Michelangelo: la primera celebridad artística de la historia

Pocos seres humanos, excepto los fundadores de las religiones, se han estudiado y discutido con mayor intensidad. La vida, el trabajo y la fama de Michelangelo transformaron para siempre nuestra idea de lo que puede ser un artista

POR Martin Gayford

 Pocos seres humanos, excepto los fundadores de las religiones, se han estudiado y discutido con mayor intensidad. La vida, el trabajo y la fama de Michelangelo transformaron para siempre nuestra idea de lo que puede ser un artista

Michelangelo_1Michelangelo Buonarroti Bio (blog.paperblanks.com)

El 14 de febrero de 1564, un florentino que vivía en Roma llamado Tiberio Calcagni escuchó rumores de que Michelangelo Buonarroti estaba gravemente enfermo. De inmediato se dirigió a la casa del gran hombre en la calle Macel de ‘Corvi, cerca de la Columna de Trajano y la iglesia Santa Maria di Loreto. Cuando llegó se encontró con que el artista vagaba debajo de la lluvia. Calcagni lo reconvino. “¿Qué quieres que haga?”, respondió Michelangelo. “Estoy enfermo y no encuentro descanso en ningún lugar”.

De alguna manera Calcagni lo persuadió para que entrara a la casa, pero se alarmó por lo que vio. Más tarde ese mismo día le escribió a Lionardo Buonarroti, sobrino de Michelangelo, en Florencia. “La incertidumbre de su discurso junto con su aspecto y el color de su cara me hacen preocupar por su vida. El fin quizá no llegue ahora mismo, pero me temo que no puede estar muy lejos”. Un húmedo lunes, Michelangelo estaba a tres cortas semanas de su cumpleaños 89, una edad muy avanzada para cualquier época, pero sobre todo para mediados del siglo XVI.

Poco después, Michelangelo envió por otros amigos. Pidió a uno de ellos, un artista conocido como Daniele da Volterra, que escribiera una carta a Lionardo. Sin enfatizar que Michelangelo agonizaba, Daniele sugirió a Lionardo que sería conveniente que fuera a Roma tan pronto como pudiera. La carta fue firmada por Daniele y también por el propio Michelangelo, con una extraña firma anudada, débil. Fue lo último que el gran artista escribió.

A pesar de su evidente enfermedad, la enorme energía de Michelangelo aún no se le escapaba del todo. Estaba consciente y en posesión de sus facultades, aunque atormentado por la falta de sueño. Por la tarde, una o dos horas antes de la puesta del sol, trató de salir a montar caballo, como era su costumbre cuando el tiempo era bueno –Michelangelo amaba los caballos—,  pero sus piernas eran débiles, estaba mareado y el día era frío. Permaneció en una silla cerca del fuego. Todo esto fue reportado a Lionardo Buonarroti en otra carta enviada ese mismo día. Esa misiva fue escrita en la noche por Diomede Leoni, un amigo de Siena, quien también aconsejó a Lionardo venir a Roma, pero le advirtió no tomar riesgos y evitar galopar a toda velocidad en las carreteras en mal estado en esa época del año.

Después de un día más en la silla, Michelangelo fue obligado a guardar cama. En su casa aguardaban miembros de su círculo íntimo: Diomede Leoni, Daniele da Volterra, su siervo Antonio del Francese, y un noble romano, Tommaso de ‘Cavalieri, unas cuatro décadas más joven que él, que había sido tal vez el amor de la vida de Michelangelo. El artista no escribió algún testamento formal, pero declaró de forma concisa sus últimas voluntades: “Dejo mi alma en las manos de Dios, mi cuerpo a la tierra y mis bienes a mis parientes más cercanos, que disfrutarán en sus horas de meditación sobre los sufrimientos de Jesús”. Durante un tiempo él mismo siguió esas recomendaciones, escuchando a sus amigos mientras leían los Evangelios, pasajes relativos a la Pasión de Cristo. Michelangelo murió el 18 de febrero a las 16:45, aproximadamente.

Así terminó la existencia mortal del artista más famoso que jamás haya vivido. Pocos seres humanos, excepto los fundadores de las religiones, se han estudiado y discutido con mayor intensidad. La vida, el trabajo y la fama de Michelangelo transformaron para siempre nuestra idea de lo que puede ser un artista.

 

Michelangelo_2Ignudo (detalle) by Michelangelo Buonarroti (artlover.me)

En 1506, cuando tenía sólo 31 años, el gobierno de Florencia describió a Michelangelo en una comunicación diplomática con el Papa como “un joven excelente y en su profesión sin igual en Italia, tal vez en el mundo entero”. En ese momento, él tenía casi seis décadas de su carrera todavía por venir.

