlikely Prince: the Life and Times of Machiavelli es un libro sin pretensiones, sorprendentemente nutritivo, desordenado, y muy, muy bueno.

 

*Niccolo Capponi. An Unlikely Prince: the Life and Times of Machiavelli. DaCapo Press, 2010.

 

Tomado de: Open Letters Monthly.

Traducción: José Luis Durán King.