Adelaide, donde las cosas suceden

“La ciudad de las iglesias”, al sur de Australia, tiene una atmósfera, por decir lo menos, inquietante. Posiblemente, en la conformación de esa atmósfera tiene que ver que, pese a su belleza, buena calidad de vida de sus habitantes y escasa población, es una de las capitales mundiales de los homicidios serial y masivo

POR José Luis Durán King

 “La ciudad de las iglesias”, al sur de Australia, tiene una atmósfera, por decir lo menos, inquietante. Posiblemente, en la conformación de esa atmósfera tiene que ver que, pese a su belleza, buena calidad de vida de sus habitantes y escasa población, es una de las capitales mundiales de los homicidios serial y masivo

AdelaideEl asesino convicto James William Miller señala a la policía el lugar donde yacía enterrada una de las víctimas en Truro en 1979 (The Advertiser)

En los años 80 del siglo pasado, el escritor Salman Rushdie, de visita en Adelaide, la capital del sur de Australia, señaló que aquel lugar era “el sitio ideal para una novela o un filme de horror de Stephen King”, y añadió: “Los pueblos de quieto conservadurismo son donde las cosas suceden”.

La apreciación del autor indobritánico no estaba fuera de lugar. Adelaide, conocida también como “La ciudad de las iglesias”, con una población de casi 2 millones habitantes y que alberga anualmente el mundialmente famoso Festival de las Artes, tiene una atmósfera, por decir lo menos, inquietante. Posiblemente, en la conformación de esa atmósfera tiene que ver que, pese a su belleza, buena calidad de vida de sus habitantes y escasa población, es una de las capitales mundiales de los homicidios serial y masivo.

En 1966, por ejemplo, cuando en el mundo hablaba de la Guerra de Vietnam, el movimiento hippie y la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, en Adelaide se aplicaba el término “asesinato serial”, pese a que éste carecía de reconocimiento internacional. En ese año, los hermanos Jane, Ana y Grant Beaumont, de nueve, siete y cuatro años, salieron a jugar y nunca más fueron vistos vivos.

En septiembre de 1971, un hombre llamado Clifford Cecil Bartholomew hizo una matanza masiva al interior de su hogar. Asesinó a balazos a diez de sus familiares, incluyendo a su esposa y a un bebé. Bartholomew fue sentenciado a prisión de por vida, aunque fue liberado ocho años después de cometer su masacre.

En agosto de 1973, la desaparición de Joanne Ratcliffe, de 11 años, y Kirsty Gordon, de cuatro, recordó a la comunidad de Adelaide el caso de los hermanos Beaumont. Tampoco Joanne y Kirsty fueron encontradas.

En 1978, el hallazgo del cadáver de una mujer, enterrado a flor de tierra, marcó el comienzo de la saga Los Asesinatos de Truro, los cuales incluyeron a media docena de víctimas femeninas entre diciembre de 1976 y febrero de 1977.

En 1979 fue detenido el homosexual James William Miller, quien condujo a la policía a los lugares en los que él y su amante, Christopher Robin Worrell, habían enterrado a sus presas. Worrell murió en 1977 en un accidente automovilístico, por lo que Miller tuvo que enfrentar solo los cargos y la sentencia de prisión de por vida que se le aplicó.

Un año después, Alan Barnes, de 17 años, desapareció cerca de un lugar de recreo en el norte de Adelaide. Una semana después el cuerpo del joven fue hallado. La pérdida de sangre por lesiones anales fue el motivo de su muerte. Dos meses más adelante, las autoridades rescataron en la orilla de un río varias bolsas de basura con “retazos” del cuerpo de Neil Muir, de 25 años. En 1981, las autoridades de Adelaide recobraron otro cadáver, éste de Mark Langley, de 18 años. Su cuerpo presentaba en el abdomen una herida tipo quirúrgica, por la que le extrajeron parte de los intestinos.

Cuatro meses más adelante, en la zona en la que atacaban los asesinos de Truro, las autoridades recobraron el cadáver de Peter Stogneff. El esqueleto mostraba que el cuerpo del joven fue serruchado, aunque fue imposible determinar si la mutilación ocurrió mientras la víctima estaba viva.

Para cerrar este recuento, en 1982 el hijo de un popular comentarista de televisión fue secuestrado cuando llegaba a su casa. El cuerpo de Richard Kelvin, de 15 años, fue encontrado casi dos meses después. Su muerte ocurrió por pérdida de sangre a través de heridas anales. Kelvin vivió un calvario de cinco semanas, lapso en que su o sus captores lo mantuvieron drogado, quizá para que resistiera hasta el límite las mutilaciones que sufrió.