Había una cualidad épica en la vida de Michelangelo. Como un héroe de la mitología clásica, fue objeto de ensayos y trabajos constantes. Muchas de sus obras fueron enormes e involucraron dificultades técnicas formidables: los enormes frescos de la Capilla Sixtina y el Juicio Final, el gigante de mármol David. Proyectos de mayor envergadura de Michelangelo –la tumba de Julius II, la fachada y la nueva sacristía de San Lorenzo , la gran basílica romana de San Pedro— fueron tan ambiciosos en su escala que el artista no pudo completar ninguna de ellas como se lo había propuesto en un principio. Sin embargo, hasta sus edificios y esculturas inacabadas fueron venerados como obras maestras y ejercieron una enorme influencia en otros artistas.

Michelangelo continuó trabajando, década tras década, cerca del centro dinámico de los hechos: la vorágine en la que la historia de Europa estaba cambiando. Cuando nació, en 1475, Leonardo da Vinci y Botticelli comenzaban sus carreras artísticas. La península italiana era un mosaico de pequeños estados independientes, ducados, repúblicas y ciudades autónomas. En el momento de su muerte, la Reforma y la Contrarreforma habían ocurrido. El mapa político y espiritual de Europa se había alterado por completo; Francia y España habían invadido Italia, convirtiéndola en una zona traumatizada de guerra. La unidad de la cristiandad estaba destrozada: los protestantes se habían separado de la autoridad del Papa en Roma. El catolicismo fue resurgiendo en una forma más bien ortodoxa y militante. Un siglo de luchas religiosas comenzaba.

Aún era adolescente cuando Michelangelo se convirtió en un miembro más de la familia de Lorenzo de Médici, el Magnífico, una de las figuras prominentes en la idea que tenemos del Renacimiento. Trabajó de algún modo con al menos de ocho papas. Había crecido con dos papas Médici: León X (que reinó desde 1513 hasta 1521) y Clemente VII (reinó de 1523 a 1534), en la corte de Lorenzo el Magnífico. El primero de ellos se refirió a Michelangelo “casi con lágrimas en los ojos” (aunque lo consideraba un desafío difícil de tratar). Con Clemente VII, Michelangelo estuvo aún más cerca. De acuerdo con la biografía de Ascanio Condivi, Clemente VII consideraba al artista “algo sagrado y conversaba con él, tanto de temas graves como de ligeros, con tanta intimidad como lo habría hecho con un igual”. Clemente murió en 1534, pero Michelangelo todavía tenía 30 años de vida y cuatro más papas para servir.

La enorme iglesia de San Pedro se levantó, muy lentamente, bajo la dirección de Clemente VII. Roma y el cristianismo se transformaron a su alrededor. La orden de los jesuitas y la Inquisición romana fueron fundadas y Europa se congeló en una división religiosa entre católicos y protestantes tan feroz y letal como cualquiera de las luchas ideológicas del siglo XX. Michelangelo estuvo allí, reconocido como el artista supremo en el mundo. No sólo de su tiempo sino de todos los tiempos.

 

Michelangelo_3Batalla de Cascina (es.wahooart.com)

Al día siguiente de que Michelangelo murió se realizó un inventario de sus bienes. Se enumeró el contenido de una casa que estaba escasamente amueblada aunque rica en otras formas. En la habitación donde dormía había una cama de armadura de hierro con un colchón de paja recubierto de lana y un par de cobijas también de lana, una de piel de cabrito y un toldo de lino. La ropa en su armario sugería un toque de lujo, incluyendo una selección de capas negras de seda y dos capas forradas con piel de zorro. Además, el artista era dueño de una gran variedad de sábanas, toallas y ropa interior, incluyendo 19 camisas usadas y cinco nuevas.

Aparte de lo anterior, la casa parecía desnuda. No había nada en el comedor, excepto algunos barriles de vino y botellas vacías. La bodega contenía unas jarras de agua y media botella de vinagre. Dos grandes estatuas sin terminar –una de “San Pedro”, tal vez, de hecho, una efigie de Julio II, y otra descrita como “Cristo con otra figura arriba, juntas”— permanecían en un taller detrás de la casa. También había una pequeña estatuilla incompleta de Cristo cargando la cruz.

Algunos dibujos fueron encontrados en el dormitorio de Michelangelo, aunque un número muy pequeño en relación con la cantidad que había hecho en los años recientes. La mayoría de ellos relacionados con sus proyectos vigentes de construcción, en particular la Basílica de San Pedro. De los miles de dibujos de personas que había hecho, algunos habían sido regalados, otros permanecieron en Florencia, donde él no había puesto los pies desde hacía casi 30 años, pero un número enorme había sido deliberadamente destruido por Michelangelo en la hoguera.

También en la habitación había un cofre de madera de nogal. Éste fue abierto en presencia de los notarios que realizaban el inventario. Resultó que contenía, secretada en bolsas pequeñas, jarras de mayólica y cobre, unos 8 mil 289 ducados de oro y escudos, además de monedas de plata.

