Seudónimo Quincey 40

Es un encuentro entre dos hombres. A uno de ellos le da por abrir la boca sin que le hagan preguntas, pues tantos días es que ha llevado la historia entre los labios; el otro permanece en silencio hasta que habla de una hija

POR Óscar Garduño Nájera

Es un encuentro entre dos hombres. A uno de ellos le da por abrir la boca sin que le hagan preguntas, pues tantos días es que ha llevado la historia entre los labios; el otro permanece en silencio hasta que habla de una hija

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Vintage Railroad (www.flickr.com)

El hombre espera en la estación en ruinas. Está de pie. Lleva un gastado abrigo. Bajo un reloj descompuesto de grandes números romanos. Las cuatro. Es la hora en que se quedó congelado. Lleva en la mano derecha una maleta café de piel. Quién sabe lo que carga. Inmóvil. Parece que algo intenta ver a lo lejos. La mirada la sostiene sobre los restos de las vías. Sopla un frío viento. Se escuchan de repente pasos. Otro hombre. Corpulento. Con una chamarra negra de piel. Poco a poco se acerca al hombre.

— Ahí las enterraron.

Una vez que está al lado del primer hombre señala un punto no tan lejano y es lo que dice.

—Cuesta trabajo creerlo pero así fue… me tocó ver cuando sacaron los cuerpos.

Pausadamente. Así habla. El primer hombre escucha. Sin reacción alguna. Su mirada sigue extraviada en algún punto de los restos de las vías. Parece que ni siquiera pone atención a las palabras. Por eso el de la chamarra negra de piel repite.

—¡Hijos de la chingada!, hasta con las niñas…

Desea algo en ese momento: sacudir al hombre, decirle “¿eres idiota o si pones atención a lo que te digo? No es cualquier cosa, hablo de mujeres violadas y luego asesinadas, a muchas de ellas les rebanaron el cuello con una navaja”.

—Locadia. Era el nombre de mi hija. Apenas 13 años.

Es un encuentro entre dos hombres. A uno de ellos le da por abrir la boca sin que le hagan preguntas, pues tantos días es que ha llevado la historia entre los labios; el otro permanece en silencio hasta que habla de una hija.

—Un pueblo fantasma.

Lo dice luego de “apenas 13 años”. Remarca fantasma y al fin desvía su mirada de los restos de las vías. Ahora sí mira de frente al hombre. Rostro a rostro. El otro saca una cajetilla de cigarros, le ofrece uno. Fuman meditativos.

—¿Qué lleva en la maleta?

Pregunta tras soltar una larga bocanada.

—Memoria.

Tira la ceniza del cigarro y ésta queda frente a sus botas militares.

Contiene una burla. No es el momento adecuado. Quién sabe cómo se guarda memoria en una maleta café de piel. Piensa que no se quedará toda la vida escuchando a ese hombre. Si apenas consigue sacarle una que otra palabra.

—Perdió un zapato. Ya sabe: al salir de la escuela.

Memoria. Cómo abres la maleta café de piel, extraes el contenido y te lo piensas. Quién sabe.

—En una coladera abierta. Iba sola. Su bracito no alcanzaba a llegar al zapato. Y tampoco iba a llegar sin él a casa. Le habría ido mal con su madre.

Ha comenzado a llover. Una lluvia ligera. Apenas perceptible. No obstante, consigue apagar los cigarros. Las miradas parece que lloran. Es el agua.

—Pidió ayuda a un soldado. Estaba de guardia en uno de los campamentos. Y sucedió…

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(www.123rf.com)

Antes de que el pueblo se convirtiera en fantasma. El ejército llegó para encontrar a los culpables de las muertes de las primeras mujeres. Manchas verdes aparecieron por cada esquina. A bordo de camiones. Durante el día. Porque por las noches les dio por emborracharse, trepar a los camiones y llegar al putero de la carretera. Eso fue al principio. Luego, ya ebrios, trepaban a las mujeres a los camiones. Mientras más de uno la violaba, otros se acercaban a su boca para obligarla a tener sexo oral.

—Se hacía fácil matarlas. ¿Quiere saber cuántas vergas caben en la boca de una mujer?

Porque de cualquier manera la culpa sería de otros. Quién se iba a dar cuenta. Ellos eran los buenos. Habían llegado al pueblo para mantener el orden y la paz. Y la gente los veía con respeto.

—Y en esto es mejor no meter a la familia.

Baja la maleta café de piel. Estira los dedos de la mano una vez que la suelta. Tan acostumbrado están esos dedos a sostener el arma.

—¿Ustedes?

Señala otra vez el punto. Hay grava suelta, restos de lo que en algún momento fueron las vías del tren, tierra.

—El soldado llegó con otros tres. Usted sabe: cumplir con el deber.

—¿La mujer de los buitres?

Porque así le pusieron tras encontrar a la chica sin vida.

—No, mi hija…

La maleta café de piel repentinamente se abre: ap