Seudónimo Quincey 44

Catorce años se ha repetido la pregunta. Catorce años se ha golpeado con ella la cabeza. No sabe qué responder. Sólo sabe, eso sí, que la felicidad llegó a su vida cuando internaron a Josefo luego de que sufriera un accidente con una barreta

POR Óscar Garduño Nájera

Catorce años se ha repetido la pregunta. Catorce años se ha golpeado con ella la cabeza. No sabe qué responder. Sólo sabe, eso sí, que la felicidad llegó a su vida cuando internaron a Josefo luego de que sufriera un accidente con una barreta

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Catorce pinches años. Sostiene la cerveza. Desde hace rato su mirada está extraviada en una televisión vieja que se encuentra sobre la barra de madera de la cantina. Una película de acción. Con explosiones y balazos. Entre dientes lo repite. Catorce años. Parece que ha repetido en tantas ocasiones este número que ya no representa nada para ella. Tiempo. Eso sí. Ahora tiene 32. El menor de los Berterguer hace cuentas.

— ¿En serio?

Insiste en preguntar. Cuando finaliza se siente como un idiota. No vienes a un lugar así a platicar con las ficheras. Tienes que sacarlas a bailar. Pagar 20 pesos por canción. Sostenerte de las caderas que se ocultan bajo una minifalda plateada. Y tratar de no pisarlas. Porque él no es bueno para el baile. Cuando frente a sus zapatos pone zapatillas con semejante tacón tampoco.

—¿Qué chingaos es lo que quieres?

Pregunta Mayela. Lo hace sin voltearlo a ver. En la televisión ocurre la quinta explosión de la película. Luego se escuchan disparos. Está en inglés. La señal llega  a medias, por lo que tras las explosiones y los disparos repentinamente aparecen perpendiculares líneas amarillas que conforme se amplían chupan la pantalla para dejarla en un solo color. Cuestión de unos segundos y luego regresa la imagen de la película. Mayela prefiere no voltear a ver al menor de los Berterguer. Qué caso tiene si minutos antes le preguntó si quería bailar y él contestó que no, pero que igual le podía invitar una cerveza y platicar un poco.

—¿Eres de los pendejos que cree que aquí se viene a platicar?

El menor de los Berterguer tiene las huesudas manos sobre sus piernas. No le llama la atención la película y prefiere ver la pista en cuyo derredor están las demás mujeres sentadas en sillas, a la espera de los clientes; para ser sábado a las 11 de la noche el negocio está flojo, apenas unos cuantos hombres que beben cervezas pero no bailan, y en cuanto alguna de ellas se acerca para sentarse a la mesa le dicen que por ahora no o sencillamente la ignoran, la mujer regresa a la silla y desde ahí observa la plancha de cemento cuarteado que hace de pista de baile y las parpadeantes luces, apenas unos cuantos focos de colores descompuestos dentro de una caja de madera pintada de negro.

—¿Desde los 14, entonces?

Mayela hace el intento de levantarse.

—¡Siéntate!

Toma con fuerza su brazo el menor de los Berterguer. Mejor no ponerse al tiro. Es lo que piensa Mayela. Desde los 14 se ha topado con muchos hombres violentos. Por acá abundan. Y cuando entran a un lugar así, beben unas cuantas cervezas y ven tanta vieja sola les da por serlo aún más. También tiene la opción de mandar a la chingada al menor de los Berterguer, caminar hasta una de las sillas y sentir la protección que entre algunas mujeres se suelen brindar. Pero se queda en cuanto voltea y ve la mirada del menor de los Berterguer. No podría decir qué tipo de mirada es, pero sabe que detrás de ella se oculta la rabia y el odio. A los 14 aprendió de miradas así gracias a su ebrio padrastro.

 

Prosti_2(www.mirror.co.uk)

—¿Y qué? ¿Te vas a quejar con tu mamá que eres medio putita?

