La oveja perdida

Nunca había pensando en la posibilidad de que el Dios de la Iglesia fuera una falacia. Me invadió un horror que llegaba al paroxismo; había sido engañado, mi vida fue la cuna de la necedad y la estupidez

POR chematatto

 Nunca había pensando en la posibilidad de que el Dios de la Iglesia fuera una falacia. Me invadió un horror que llegaba al paroxismo; había sido engañado, mi vida fue la cuna de la necedad y la estupidez

Caronte_1Personajes de la mitología. Caronte, el barquero del infierno (tejiendoelmundo.wordpress.com)

Di el último suspiro; comenzó mi otro viaje. Mi espíritu se elevaba mientras veía al débil cuerpo reposar en la cama de la Iglesia, piel seca y arrugada, mis manos ásperas palpaban una cara que no reconocía al mirarme al espejo.

Desde las alturas contemplaba el mundo, recordaba el dolor de mi vida terrenal y pensaba en que todo había valido la pena, ya que en muy poco tiempo estaría en el paraíso, disfrutando los placeres infinitos, sentado a la derecha de mis muertos.

Había entregado mi vida a Dios, con fervor prediqué su palabra en los pueblos más miserables y soporté las limitaciones de haber escogido esta vida, sin familia, sin amor, con la vaga compañía del altísimo.

Me elevé más y más hasta llegar al cosmos; poseído por él, me sentí anonadado por las estrellas que desfilaban a mí alrededor; flotaba sobre toda su extensión admirando su belleza; pensé en los maravillosos misterios que esconde su inmensidad.

Me sentía seducido por una estrella en particular, un auténtico supernova que irradiaba el universo con su luz; tarde me di cuenta que flotaba inconscientemente hacia ella, estaba ya muy cerca cuando fui cegado por su esplendor para después caer desvanecido.

Desperté en tierra de nadie. Extrañas flores de colores extintos me rodeaban; al ponerme de pie caminé hacia lo único que pude distinguir en mi aturdimiento: un glorioso árbol que proyectaba en su sombra una forma parecida a la cruz.

Camine hasta llegar a él.

Almas con rasgadas vestiduras pululaban sobre el árbol como aves de presa, manzanas putrefactas regadas por toda su raíz.

“Estoy buscando el reino de Dios”, le dije.

“Dios pasó por aquí hace mucho tiempo pero no dejó dicho nada”, me respondió el árbol.

“¿Quiénes son ellos?”

“¿Ellos? Como tú venían buscando el ‘reino de Dios’, almas necias que se han quedado esperándolo desde el principio de los tiempos, las causas perdidas. El camino está por allá. Busca al barquero.”

Mientras caminaba por los pastos rojos, gotas de agua se elevaban desde la tierra hasta perderse en la negrura del cielo, en la lejanía se podían observar arroyos completos que emergían del vasto suelo. La lluvia trastornada. Veía cada gota izar su bandera hasta alcanzar la eternidad.

Un párvulo de raza negra me esperaba a la orilla del lago. El agua se teñía de un color verdoso.

“¿Eres tú el barquero?”

“Solo un esclavo. Soy lo que me he ganado, mi estirpe se ha engañado”.

“Tu estirpe ha sido azotada por el hombre, ha padecido los peores tormentos. ¿Cómo puede  tener veracidad lo que hablas?”

“La veracidad yace al otro lado del espejo, en los otros mundos. En mi mundo somos déspotas que con rimbombante desdén sometemos la realidad, la fuerza reina a la inteligencia. Respondemos siempre con crueldad, bañados en gloriosa supremacía retenemos al mundo dentro de un puño. Este es nuestro castigo, mi castigo, remar estas aguas por siempre”

“Estoy a la caza de mi deidad, lo busqué en las estrellas y en ese árbol. No hay rastro de él”.

Me miró con extrañeza.

“Has sido el ciego pastor de un rebaño ofuscado, buscas la verdad rodeado de penumbra. Para encontrarlo debes ser lo que nunca fuiste: un hombre. Desciende de tu prominente ignorancia, respira a la flor como tu hermana. No hay Dios”.

 

Caronte_2El Juicio Final. La Barca de Caronte/ Miguel Ángel Buonarroti (www.historiadelartemgm.com.ar)

Habíamos llegado a la otra orilla. Señaló una cueva que se imponía al paisaje desde las alturas.

Un cíclope me esperaba al pie de la entrada. Su nombre era Brontes.

“Te he estado esperando, sacerdote. He esculpido tu verdad dentro de la cueva, entra y sabrás lo que has rechazado para vivir la vida de las mil bondades”.

“¿Mil bondades? Mil veces pastor”, le contesté.

“En todo caso has pastoreado a los más temibles lobos, tú y tu Iglesia han atizado sus feroces instintos de muerte. En el teatro del Dios verdadero no eres más que un bufón que en su condición de abnegado ha renunciado a la vida. Tu ascetismo lo enferma. La doble moral es el opio del clérigo. Has crucificado la verdad, has sido mancillado por tu propia mano”, dijo, y rió como hiena.

Nunca había pensando en la posibilidad de que el Dios de la Iglesia fuera una falacia. Me invadió un horror que llegaba al paroxismo; había sido engañado, mi vida fue la cuna de la necedad y la estupidez. La imagen de un Cristo rojo y sangrante me impactó al cerrar los ojos.

“Tres veces has preguntado por Dios, tres veces se te ha negado. ¿No recuerdas esta historia?”

“Sí, la recuerdo”, contesté; febril por el miedo, frotaba mis manos.

“Pedro tuvo razón ese día. La verdad es que sólo existe una verdad, y habita en esa caverna. Ve a gemir por los hombres.”

Sus finas palabras se derretían sobre la palma de mi mano.

Entré a la caverna en estado catatónico, no había nada para mí. Caí de bruces. Mariposas revoloteaban sobre toda su rocosa superficie, monarcas del olvido. Me revolvía en el suelo llorando, envuelto en posición fetal sentía las tibias lágrimas recorrer mi rostro. La caverna empezó a empequeñecerse poco a poco hasta que no hubo salida; ellas atendieron sobre mí la última ráfaga de luz, dijeron adiós. Sentía como sus paredes empezaban a moldearse a mi cuerpo, fundiéndose con la carne hasta que no hubo nada entre ellas y yo: éramos uno.

Perdí la noción del tiempo. Percibí una entrañable fusión con lo que me rodeaba, un remolino de calor revolucionó mi cuerpo, caía en un sueño profundo, recorría todos los momentos de mi vida y los olvidaba al mismo tiempo. Mi mente quedó en blanco de nuevo.

Tuve la sensación de ser parte de alguien.

¿Cómo he llegado aquí?

¿Qué está sucediendo?

¿Quién soy?

La nada.

Una extraña luz me cegó y alguien me cogió en brazos.

“Felicidades, es una preciosa niña”, escuché decir a una voz.