Alucine de una noche rarámuri

Yo sólo vine a decir que maté a un hombre. No hace falta otra entrada. Frases así de inicio te atrapan. Como sucede con las novelas chingonas. Pongan ustedes en el mismo ritmo al “vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”

POR Óscar Garduño Nájera

 Yo sólo vine a decir que maté a un hombre. No hace falta otra entrada. Frases así de inicio te atrapan. Como sucede con las novelas chingonas. Pongan ustedes en el mismo ritmo al “vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”

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Sin tercera llamada. Teatro La Capilla. Minutos antes de que den las ocho de la noche de un martes. De no ser por algunas cuantas luces encendidas (foquitos de taquería céntrica) y la gente que espera para entrar a la obra pensarías que se trata de la guarida de cazadores de ratas (no me pregunten por qué). Así de oscuro está. También descuidado. Llegar en bicicleta es una aventura, no por las calles tranquilas de Coyoacán, sino porque el espacio carece lugar para estacionarlas. Encuentre usted un árbol disponible. Encuentre usted un poste sin orines de perro. Entro hasta el patio trasero, se abre una puerta negra, casi muero del chingado susto y aparece una mujer vestida de negro.

—¿Puedo dejar amarrada por aquí la bicicleta?

Supongo que sí. Me responde y vuelve a cerrar la puerta. Supongo que también puedo salir de la obra y quedarme sin bicicleta. La mujer anda apresurada. Algo tiene que ver con la obra porque luego saluda a dos hombres de la fila y les dice: “A ver qué les parece, espero sus opiniones”. Mejor no suponer. Dejó a la Voltaire amarrada al tubo de lo que parece la estructura de un techado fijo. Luego le echo la bendición de San Cleta. Hablo con ella: sólo tardaré hora y media. Cuídate.

Regreso adonde se concentra la gente que espera a que inicie el acceso a la obra. Costumbre es formarse casi media hora antes de que inicie. Me formo. Con todo el caso de la bicicleta me pierdo de ser de los primeros en entrar. En la fila, quedo atrás de una pareja cuarentona. La mujer dice que ese teatro lo fundó Salvador Novo. El hombre insiste que no. Hace más de 30 años yo estacionaba mi coche en esa esquina. Es lo que le dice a la mujer. Pienso en el coche como en una máquina del tiempo. Luego regreso a la lectura en turno. Una malísima novela sobre la vida de Marguerite Duras publicada por Lumen. No se puede escribir una novela con un solo verbo: fumar. En fin. Espero y espero. A ratos leo. A ratos miro a la gente.

 

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Yo sólo vine a decir que maté a un hombre. No hace falta otra entrada. Frases así de inicio te atrapan. Como sucede con las novelas chingonas. Pongan ustedes en el mismo ritmo al “vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Tanto la una como la otra sacuden. Y lo hacen porque son capullos que al abrirse en cualquier primavera te lanzan cientos de interrogantes. Si lo va a encontrar ahí, en Comala, en el segundo caso. Quién es ese hombre que murió y cuáles fueron las circunstancias, en el primero.

Estamos frente a un asesino confeso. Es lo que da pie al suspense que tanto exige narrativamente Bashevis Singer. Sin ese suspense no valdrían tanto muchas de las obras teatrales de Chejov y otros más. Primeras frases que consiguen dejarte helado. Te aventuras y vas en busca de más.

Dos sillas de madera en un crudo escenario vacío. Dos actores destacables: Olivia Lagunas y Bernardo Velasco. “Destacables”. Abran ustedes cualquier revista de guías culturales. Es una palabra comodín para cuando el redactor no tiene nada más que decir porque le da mucha hueva y tiene que entregar antes de las dos de la tarde su texto. Se ha dicho y escrito tanto la mera palabreja que ha perdido todo significado. Destacables. Cuando la repites frente a quien te pregunta que te pareció la obra y los actores lo haces convencido de que se entregan arriba del escenario, se esfuerzan, dan algo más de sí, eso lo notan hasta los principiantes (o los que bostezan), y si bien en ocasiones se presentan detallitos, no es suficiente para vapulear lo mucho que se esmeran en presentarnos a distintos personajes con alternancia vocálica y tonal, gesticulaciones bien implementadas y expresión corporal atinada, que eso y no otra cosa es lo que más me gusta de los actores, al menos de los destacables.

Hay una historia que es la principal columna vertebral de la obra. Yo sólo vine a decir que maté a un hombre. Confesión. Somos en ese momento agentes del ministerio público. Una raíz de donde parten las demás historias. Atemporales. Un trazo escénico que no me pareció del todo limpio. Y una poco acertada escenofonía (no supe qué diablos era eso hasta que entré). Más para los que ocupan asiento en la parte de atrás. Justo frente a las bocinas. Ahí donde los lugares son meros tablones que terminan por destrozarte la espalda a media obra. Te pierdes mucho de los diálogos (sobre todo de los de Nicolasa) si no pones la atención suficiente. Llega un momento en que dices: no entiendo nada. Acústica del lugar. La deben valorar. Supongo que cuestión de volumen en la escenofonía y ya está. Tampoco me viene bien la saturación de canciones norteñas como recurso ya muy gastado. Y menos si van entremezcladas como si de un mercado de discos piratas se tratara. Desgasta. Fastidia. Porque el teatro se vale de la música como recurso. Pero hasta ahí. Sí concuerdo con los sonidos dispersos. Como el del caballo que hace Jacinto con una silla y que se aleja y lo alcanzas a imaginar en la distancia.

Por momentos Jacinto y Nicolasa resulta pesada y hay que decirlo. No puedes dejar el trabajo a dos actores destacables por muy bien que lo realicen; llega un momento en que comprendes que no sólo de historias bien contadas está hecho el teatro, que para eso existen los cuenta cuentos (y a mí me dan mucha flojera). Hay que decirlo: frente a frente, Jacinto (Bernardo Velasco) se opaca frente a Nicolasa (Olivia Lagunas). Hay partes donde entre los dos se rompe el ritmo. Eso es notorio. Él debe atender más a su volumen.

 

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Cuando miras el cartel de la obra piensas que se trata de algo costumbrista. Imaginen ustedes: el amor entre dos indígenas que se quiebra por culpa de un cacique. No sé. Y si ves el vestuario de los actores agregas a tu imaginaria historia cosmogonía indígena, humo de incienso, rezos a cualquier desconocido dios. No es así. La historia trata sobre la situación social y aspectos culturales de los rarámuris, entre otras cosas. Pero también te habla de una dolorosa injusticia. De venganzas. Sobre todo, te habla de sueños que dejan de serlo cuando se convierten en alucinaciones frente a una narcocultura que se empeña en acabar con la historia y la costumbre de los pueblos. Burocracia el mejor estilo kafkiano cuando a Jacinto lo tratan peor que a aquel Gregorio Samsa que un día amanece convertido en un bicho raro. Vuelva la semana siguiente. El mes que viene tal vez. Mejor nunca. De esos nunca se compone la desdicha y la infelicidad. Y el final de la obra lo es. Como el apellido de Nicolasa nos arroja otra clave: Nicolasa Gardea. Ustedes saben si la ven o no.

 

Jacinto y Nicolasa

Teatro La Capilla

Madrid 13, col. Coyoacán.

Todos los martes

20 hrs.

$150