Seudónimo Quincey 42

Si algo sabes es que en la vida hay detalles que no servirían de mucho si no provocaran ilusiones. Son éstas las que las mantienen con vida. De lo contrario, el mundo no tendría mucho sentido

POR Óscar Garduño Nájera

 Si algo sabes es que en la vida hay detalles que no servirían de mucho si no provocaran ilusiones. Son éstas las que las mantienen con vida. De lo contrario, el mundo no tendría mucho sentido

Falda_1(www.border-sentinel.com)

Cuando las circunstancias te resultan desfavorables lo haces: una buena mañana te levantas, estiras los brazos, bostezas, sobas tu voluminoso vientre, suspiras y en ese momento algo por dentro se te quiebra. Es decir, ya lo hacía: digamos una que otra cuarteadura que alcanzaste a identificar con tus lágrimas. Porque no paras de hacerlo por las noches: llorar. Te sientas en la orilla de esa vieja cama. La cabeza inclinada. Intentas acomodar tus pensamientos mientras miras tus pies, el suelo. Nada. No hay manera de acomodarlos. Una pertinaz lluvia que te moja conforme te hundes más en ellos. Parece que en esos momentos tomas el primer aire de la mañana. Hay que trabajar. Sacar a vender las faldas que tanta sensación provocan entre adolescentes cuya única ilusión sólo es acudir a la escuela. Eso haces en el puesto: alimentas las ilusiones. Si no lo haces tú, quién, si sus padres apenas tienen tiempo para ocuparse de ellos.

—Cuando ya esté en la secundaria voy a ser la más lista de todas, ya verá…

Te lo dijo Rosalía con la falda hecha bola entre las manos. Admiraste su sonrisa. Dijiste que era cierto al mover la cabeza. Te dio el dinero no sin antes regatear el precio. Corrió hacia otro puesto donde estaba su mamá. No era la falda lo que le provocaba la felicidad en ese momento. Tú lo sabías bien. Era la ilusión de estar en un salón de clases. Tener más amigas con quien contarse secretos de esos que sólo se cuentan entre amigas. Igual y hasta recibir uno que otro regaño del profesor por hacer mal la tarea. Era todo un mundo distinto al pueblo que según parecía cobrar vida a muchos kilómetros de ahí.

—Qué bruta… no sabe que ni siquiera va a ir a la escuela.

Dijo Andrea. En ocasiones te solía ayudar en el puesto. Le pediste que no dijera esas cosas. Nadie tiene por qué meterse con las ilusiones de los demás. Es como cuando te piden que respetes la religión que profesas. O a tu equipo de futbol. Porque si algo sabes es que en la vida hay detalles que no servirían de mucho si no provocaran ilusiones. Son éstas las que las mantienen con vida. De lo contrario, el mundo no tendría mucho sentido. Por eso día con día trabajas con detalles desechables y qué importa: son las ilusiones que consiguen despertar lo que pones tras de esos insignificantes detalles. De aquí la diferencia entre una vida y otra. Cada quien se entusiasma con detalles distintos. Aunque, en el fondo, si se mira bien, todos son desechables. Tú partes y los detalles no. Tú te quedas con las ilusiones y ellos ni siquiera reconocen que son los culpables. Pero cuando detalles importantes se te quiebran el mundo adquiere tonalidades distintas. Eso te hace ser un hombre distinto. Comprendes lo desechable de los detalles pero ya ni siquiera te alcanzas a entusiasmar. Porque no resulta tan fácil cuando sobre esos detalles se sienta una ausencia irremediable que los aplasta y los deja como huellas de oso que sigues y sigues hasta dar con una tenebrosa cueva y quedarte solo entre tantos hombres que te saludan cuando cierras la puerta de tu casa. Respondes al saludo. Pero lo haces vacío. En ese momento te descubres así. Miras en ellos los detalles que aún les alcanzan a generar ilusiones. En algún momento los envidias.

 

Falda_2AlexxaNicole/ Good Night Kiss (www.alexxanicole.com)

—Qué, mi gordo, ¿se va a hacer la fiesta?

Uno de los hombres te pregunta. Lo hace con media sonrisa de frente. Tú sabes que se burlan de ti. En eso te has convertido: un hombre sin detalles que le generen ilusiones y que además tenga que soportar burlas a escondidas. Porque bien que sabes que lo hacen. Por eso decidiste dejarlos sin el radio de pilas. Que ellos se hicieran de sus propias canciones. No respondes. Quisieras decirle: vete a la chingada tú, tus detalles y tus ilusiones desechables. Pero no lo haces. Eres un hombre pacífico. No te gusta causar problemas, y en caso de que tenga que ser así, te los causas a ti mismo, como ahora que le das vueltas y vueltas a una decisión cual si de una lavadora descompuesta y acelerada se tratara.

Lloras, eso sí, por las noches. Con tus mejillas redondas pegadas a la almohada. Lo que más extrañas es que alguien (no quieres ni pronunciar su nombre) abra la puerta de la recámara para preguntarte si no quieres una taza de leche caliente, o un café de olla con galletas de chocolate y vainilla, o simplemente que abra la puerta de la recámara para mandarte desde el umbral un beso de buenas noches, papá, una sonrisa que a ti te sirve para cobijarte porque sabes que al día siguiente, cuando despiertes, estires los brazos, sobes tu vientre voluminoso, bosteces y suspires ahí va a estar ella, tu hija, a la que adoptaste cuando era una recién nacida de brazos de su madre, quien escupía sangre por la boca tras ser asesinada en un bar conocido como La Estrella, y secretos así conviene mejor llevarlos a la tumba, eso te repites mientras le pides su machete al del puesto de al lado, quien no hace preguntas, lo saca de su cintura y te lo da por la parte de la empuñadura, vaya a saber para qué lo quiere el gordo, son muchos los que lo utilizan para cortar mecates y amarrar tubos. Caminas y sin más pateas a un perro que se encuentra ovillado en una de las esquinas. Los demás hombres protestan a lo lejos. Te saben un hombre pacífico y se les ocurre pensar que ese día andas de malas. Con alguien tienes que desquitarte que la vida te haya dejado tan pocos detalles por los que mantener ilusiones. Y que la mayor ilusión de la haya arrebatado con un balazo certero.

No tardan en gritar los hombres. También las mujeres que esa mañana acuden al mercado. Parece nadar sobre un charco de sangre. La imagen que tiene uno de ellos es la de Moby Dick en medio de un sanguinolento océano. Pero se la calla. Eso de no ser porque Moby Dick no se mueve y su voluminoso vientre luce partido no en dos y sí en pedazos. Tampoco respira. La mano derecha abierta y la empuñadura del machete recargada en las líneas de las palmas. A unos cuantos centímetros del gordo un perro lo mira fijamente. De vez en cuando olisquea: ¿cuántos ilusiones aún alcanza a oler?