El hombre y el Pegaso

El Pegaso buscaba entender al hombre, abrir las puertas de la bondad para cobijarlo y consolarlo, lo había estado observando desde la época de la gran guerra, el reino de la destrucción asolaba al mundo con sus feroces huestes sedientas de sangre y su corazón se sobrecogía de dolor

POR chematatto

 El Pegaso buscaba entender al hombre, abrir las puertas de la bondad para cobijarlo y consolarlo, lo había estado observando desde la época de la gran guerra, el reino de la destrucción asolaba al mundo con sus feroces huestes sedientas de sangre y su corazón se sobrecogía de dolor

PegasoWallpapers Unicorns Vs Pegasus Unicornlady Net Gallery Images, por David Jean (www.wallsave.com)

En el abismo del tiempo vivían el hombre y el Pegaso. Corría el agua por los ríos que lloraban por la ausencia de peces, el viento amansaba el cielo que recordaba con nostalgia las aves volar por el firmamento, la tierra solitaria rugía de dolor ante la crueldad del hombre.

Su tiranía había destruido el mundo. El alma había quedado relegada en los siglos de los siglos, olvidada en la eternidad. Todavía se puede escuchar el eco de sus pasos en la quietud del tiempo, guiado por la razón que debiera elevarlo y fue condenado por ella.

Ahora paseaba solo en los pastizales, desentendido del mundo sufría en agonía, ya no había paz en su interior sino caos y penas. El Pegaso buscaba entender al hombre, abrir las puertas de la bondad para cobijarlo y consolarlo, lo había estado observando desde la época de la gran guerra, el reino de la destrucción asolaba al mundo con sus feroces huestes sedientas de sangre y su corazón se sobrecogía de dolor. Pobres de los ángeles que con horror veían el espectáculo desde las alturas. La protección que recibía de él se había transformado en esclavitud, encadenado al potro del odio del hombre vivía este ser alado que se sentía enfermo al no poder surcar el vasto cielo multicolor. Relinchaba de tristeza al sentir el aire contra su pecho imponente, los ojos bien abiertos buscando un atisbo de esperanza en el horizonte, que en milenios enteros no había llegado. Vivir y morir en el mundo no significaba nada si no tenía libertad.

El mundo paciente esperaba la insurrección del hombre para el hombre.

Un buen día de una grieta en el suelo surgió una criatura luminosa, su cuerpo figuraba al del ser humano. Su aspecto divino, irradiaba cierta devoción por la tierra, una lealtad inmutable, había sido engendrada por ella y hablaba en su nombre. No portaba ninguna vestidura y sus ojos eran azules como el océano más puro.

El hombre quedo cimbrado ante la visión de tan insólito individuo. Sintió miedo ante esta imagen bizarra; es curioso que el hombre sea racional e irracional al mismo tiempo, naufragando las aguas de lo desconocido se vuelve histérico e irrisible.

“¿Que quieres aquí? ¡Monstruo! ¡Fuera de aquí!”

“La redención del mundo ya no está en las manchadas manos del ser sino en la benevolencia de la sangre del Pegaso”.

El hombre miró al Pegaso con furor. Fanfarroneaba colérico por ya no ser el redentor del mundo, había perdido su oportunidad el mismo día que levantó con violencia la primera piedra para herir a su prójimo.

“¡¿Qué clase de sin sentido es esto?!”

Fúrico, regresó a su cueva que se encontraba a unos pocos pasos de donde estaba la grieta.

Las cadenas habían caído, descansaban en el suelo mientras el Pegaso se preparaba para levantar su vuelo.

El hombre había salido ya de su cueva, daga en mano. En un acceso de ira y con un movimiento brutal, degolló al Pegaso que cayó al suelo inerte.

Un manantial de hermosos colores abigarrados emanaba de su cuello, permeaba la tierra nutriéndola con su fulgor; extendióse por todo el valle hasta fulminar las montañas y los ríos, el cielo y el mar. El mundo se pintaba solo, como óleo sobre tela. Rodaba la vida en la exquisita resurrección de lo que había sido destruido, lo que Dios creó en siete días ahora se inventaba a sí mismo. Por un instante no hubo horas ni minutos ni segundos sino paz.

La sangre había hablado.

El hombre cayó sobre sí mismo arrepentido, se arrastraba por la superficie en su pesar, sus ojos colmados de lágrimas.

La luminosa criatura retrocedió con una mirada férrea dirigida a los ojos del hombre, hasta llegar a la grieta y bajó de nuevo al Hades. El suelo se selló.

“Los abismos no están ahí para ser contemplados, sino para saltar hacia ellos”. Bramó una voz desde las profundidades.

Esa fue la tragedia del hombre con el hombre. (La historia es siempre repetitiva, el punto final es el principio del fin).