Sigfrido, el “superhombre” de Wagner

Existe, pues, un vínculo muy estrecho que une la obra wagneriana tanto en lo estrictamente musical como en lo psicológico. Fue la cruzada de Wagner, la proclamación del amor trascendente, y para ello recurrió a la mitología post-romana, cobrando nuevamente un sentido universal e intemporal

POR Fernando Montoya

 Existe, pues, un vínculo muy estrecho que une la obra wagneriana tanto en lo estrictamente musical como en lo psicológico. Fue la cruzada de Wagner, la proclamación del amor trascendente, y para ello recurrió a la mitología post-romana, cobrando nuevamente un sentido universal e intemporal

Wagner_1(www.classicfm.com)

Después de muchos años de profundo estudio de la mitología y tragedias griegas, así como de una gran empatía, simpatía y excelente conocimiento de los ancestrales personajes que plagaron la mitología eslava y teutona durante milenios en la historia de occidente, Richard Wagner se decidió a acometer la composición de uno de sus “dramas” más ambiciosos, paradigmáticos y delicados: Sigfrido.

El músico y literato sentía una profunda necesidad por plasmar en una partitura todo aquello que, a su juicio, simbolizaba las mayores virtudes y los valores éticos, morales, literarios y musicales de la historia de la actual Alemania. ¿Podía un simple mortal (cantante-actor) ser merecedor de semejante misión y estar a la altura de la misma?

No en vano sería el propio Wagner quien concibiese lo que posteriormente ha dado en denominarse “tetralogía” (o “trilogía con prólogo”), como una “síntesis de arte total” (o “síntesis de todas las artes”, como se prefiera). Dicha “síntesis” tenía como ejes principales de la trama argumental y del drama escénico a cinco personajes insustituibles y vertebradores de toda la “tetralogía”: Siegfried, Brünnhilde, Siegmund, Sieglinde y Wotan.

Siegfried (o Sigfrido, en su traducción al castellano) simbolizaba para Wagner lo que él mismo dio en llamar el “superhombre” o el “héroe” (un vocablo estéticamente más válido que el anterior), y que también utilizaría con el devenir del tiempo su distinguido compatriota Richard Strauss en su extraordinario poema sinfónico para orquesta titulado Una vida de héroe.

Para el compositor natural de Leipzig, Sigfrido se perfiló desde sus orígenes como un verdadero engranaje entre todos los “dramas” que habrían de constituir, con el paso de varias décadas el drama escénico-musical El anillo del nibelungo.

Debido a ello, el citado “superhombre” debía reunir las mayores cualidades que un “héroe” pudiese ostentar: vigor, virilidad, juventud, absoluto desconocimiento del miedo o del temor, y una importante misión que llevar a cabo: redimir a la valquiria Brünnhilde de su castigo (el célebre “círculo mágico” impuesto por su padre, el dios absoluto Wotan), valiéndose para ello de su valentía, determinación y, cómo no, del amor como fuerza capaz de redimirlo todo. Él era el elegido para devolver el anillo robado por el codicioso y malvado nibelungo Alberich a las ninfas del Rhin, las verdaderas y únicas guardianas del equilibrio reinante en la naturaleza entre las diferentes razas existentes, y muy en especial las encargadas de preservar de toda codicia a dioses y hombres en su afán por la posesión del anillo mágico de poderes sobrenaturales.

 

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La tarea que se había autoimpuesto Wagner era harto compleja: a las características intrínsecas al “superhéroe” ya señalado debían sumársele las condiciones vocales más extraordinarias posibles de la época, y encontrar todas éstas en un mismo cantante.

El genio de Leipzig siempre hizo un brutal hincapié en la necesidad de encontrar a un cantante (tenor) con un timbre de voz algo juvenil a la vez que viril, rotundo en los graves, profundo y potente en la emisión en el registro medio, así como capaz de alcanzar ciertos sobreagudos difíciles para un tenor convencional sin grandes dificultades. De ahí que se acuñase una expresión –con mayor o menor fortuna—, que ha pasado a la historia de la partitura wagneriana: la figura del “tenor heroico”.

Estructuralmente, el Idilio de Sigfrido es una especie de collage formado por diferentes escenas de la tetralogía El anillo del Nibelungo, especialmente de la segunda jornada. Sigfrido, aunque el tema principal es la consecuencia del “motivo de la mirada”, leitmotiv motor de Tristán e Isolda.

Existe, pues, un vínculo muy estrecho que une la obra wagneriana tanto en lo estrictamente musical como en lo psicológico. Fue la cruzada de Wagner, la proclamación del amor trascendente, y para ello recurrió a la mitología post-romana, cobrando nuevamente un sentido universal e intemporal. Por tanto, el Idilio de Sigfrido representa la síntesis del ideal wagneriano; es Tristán e Isolda, Lohengrin, Tannhäuser, El anillo… El Idilio… cierra el ciclo, Parsifal es la consecuencia de acceder al amor; alcanzar el conocimiento. Y el camino para alcanzarlo va hacia adentro; es la reconciliación con el Alma-Isolda- Brunnhilde. Es la redención por el amor.

El mito de Tristán, al igual que el de Sigfrido, conduce al interior de la psique humana, en un claro debate entre el amor romántico y el amor espiritual.

El Idilio de Sigfrido, compuesto hace casi 130 años, toma vigencia y, como el resto de manifestaciones que alcanzan el rango de arte, se convierte en intemporal.

Richard Wagner ha mostrado el camino, es el legado para el hombre futuro. El ideal hacia el cual avanza la humanidad.