Le decía don Josefo cuando se subía los pantalones. Un cinturón como de piel de víbora con una gran hebilla circular con la bandera de Estados Unidos. Lo había comprado en El Paso y lo presumía cada que tenía oportunidad. Acariciaba la cabeza de Mayela en la cama. También intentaba contener las lágrimas con unos rasposos dedos.

—Si bien que te gusta andarme provocando… ¡imagínate! Te comes lo mismo que se come tu mamá y si ella se llega a enterar seguro que se encabrona.

“Es él quien lo hace. Señaló a Josefo frente a su mamá. Cuando tú te vas a la maquila. Hace dos o tres meses. Me amenaza con el cuchillo que utilizas para picar las cebollas. Se baja los pantalones”. No lo dijo. Nunca lo hizo. Solía soñar que lo hacía, que su mamá le ponía atención y que mandaba a la mierda a un cabrón como Josefo, que además tenía que mantener mientras este hacía uno que otro trabajito en el campo, y cuando abría los ojos él ya estaba en el resquicio de la puerta de su recámara con la bragueta abajo, metiendo una de sus manos entre el cierre.

—¡A portarse bien, putita!

Durante 14 años. Varios días a la semana.

—¡Mira que eres pendeja! ¿Por qué no te largabas de la casa?

Fue lo primero que le dijo la patrona cuando le ofreció trabajar como fichera. ¿Por qué no lo hizo? Catorce años se ha repetido la pregunta. Catorce años se ha golpeado con ella la cabeza. No sabe qué responder. Sólo sabe, eso sí, que la felicidad llegó a su vida cuando internaron a Josefo luego de que sufriera un accidente con una barreta. Luego le vinieron complicaciones en el tratamiento para recuperarse. A final de cuentas en aquel pueblo apenas si se conseguían aspirinas. Al fin murió. Su mamá la obligó a ir al entierro.

—Tan buen hombre, el Josefo.

Decían sus amigos frente al ataúd.

—¡Y buen esposo! Siempre me cuidó a la Mayela.

Y ella tuvo la oportunidad perfecta para llorar. Para desplomarse. Para sacar la verga erecta de Josefo de sus entrañas. Para sacar a ese hombre. Y tanto lloró que su mamá en verdad pensó que lo hacía por él, por su esposo, pero no era ese el motivo, era la rabia, el coraje que se habían transformado en lágrimas y ahora tenían que escapar de ella. Cuando echaron la primera paletada de tierra sobre Josefo ella suspiró aliviada. Vete a la mierda. Vete a la mierda. Era lo que decían sus pensamientos. Y su mamá le tocó el hombro, le dijo despídete por última vez de tan buen hombre, hija. Vete a la mierda. Vete a la mierda. Así se despidió Mayela no sólo de Josefo sino de su mamá, de su vida; se largó de casa, trabajos aquí, trabajos allá, hasta que se convenció que era lo único que sabía hacer: dejar que se la cogieran, permitirle a cualquier hombre que le rasguñara las entrañas, multiplicar en cada rostro a Josefo, cientos de ellos, camioneros, cargadores, cientos de rostros con distintas características eran el mismo de Josefo.

 

Prosti_3The Vagina on Trial (www.feministezine.com)

El menor de los Berterguer ordena otras dos cervezas. Vas a beber hasta que yo diga, ¿lo entiendes? Apareció el rostro de Josefo en el de Berterguer. “¿Cuánto me iba a pagar por dejarme meter otra verga? ¿A qué hora se iba a decidir a solicitarlo? Alguien le ha de ver ido con el cuento que la única que putea aquí soy yo, las demás cabronas pero sólo puro bailecito; prefieren emborrachar a los pocos clientes, sacarles el dinero, luego pagar a alguien para que los golpee a la salida en caso de que lleguen solos”.

—¿Cuánto te piden por salir?

Al fin preguntó el menor de los Berterguer. “Es gratis, gratis”, pensó en contestar Mayela. “Tú eres Josefo, él me obligó, él me chingó 14 años y mi mamá murió creyendo que era el mejor de los hombres”.

—Vamos a bailar esta canción y te digo…