Seudónimo Quincey 43 (intermedio)

Reía Matías acompañado de otros hombres. Los reconocí: yo los había creado. También te describí a ti. Eras la quinceañera de la novela. Y tu papá es el gordo Quixtlihuac. Matías me quita el Ipod y recarga el cañón de la pistola en mi cabeza. Cierro los ojos. Escucho el rumor del mar. Dispara

POR Óscar Garduño Nájera

 Reía Matías acompañado de otros hombres. Los reconocí: yo los había creado. También te describí a ti. Eras la quinceañera de la novela. Y tu papá es el gordo Quixtlihuac. Matías me quita el Ipod y recarga el cañón de la pistola en mi cabeza. Cierro los ojos. Escucho el rumor del mar. Dispara

Cámara_1(vintage-snapshots.com)

Debo continuar. Me queda poca pila en el Ipod. Repito una y otra vez la canción: “Cold Dark Mourning” de A Pale Horse Named Death. Debo continuar. Lo repito entre dientes. Mis pensamientos aturdidos ahora van tras de ti, pero mis pocas fuerzas las amarro con hilos a mis mandíbulas, lo cual sirve para forzarme a no repetir tu nombre. Ellos están atrás. Pueden escucharlo. Esperan que lo diga. No lo voy a hacer. No al menos mientras esté con vida. Ya luego ellos se encargarán de sacarlo.

Me propuse venir a este lugar luego de mi despido en la editorial. Quiero terminar ahí mi novela acerca de los feminicidios. Creo que eso fue lo último que te dije en la terminal de autobuses. Ellos ya nos espiaban desde las esquinas de los puestos de comida, desde las cafeterías, tal vez estaban bien distribuidos por toda la terminal. Estoy seguro. Abordé el autobús. Asiento al lado de la ventanilla. Traté de relajarme. En eso uno de ellos se sentó a mi lado. Un viejo con una bata blanca no como de médico y sí como de carnicero. De hecho, apestaba a carne y grasa. Botas como de piel de víbora aunque la verdad siempre he sido malo para reconocer los distintos tipos de piel. Matías, uno de los feminicidas de la novela, las usa, y por lo mismo tuve que ir al mercado de zapatos a investigar los distintos tipos de botas y los distintos materiales con los que las hacen. Hasta antes de llegar a la primer caseta de cobro el viejo parecía dormitar por momentos, y por momentos abría un solo ojo y veía la película que daban en las pantallas del autobús. Fue cuando descubrí que le hacía falta un ojo. Luego habló. Lo hizo como para sí mismo pero yo sabía que se dirigía a mí. Lo hizo con voz lenta, como si cada palabra le costara un trabajo inmenso pronunciarla. Supongo que para no despertar a los demás pasajeros.

—Coincidencias de la vida: yo soy usted, amigo…

El único ojo veía al frente. Hasta delante, frente al parabrisas del autobús, la carretera parecía invadida de sombras, cientos de ellas, de distintos tamaños, aguijoneadas por las luces. Miedo. Eso fue lo que sentí en ese momento. Y opté por guardar silencio. Inmóvil. Me lo imaginé: uno de ellos había comprado el boleto para el mismo destino. Lo que era peor: ahora lo tenía a mi lado, contra la ventana, no tenía posibilidad alguna de escapar. Entonces se me ocurrió dormir. Incluso con el miedo. Porque sabía que, de intentarlo, te volvería a encontrar en uno de esos sueños tan extraños.

 

Cámera_2(www.thefoodmarketing.com)

Una playa de Oaxaca. En la arena, una cámara fotográfica Minolta. La misma que mi tío el fotógrafo me obsequió cuando falleció de un mal pulmonar mi otro tío, su hermano, y debido a su edad él tuvo que abandonar su casa para ir a vivir a casa de mis padres.

—Quiero ir a la playa contigo. Me gusta Mazunte.

Sonreíste. Era de las pocas veces que lo hacías. No sé si se debía a tu dentadura en mal estado, pero casi nunca sonreías. A mí me gusta cuando lo haces. Más si es durante uno de esos sueños extraños.

—Pues vámonos…

Fue tu respuesta. Pero no alcanzamos a hacer el viaje. Ellos ya estaban afuera de la puerta de tu departamento.

—Pero nos llevamos la Minolta.

Suspiré. Chasquee los labios.

—No tiene caso, ni siquiera funciona el obturador.

En el sueño me entregas una carta donde hablas de una cámara fotográfica descompuesta. Lo extraño es que aún no ocurría lo del viaje a Mazunte. Minolta también era la cámara fotográfica de tu carta.

Abrí los ojos sofocado. Antes lo hice.

—Ayúdame, vienen por nosotros…

Me diste la espalda. Una espalda clara, huesuda.

—¿Crees que vas a escapar?

Dijo el viejo de la bata.

Llegamos a Mazunte al mediodía. Ellos ya nos esperaban.

—Gracias por traer al compa.

Le dio en una palmada Matías al hombre de la bata blanca. Luego llegó el horror. Me condujeron a las fosas clandestinas. Me obligaron a ver el cadáver de una mujer en estado de descomposición.

—Tú último capítulo.

Reía Matías acompañado de otros hombres. Los reconocí: yo los había creado. También te describí a ti. Eras la quinceañera de la novela. Y tu papá es el gordo Quixtlihuac.

Matías me quita el Ipod y recarga el cañón de la pistola en mi cabeza. Cierro los ojos. Escucho el rumor del mar. Dispara. Despierto a las cuatro de la mañana a tu lado. Te cuento de qué va el capítulo que viene de la novela. Me ignoras. Intentas componer el obturador de la Minolta. Sueño con mujeres muertas.