Seudónimo Quincey 41

Mentiras así te obligan repentinamente a decir la verdad. Qué tienes que perder. Si has de irte de un mundo de mierda por lo menos que sea cubierto de verdades. Que sean éstas las que te cubran cuando tu cuerpo vaya a dar a la fosa común

POR Óscar Garduño Nájera

Mentiras así te obligan repentinamente a decir la verdad. Qué tienes que perder. Si has de irte de un mundo de mierda por lo menos que sea cubierto de verdades. Que sean éstas las que te cubran cuando tu cuerpo vaya a dar a la fosa común

Desert_1(www.npr.org)

¿Sucedió? Es lo primero que te preguntas. Maldición. Él aún no aprende a maldecir. De hecho no lo considera correcto. Pero en esos momentos quisiera hacerlo. Cuando abre los ojos. Cuando los cierra. Una maldición que se cuelgue de tus párpados. Chingo de maldiciones en ese estúpido momento. Cuando cierra los ojos: entonces casi la huele: la caliente sangre.

Lo primero que te preguntas al despertar es si realmente sucedió así. Cuando la pregunta la haces lleno de horror la multiplicas millones de veces. No sólo la pregunta. También el horror se multiplica. Te deshace. Existe una delgada línea que divide la realidad de los sueños. Quién sabe dónde se oculta. Lo hace y punto. Pero cuando se traza descompone la geometría de tu noche. Un momento. Espera. Ni siquiera es de noche ahora.

Aconsejan revisar una a una las acciones previas al momento. Uno a uno los detalles. Suena demasiado abrumador para la memoria de un joven como Jacinto. Por eso manda a la mierda el consejo. La verdad es que conforme transcurre el aletargado tiempo del desierto una serie de emociones encontradas escupen gargajos en su interior. Ennegrecidos gargajos como los de cualquier hombre. Al principio no lo hace. Frente a la caliente sangre es que lo hace. Ennegrecidos gargajos embarrados de sangre. Así se siente Jacinto. Tantas claves para ser hombre y vienes a dar con una en el momento menos propicio. Así tal vez son las claves. Por eso es que aún no te conviertes en hombre. ¿O sí?

La mochila está abierta. En una de las orillas destaca el plástico donde guarda la única carta de Andrea escrita con letra apenas legible y chueca y hermosas faltas ortográficas. Y las demás cosas en esa mochila que ha hecho de almohada al sumergirse en el hocico del calcinado desierto.

Entonces intentó dormir. Ahí sí era de noche. Aún le cuesta trabajo hacerlo. En ocasiones intenta contarse un cuento para sí mismo hasta que su mediocre prosa lo arrulla. Algunos los escuchó en el pueblo. No faltan los cuentos en los hombres. Puede ser otra lección para serlo. Pero ahora no está solo. No sabe cómo eso puede afectar el cuento pero se lo guarda. Cierra los ojos. Había una vez…

Un hombre. Antes de dormir se queja mucho. Jacinto intenta contar en cuántas ocasiones lo hace para dormir pero pierde la cuenta.

—La muchacha, la pinche muchacha… pero me querían quitar las botas, cabrones, no, ni madres, a la chingada, culeros.

Dice el hombre cuando se retuerce como animal herido que es. Jacinto escucha. Piensa en la única muchacha que él conoció de cerca. Andrea. Repite el nombre. Andrea. La historia del beso que no alcanzaron a darse. Estúpido. Y ella quería. Lo repite después del nombre. El mar. En el mar se quedó.

 

Desert_2In Deadly Desert, Border Crossers (www.npr.org)

El hombre despertó primero. Intentó ponerse en pie. Se levantó. Con trabajos luego de resoplar como animal herido. Dio unos cuantos pasos y al tropezarse e irse de bruces despertó sobresaltado Jacinto.

Hasta entonces se habían comunicado más en el silencio que entre los dos preñaron de frente. Ahora lentamente el hombre habló. Fue como si recogiera una a una las palabras de entre la tierra del desierto. Con tal esfuerzo lo hacía. Desenterrándolas. Le dijo que era de un pueblo cercano. Hasta entonces Jacinto no había escuchado de ese lugar. Una herida.

—Fue lo que me hice.

Se quejó al señalar el tobillo ya en estado de putrefacción.

—¿Cómo?

Al preguntar tembló como esqueleto la voz de Jacinto.

—Una caída… piedras. O caballo.

Dijo el hombre para apaciguar la mirada inquieta y asustada del joven.

—¿No me crees, verdad?

Apenas si podía el hombre hablar.

—Pinche chamaco pero no estúpido… le das un aire a Violento.

Jacinto intentó sostenerlo pero el hombre se alejó.

—¿Violento?

—Un cerdo.

Pronto iba a morir. El hombre lo comprendió. Le iban a cortar la pierna. Mucho mejor a que te corten la cabeza. Una parte por otra. No es que piense con las piernas. Los otros dos hombres no se iban a quedar tranquilos hasta dar con él. ¿Por qué no lo había matado ese que lo vio? Cabrones los dos.

—Se querían quedar con mis botas…

Mentiras así te obligan repentinamente a decir la verdad. Qué tienes que perder. Si has de irte de un mundo de mierda por lo menos que sea cubierto de verdades. Que sean éstas las que te cubran cuando tu cuerpo vaya a dar a la fosa común y no tu pinche vida falsa y culera que has vivido. Así lo entendió el hombre. A un chamaco imbécil no le iba a creer ninguna autoridad. Repitió autoridad y río. Eso en caso de que consiguiera llegar. En caso de que existiera alguna autoridad. Eso en caso.

 

Desert_3Organized Crime and Corruption in Juarez, Mexico (pulitzercenter.org)

Algo contó. Como un cuento. Lo hizo por pausas. Hasta que el balazo con mala puntería, la muchacha y la grabadora con una chingada música bien rara se colgaron de los dientes y de los labios agrietados del hombre. Hasta entonces fue que Jacinto actuó como si cada uno de sus impulsos fuesen hilos. Una absurda marioneta de un lado a otro por la rabia. Supo cómo era sentirla hasta entonces. Ni madres con el miedo. Así se lo repitió Jacinto. Ni madres con este cabrón.

El hombre prosiguió. Se escapó de la muerte. Eso dijo. Culeros. Agregó. Querían mis botas. Hizo de lado el pie y las presumió. Jacinto abrió la mochila. De haberlo sabido se habría muerto de risa. Eso del apodo del hombre: Estúpido.

Picó el cuerpo con la navaja en más de diez ocasiones. Porque las contó. Carne blandecida por un metal ajeno. Carne blandecida por la acción de un buscador de claves para convertirse en hombre. Como un rosario. Las gritó. Junto al nombre: Andrea. Picó el cuerpo. Y el hombre a los primeros picotazos preguntó por qué. Pinche chamaco. Al final Jacinto lo vio. En la cintura: el revólver. Una Colt. Sin pensarlo. Sin saber ni siquiera cómo se le hacía para disparar. La tomó entre sus terregosas manos.

Y

La

Metió

En la boca

Del hombre.

Gatillo en tembloroso dedo.

Pum.

Reventó la cabeza como globo.

Qué estúpidas maneras para aprender a ser hombre.