William Faulkner: el poeta del whisky de maíz

Sherwood Anderson recuerda que cuando conoció a Faulkner en Nueva Orleans, en 1925, éste le preguntó si podía dejar algunas cosas en la casa de Anderson. Sus “cosas” consistían en unos seis u ocho frascos de galón y medio de licor de luna que había traído consigo y que guardaba en los bolsillos de su enorme abrigo

POR Robert Moor

 Sherwood Anderson recuerda que cuando conoció a Faulkner en Nueva Orleans, en 1925, éste le preguntó si podía dejar algunas cosas en la casa de Anderson. Sus “cosas” consistían en unos seis u ocho frascos de galón y medio de licor de luna que había traído consigo y que guardaba en los bolsillos de su enorme abrigo

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Cuando comencé a trabajar en la Kings Distillery County, en el verano de 2010, estaba encantado de haber encontrado un trabajo que me proporcionaba el tiempo suficiente para leer. Elaborar whisky tiene su propio ritmo peculiar. Cada lote empieza en forma de ráfaga, provocando que uno haga malabares como un cocinero de línea, pero termina en silencio, con poco que hacer salvo ver el goteo lánguido de los alambiques.

Esto fue en los días de patas tambaleantes de la infancia de la empresa, antes de que nos mudáramos al gran viejo edificio de ladrillo en los astilleros de la Navy en Brooklyn. En aquel entonces rentamos un espacio de estudio en la calle Meadow con piso de madera y alambiques de acero de cinco galones que tenían que ser vaciados y atizados a mano. (Esto, como nuestros antiguos vecinos de abajo pudieron dar fe, probó ser una desafortunada combinación de circunstancias.) Durante ese primer verano trabajamos individualmente, en turnos de nueve horas, así que había un montón de tiempo a solas. Por lo que, a menos que quisieras perder la maldita cabeza en esa pequeña habitación, uno leía.

Tal vez fue el medio ambiente, pero pronto me di cuenta de cómo la copa favorita de un autor puede perfumar las páginas de una novela. El lenguaje de Fitzgerald está impregnado del gin rickey; Kerouac huele a tequila; Chandler a ginebra y lima (gimlet); Hemingway a mojitos y vino tinto; Poe a coñac; Wilde fumaba con absenta; mientras que Burroughs de alguna manera se las arregló para aislar las extrañas frecuencias químicas en un vodka y coca cola. Anne Sexton bebía vodka derecho, mientras que Sylvia Plath escribió acerca del vodka, aunque bebía, sobre todo, vino. Carson McCullers era un sangre fría, por lo que bebía jerez mezclado con té caliente por la mañana y bourbon directo por la noche. El bourbon también fue el veneno de Sherwood Anderson, Dylan Thomas, Walker Percy y Ring Lardner. Steinbeck prefería el coñac, pero cuando no lo pudo conseguir durante la Ley Seca, una vez apareció en un partido de futbol americano entre Stanford y Berkeley, vistiendo un abrigo forrado con copas de alcohol de grano robadas de un laboratorio de química en el que trabajaba.

Y luego está Faulkner, el poeta laureado del whisky de maíz. Leí Luz de agosto en el transcurso de unos siete cambios de turno aquel primer verano. Una parte importante del libro se refiere a las hazañas de un par de contrabandistas, un tema con el que Faulkner estaba familiarizado por haber distribuido grandes cantidades de whisky ilegal en Nueva Orleans durante la Prohibición. Hay pasajes encantadores al describir el acto de beber whisky, que cae “frío como melaza” antes de comenzar su lento y cálido efecto.

 

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Sherwood Anderson recuerda que cuando conoció a Faulkner en Nueva Orleans, en 1925, éste se presentó luciendo un abrigo que se le “abombaba de forma tan extraña, que a primera vista, pensé que de alguna manera estaba extrañamente deformado”. Faulkner dijo a Anderson que tenía la intención de permanecer por algún tiempo en la ciudad, y le preguntó si podía dejar algunas cosas en la casa de Anderson. Sus “cosas” consistían en unos seis u ocho frascos de galón y medio de licor de luna que había traído consigo y que guardaba en los bolsillos de su enorme abrigo”. Para el desayuno, Faulkner comía buñuelos con una copa de licor de maíz, y como él escribió, mantenía una jarra o tres debajo de su escritorio. Hemingway dijo una vez que en Faulkner él pudo detectar el “borracho coraje del whisky de maíz”. (Lo refirió como un insulto, pero Faulkner probablemente no lo habría tomado como tal).

Kay Boyle escribió en The New Republic en 1938 que había dos Faulkner, “el que se quedó en el sur y el que fue a la guerra en Francia y se mezcló con extranjeros y aviadores”. El primero era elegante, un poco jugador, y “auténtico casi ridículamente”, mientras que el segundo, inspirado en el modernismo de Joyce, Eliot y Stein, era denso, alusivo, un Guernica contorsionado y un Guernica sombrío, pero siempre (Boyle observó de forma aguda) “un poco impresionable, un poco inseguro, un provinciano consciente de las posibilidades que está tomando”.

Me gusta pensar en estos dos Faulkner consagrados en sus dos cocteles favoritos: el ponche y el julepe de menta. El julepe es Altamente Faulkner. Tomado del denso y exuberante lenguaje de su obras más aclamadas –Mientras agonizo, El ruido y la furia y Absalón, Absalón!— es precisamente como enterrar la nariz en una maraña de menta fresca y beber un whisky fuerte. Pero el otro Faulkner, quien se quedó en el sur, ejemplificado por la trilogía Snopes, Santuario y Luz de agosto, es más como un toddy frío: ligero, cítrico, superficialmente gracioso, pero engañosamente complejo.

 

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La bebida favorita de Faulkner a menudo aparece como el julepe, lo cual es probablemente correcto: su casa en Oxford sigue mostrando su querida taza metálica de julepe. Pero su viejo acompañante era el ponche, que él describe “elaborado… con cuidadoso ritual”. Se sirve frío o caliente. La sobrina de Faulkner, Dean Faulkner Wells, recuerda con claridad a su tío haciendo ponches calientes y sirviéndoselos a sus hijos enfermos en una bandeja de plata. Pero, a diferencia de hoy, el ponche frío parece haber sido más popular en la época de Faulkner.

La clave para un buen ponche, de acuerdo con Faulkner, es que el azúcar se disuelva en una pequeña cantidad de agua antes de añadir el whisky; de lo contrario “se forma un pequeño remolino que deja intacta la arena en la parte inferior de la copa”. (Uno de los cuentos de Faulkner, “An Error in Chemistry”, gira en torno a este punto: un asesino del norte, haciéndose pasar por un caballero del sur, mezcló por error el azúcar con el “whisky en bruto”, los habitantes del sur reconocen el paso en falso y se abalanzaron inmediatamente sobre él). Una vez que el azúcar se disuelve, se vierte el whisky. Después, al gusto, con el resto del agua, de preferencia “agua de lluvia de una cisterna”, añada el limón y sirva en un vaso pesado de vidrio.

 

Tomado de: The Paris Review. Octubre 23, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.