Cómo el mal francés conquistó al mundo

Las teorías que rodearon la aparición de enfermedad eran tan dramáticas como los síntomas: una conjunción astrológica de los planetas, la úlcera de Job, un castigo de un dios iracundo disgustado por la fornicación o era una nueva plaga traída del nuevo mundo por los soldados de Colón y fermentados en los lomos de las prostitutas napolitanas

POR Sarah Dunant

 Las teorías que rodearon la aparición de enfermedad eran tan dramáticas como los síntomas: una conjunción astrológica de los planetas, la úlcera de Job, un castigo de un dios iracundo disgustado por la fornicación o era una nueva plaga traída del nuevo mundo por los soldados de Colón y fermentados en los lomos de las prostitutas napolitanas

Sífilis_1Machilavelli III: Rise of the Borgias (exurbe.com)

La historia no registra quién contagió de sífilis a César Borgia, pero sí sabemos cuándo y dónde la adquirió. En el verano de 1497 él era un cardenal de 22 años, enviado como representante papal por su padre, el papa Alejandro VI, para coronar al rey de Nápoles y negociar el matrimonio real de su hermana Lucrecia. Nápoles era una ciudad rica no sólo en conventos y burdeles (una yuxtaposición fértil en la imaginación del hombre renacentista), también lo era en la enfermedad. Dos años antes, una fuerza francesa de invasión que incluía tropas mercenarias traídas de vuelta del nuevo mundo se estacionó demasiado tiempo en el festejo de su victoria; cuando se marcharon llevaron consigo algo de vuelta a casa, algo inesperado y mortal.

Una vez cumplida su tarea, César salió a las calles. Maquiavelo, su contemporáneo y un hombre con un ingenio tan firme como su política, ha dejado un escalofriante relato de su acoplamiento con una prostituta quien, al encenderse una lámpara, se revela calva, una horrible bruja desdentada a la que avienta rápidamente lejos de él. Considerando el estado elevado de César, sus mujeres elegidas sin duda eran más atractivas, pero la enfermedad que le contagiaron (y que sufrían ellas mismas) era probadamente perniciosa. Primero, un chancro aparece en el pene, después los dolores atroces en todo el cuerpo y erupciones picantes, pústulas que cubren rostro y torso. Afortunadamente para César Borgia y para la historia, su médico personal, Gaspar Torella, era un especialista erudito con un gran interés en esa nueva enfermedad alarmante y utilizó a su paciente (bajo el seudónimo El Joven Niccolo) para registrar los síntomas y los intentos de cura. En los años siguientes, Torella y otros médicos trazaron el ascenso imparable de una enfermedad que se había propagado en hombres que gritaban su agonía mientras su carne era devorada en algunos casos hasta el hueso.

Todavía recuerdo el momento en que, sentado en la Biblioteca Británica, me encontré con los detalles del tratado de Torella en un libro de ensayos acerca de la sífilis. No hay nada más emocionante en la escritura de ficción histórica que cuando la investigación abre una ventana a un paisaje completamente nuevo, y la historia de cómo esa plaga sexual se extendió por Europa durante la década de 1490 fue uno de los puntos de inflexión en Blood and Beauty, la novela que entonces yo escribía acerca del ascenso y la caída de la dinastía Borgia.

 

Sífilis_2Retrato de Gerard de Lairesse, por Rembrandt van Rijn, ca. 1665–67. De Lairesse sufría de sífilis congenital que lo deform y lo condujo a la ceguera total (History of syphilis/ en.wikipedia.org)

Para el momento en que César Borgia sintió el primer ardor, el mal francés, como se le conocía desde entonces, ya se había extendido ampliamente en Europa. Ese mismo año, el consejo del pueblo de Edimburgo emitió un decreto para cerrar los burdeles, mientras que en la universidad italiana de Ferrara los académicos convocaron a un debate de emergencia para averiguar qué les había golpeado. Para entonces el método del contagio era bastante obvio. “Los hombres se infectan a través de las vulvas de las mujeres”, escribió sin rodeos el médico de la corte de Ferrara (no se mencionó la transmisión homosexual, pero entonces la “sodomía” no era materia de debate abierto). Las teorías que rodeaban la enfermedad eran tan dramáticas como los síntomas: una conjunción astrológica de los planetas, la úlcera de Job, un castigo de un dios iracundo disgustado por la fornicación o, como algunos sugirieron, era una nueva plaga traída del nuevo mundo por los soldados de Colón y fermentados en los lomos de las prostitutas napolitanas.

