Poetas homenajean a poetas

De dónde puede venir el elogio a un poeta. De los lectores, es una posibilidad. Con las redes sociales se ha creado la relación directa entre bardo y público. La venta de libros también resulta una buena manera de medir la aprobación. Pero el elogio, puede llegar, llega en muchas ocasiones, de poeta a poeta

POR Alfredo C. Villeda

De dónde puede venir el elogio a un poeta. De los lectores, es una posibilidad. Con las redes sociales se ha creado la relación directa entre bardo y público. La venta de libros también resulta una buena manera de medir la aprobación. Pero el elogio, puede llegar, llega en muchas ocasiones, de poeta a poeta

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Hay que imaginar cuál será el mayor elogio que un poeta puede recibir. O reformulando la pregunta, de quién puede venir. Acaso de sus lectores, que sobre todo ahora, con la explosión de las redes sociales, pueden comentar de forma directa a los autores, si bien las opiniones alcancen también la variable de la desaprobación. De esa misma fuente es otra posibilidad, a partir de las ventas de sus libros, que no deja de ser un termómetro insoslayable.

Otra vena de elogios parte también del propio círculo poético, es decir, de los autores. Entre ellos. Esa relación trasciende corrientes, movimientos, épocas. A Victor Hugo, por ejemplo, igual lo aclamaba su compatriota Mallarmé diciendo que era “el verso en persona”, que Rubén Darío, quien desde el otro lado del Atlántico, en su Nicaragua, lamentaba el deceso de aquél así: “El Eterno al gran Victor llama, y tiembla la tierra”.

En ese poema, “Victor Hugo y la tumba”, se lee también: “La tumba dijo entonces: ‘Preguntaré a los vientos / y al océano rudo de oleajes violentos, / y a los astros radiantes, y al altivo volcán, / si pueden mis dinteles sombríos y profundos, / al brillo de los soles y a la faz de los mundos, / salvar, cual los humanos, este enorme titán’”.

Y después:

El coro de poetas, con las liras alzadas, / con las fijas pupilas por el lloro empañadas, / dijeron: “¡Oh, Pontífice, nos dejas y te vas! / ¡Dejas el arpa sola, y vacío tu trono! / ¿Y el poema del gigante siglo decimonono, / de pauta y ritmo eternos, no lo oiremos jamás?”

León Felipe no escapó a ese influjo. Además de traducir el Canto a mí mismo (Song of Myself), dedicó a manera de prólogo algunos versos a su admirado Walt Whitman, de quien decía: “Se apellida Whitman. Pero Dios le llama Walt”.

Escribe el poeta zamorano: “¿Es inoportuno, amigos y poetas americanos y españoles, que yo os congregue aquí ahora y os traiga conmigo al viejo camarada de Long Island? / No. Esta es la hora mejor. / Ahora… / cuando avanza el trueno para borrar con trilita la palabra libertad, de todos los rincones de la tierra,/ cuando el hombre ha perdido su airón y su bandera / y todos somos reses marcadas entre vallados y alambradas, / quiero yo presentaros a este poeta de cabaña / sin puerta frente al camino abierto, / a este poeta de halo, de callado y mochila; / ahora…/ cuando reculan frente al odio el amor y la fe/ quiero yo presentaros con verbo castellano, y en mi vieja manera de decir, / a este poeta del amor, de la fe y de la rebeldía”.

Derek Walcott es premio Nobel de Literatura. Nació en la pequeña isla de Santa Lucía. De Pleno verano (Vaso Roto 2012), antología de 1948 a 2004, valga rescatar estos homenajes a colegas inmortales. “Puedo entender el ciego amor de Borges por Buenos Aires, / cómo un hombre siente las calles de una ciudad agrandarse en su mano”, escribe del argentino. “La llovizna se tensa como las cuerdas de un arpa. / Un hombre con la vista empañada presiente la lluvia / y tañe el primer verso de la Odisea”, canta a Homero.

Y para cerrar, estos versos de “Volcán”: “Joyce temía al trueno, / pero durante su sepelio rugieron los leones / del zoológico de Zúrich. / ¿Fue el de Zúrich o el de Trieste? / Qué más da. Son leyendas, así como / es leyenda la muerte de Joyce, / o el rumor extendido de que Conrad / ha muerto y que Victory está llena de ironía”.

Homenajes poéticos a poetas.