Michelangelo había escrito: “Pese a lo rico que pude ser, siempre he vivido como un hombre pobre”. Obviamente, no bromeaba. El inventario da la impresión de un estilo de vida decididamente espartano. Sin embargo, lo almacenado en su dormitorio era una suma sólo un poco menor a la cantidad que Eleonora di Toledo, esposa de Cosimo de Médici, duque de Toscana, había pagado 15 años antes por una de las viviendas más grandes de Florencia: el Palazzo Pitti.

El oro en la caja fuerte de Michelangelo era considerablemente menor a la mitad de sus activos totales, de la cual la mayor parte fue invertida en la propiedad. No sólo fue el pintor o escultor más famoso en la historia, probablemente fue más rico de lo que cualquier artista que haya sido nunca. Esto era sólo una de las muchas contradicciones de la naturaleza de Michelangelo: un hombre rico que vivía frugalmente, un tacaño que podía ser extraordinaria, vergonzosamente generoso; un individuo enigmático que pasó tres cuartos de siglo cerca del corazón del poder.

 

Michelangelo_4Michelangelo, The Man and the Myth (arthistory.about.com)

Para el momento de la muerte de Michelangelo, el elogio hacia él, “Divino”, era tomado casi literalmente. Algunos, al menos, lo consideraban como una nueva variedad de santo. La fuerza de la veneración que sentían por él era similar a aquella con la que se celebraba a los mártires. Como resultado, Michelangelo tuvo funerales y entierros en dos lugares diferentes.

El primero fue en Roma, en la iglesia de los Santos Apóstoles, no lejos de su casa en Macel de ‘Corvi, donde el artista e historiador pionero de arte Giorgio Vasari describió: “Fue acompañado en su camino a la tumba por una gran concurrencia de artistas, amigos y florentinos”. Ahí, Michelangelo fue enterrado “en presencia de toda Roma”. El papa Pío IV expresó la intención de erigir un monumento a él en la propia obra maestra de Miguel Ángel, la Basílica de San Pedro (en ese momento aún una obra en construcción).

Ese estado de cosas era intolerable para el duque Cosimo de ‘Médici, quien por muchos años intentó sin éxito que el hombre viejo volviera a su ciudad natal. Resolvió que Roma no debía retener el cadáver del artista. El cuerpo del gran hombre fue sacado de contrabando de la ciudad por algunos comerciantes, “oculto en un fardo de modo que no debía haber ningún tumulto que frustrara el plan del duque”. Se hicieron arreglos para un elaborado funeral de Estado. Cuando el cadáver llegó a Florencia, el sábado 11 de marzo, fue trasladado a una cripta detrás del altar en la iglesia de San Pier Maggiore. Allí, al día siguiente, los artistas de la ciudad se reunieron en la noche alrededor del féretro, cubierto por un manto de terciopelo ricamente bordado en oro. Los de más alto rango portaban una antorcha, que habría creado una escena de la magnificencia sombría, las llamas parpadeantes iluminaban el ataúd envuelto en negro.

Posteriormente, Michelangelo fue llevado en procesión a la enorme basílica gótica de Santa Croce, en el corazón del barrio al que su familia siempre había pertenecido. Cuando se corrió la voz de quién era el cuerpo que era trasladado por las oscuras calles, una multitud comenzó a reunirse. Pronto la procesión fue rodeada por los ciudadanos florentinos: “Con gran dificultad el cadáver fue llevado a la sacristía, donde fue liberado de su envoltura y enterrado”. Después de que los frailes oficiaron la misa de difuntos, el escritor y cortesano Vincenzo Borghini, en representación del duque, ordenó que el ataúd se abriera, en parte –de acuerdo con Vasari, que estaba allí— para satisfacer su propia curiosidad y en parte para complacer a la multitud de personas presentes. Entonces, al parecer algo extraordinario fue descubierto.

Borghini “y todos los que estaban presentes esperaban encontrar que el cuerpo ya descompuesto y minado”. Después de todo, Michelangelo había muerto, en ese punto, al menos hacía un mes. Sin embargo, Vasari explicó: “Por el contrario, encontramos que [su cuerpo] seguía perfecto en cada parte y tan libre de cualquier olor mal que nos vimos tentados a creer que simplemente estaba sumido en un sueño dulce y tranquilo. No sólo sus características estaban exactamente igual que cuando estaba vivo (aunque tocadas con la palidez de la muerte), sino que sus miembros estaban limpios e intactos, y la cara y las mejillas se sentían como si hubiera muerto sólo unas horas antes”.

Por supuesto, un cadáver incorrupto era uno de los signos tradicionales de la santidad.

 

Tomado de: New Statesman. Noviembre 28, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.