Cualquiera que fuera la causa, el horror y la angustia eran indiscutibles. “Tan cruel, tan penosa, tan espantosa que hasta ahora nada más terrible y asqueroso se ha conocido en esta tierra”, señaló el humanista alemán Joseph Grünpeck, quien, cuando fue víctima de la enfermedad, lamentó cómo “la herida en mi glándula priápica se hinchó tanto que ambas manos apenas podían rodearla”. Mientras tanto, el artista Alberto Durero, que más adelante utilizó las imágenes de los enfermos en xilografías de propaganda contra la Iglesia católica, escribió: “Dios me libre de la enfermedad francesa. No conozco nada a lo que tenga tanto miedo… Casi todos los hombres la tienen y a muchos hasta que mueren”.

La enfermedad debe su nombre al poema de un erudito renacentista del siglo XVI: su héroe epónimo, Syphilus, un pastor, enfurece al Dios Sol y se infecta como castigo. Fuera de la poesía, la prostitución era la principal culpable, cuando en realidad era la testosterona. Los hombres infectaban a las prostitutas que luego la trasmitían al cliente siguiente que a su vez la pasaba a otra mujer en una espiral mortal. Los maridos descarriados contagiaron a sus mujeres, quienes a veces se lo pasaban a los hijos, aunque también se podía obtener de la succión de nodrizas infectadas.

 

Sífilis_3(morbidanatomy.blogspot.com)

En medio de todo ese horror había elementos de justicia poética. En una iglesia manifiestamente corrupta, los regalos de las “flores púrpuras” (como eran conocidos eufemísticamente los repetidos ataques) que decoraban los rostros de los sacerdotes, cardenales, incluso de un Papa, eran pruebas irrefutables de que el celibato era inaplicable. Cuando Lutero, un monje, se casó con una monja, obligando a la parte de la Iglesia católica a resistir una reforma similar en sí misma, la sífilis se convirtió en una de las razones por la que la Iglesia católica continúa arrastrando tantos problemas hoy.

Aunque ha habido controversia en los años recientes acerca de los huesos europeos de poco antes del siglo XV encontrados con huellas de síntomas parecidos a los de los sifilíticos, la ciencia médica está de acuerdo en gran medida de que se trataba efectivamente de una nueva enfermedad que llevaron de vuelta a Europa a los hombres que acompañaron a Colón en su viaje de 1492 a las Américas. En términos de guerra bacteriológica fue un arma para equilibrar la devastación que el sarampión y la viruela infligieron en el nuevo mundo. No fue sino hasta 1905 que la causa de todo ese sufrimiento fue finalmente identificado bajo el microscopio: Treponema pallidum, una bacteria espiroqueta que entra en el torrente sanguíneo y, si no se trata, ataca el sistema nervioso, el corazón, los órganos internos y el cerebro; fue hasta los años 40 del siglo XX, con la llegada de la penicilina, que se encontró un tratamiento efectivo.

 Gran parte de los detalles extraordinarios que hoy tenemos acerca de la sífilis es una consecuencia de la crisis del sida. Justo cuando pensábamos que los antibióticos, la píldora y las actitudes más liberales habían expulsado el riesgo y la vergüenza de la conducta sexual, la aparición de la nada de una enfermedad incurable, mortal y muy contagiosa desafió a la ciencia médica, desencadenó una crisis de salud pública y despertó nuevamente el pánico moral.

No es de sorprender que la historia de la sífilis fuera extremadamente relevante una vez más. El momento fue poderoso en otro sentido, cuando la historia de los años 80 fue reorientada; desde la larga marcha de lo político y poderoso, hasta las historias culturales más íntimas de todos los hombres y las mujeres. El crecimiento de áreas como la historia de la medicina y la locura a través de la obra de pensadores como Roy Porter y Michel Foucault hicieron del cuerpo en un tema rico para los académicos. De repente, el estudio de la sífilis se convirtió, así, no hay otra palabra para describirlo, en algo sexy.

Los historiadores hurgaron en los archivos de las prisiones, hospitales y asilos, estimando que una quinta parte de la población estaba infectada. Los hospitales de Londres durante el siglo XVIII trataron apenas una fracción de los pobres, y los enfermos eran azotados públicamente como una la lección moral.

Los que podían comprar la atención médica también compraban el silencio –la confidencialidad de la relación médico/paciente tiene sus raíces en el tratamiento de la sífilis. El viejo adagio “una noche con Venus, una vida con mercurio”, revela toda clase de horrores, desde hombres sofocados en baños de vapor sobrecalentado hasta los charlatanes que traficaban bebidas de chocolate mezcladas con mercurio para que lo que los esposos infectados pudieran tratar a sus esposas y familias sin que éstas lo supieran. Incluso la moda de la corte es parte de la historia, con maquillaje cargado y consejos de belleza como respuesta tanto a los ataques recurrentes de la sífilis como a los sobrevivientes de la viruela.

Y luego están los artistas, poetas, pintores, filósofos, compositores. Algunos llevaban la infección casi como una insignia de orgullo: el conde de Rochester, Casanova, Flaubert en sus cartas. En el Cándido de Voltaire, Pangloss puede rastrear su cadena de infección cuando era un novicio jesuita que se infectó a través de una mujer que a su vez la cogió de un marinero en el nuevo mundo. Otros eran más reservados. La vergüenza es una poderosa censura de la historia, y en sus últimas etapas la sífilis, conocida como el “la gran imitadora”, imita a muchas otras enfermedades ocultando la verdad. El trabajo de detective realizado por escritores como Deborah Hayden (The Pox: Genius, Madness, and the Mysteries of Syphilis) pasan lista a Schubert, Schumann, Baudelaire, Maupassant, Flaubert, Van Gogh, Nietzsche, Wilde y Joyce con evidencias polémicas en torno a Beethoven y Hitler. Su gran pregunta –¿cómo pudo afectar la enfermedad su proceso creativo— no es fácil de responder.

 

Sífilis_4Gustave Flaubert (erizosdefilosofia.blogspot.com)

Van Gogh pinta cráneos y las últimas obras sublimes de Schubert están claramente impregnadas de la conciencia de la muerte. Pero en 1888, cuando Nietzsche descendía hacia la locura, escribió obras como Ecce Homo, que es de una grandeza intelectual, ¿o posiblemente es la enfermedad la que habla? Hay una capa adicional de complejidad en esto. Cuando Nietzsche pierde el juicio, la sífilis terciaria había sufrido una transmutación, infectando el cerebro y causando parálisis junto con la desintegración mental. Pero muchas de sus víctimas no lo sabían entonces. Guy de Maupassant, que comenzó triunfante (“Yo puedo atornillar putas callejeras ahora y decirles: ‘Tengo la viruela’. Tienen miedo y yo sólo río”), falleció 15 años después en un asilo aullando como un perro y plantando ramas como un bebé Maupassant en el jardín.

La cultura francesa de finales del siglo XIX fue particularmente rica en guisos de deseo sexual y miedo. Los restaurantes de lujo de París tenían habitaciones privadas donde la clientela podía disfrutar algo más que la comida, y en los vestíbulos de la ópera los clientes podían ver y “reservar” a las chicas jóvenes para después. Al mismo tiempo, las autoridades acosaban, tocaban y amenazaban a las prostitutas, para más tarde degustarlas ellos o sus esposas. Cuando el miedo creció, también lo hizo el interés por las mujeres perturbadas. La clínica de Charcot exhibía ejemplos de histeria, por lo que surge la pregunta de hasta qué punto el diagnóstico pudo encubrir la obra de la sífilis. Freud observó el impacto de la enfermedad al interior de la familia al analizar a sus primeras pacientes femeninas.

“Es como yo lo pensaba. Ya la tengo para toda la vida”, señala el escritor Alphonse Daudet tras una consulta en Charcot en 1880. En su libro In the Land of Pain, traducido y editado por Julian Barnes en 2002, el ojo del escritor es inquebrantable cuando enfrenta “el tormento de la Cruz: la violencia desgarradora en manos, pies, rodillas, los nervios estirados al límite”, atenuado sólo por el alivio contundente de cantidades crecientes de morfina: “Cada inyección [ayuda] durante tres o cuatro horas. Luego vienen ‘los piquetes de avispas’, punzantes aquí, allá y en todas partes, seguidos de dolor, ese huésped cruel… Mi angustia es grande y lloro mientras escribo”.

Por supuesto, no hemos visto aún el fin de la sífilis –en el mundo millones de personas siguen contrayéndola, y hay informes, especialmente dentro de la industria del sexo, de que ha aumentado en los años recientes. Pero la gran mayoría es curada con antibióticos antes de que la enfermedad se afiance. Nunca llegarán al punto, como César Borgia lo hizo en el siglo XVI, de usar una máscara para cubrir la ruina de lo que todos estuvieron de acuerdo alguna vez fue un rostro bello. Lo que perdió en vanidad lo ganó en misterio siniestro. Hasta qué punto su comportamiento, oscilando entre el letargo y la energía maníaca, fue también el impacto de la enfermedad, no lo sabremos nunca. Sobrevivió el tiempo suficiente para ser cortado en pedazos al escapar de una prisión española. Mientras tanto, en la ciudad de Ferrara, su amada hermana Lucrecia, después de casarse con un duque famoso por ser un mujeriego extramarital, sufrió repetidos abortos involuntarios –un poderoso signo de infección en las pacientes femeninas. Para aquellos de nosotros aferrados a convertir la historia en ficción, la ruta de la sífilis confirma el cliché: la verdad es tan extraña como para que alguien pueda maquillarla.

 

Tomado de: The Guardian. Mayo 17, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.