Crónica negra desde Puente Grande

Estamos frente a la pared de un penal de máxima seguridad. Vas a la librería, pides Los malditos de Jesús Lemus, lo abres y de entrada tienes que hacer un acto de fe para dar por cierto todo lo que el autor te dice

POR Óscar Garduño Nájera

 Estamos frente a la pared de un penal de máxima seguridad. Vas a la librería, pides Los malditos de Jesús Lemus, lo abres y de entrada tienes que hacer un acto de fe para dar por cierto todo lo que el autor te dice

Puente_Grande_1Sistema penitenciario mexicano destruye socialmente: Lemus Barajas (www.tablet.noticiasnet.mx)

Aquí no despiertas. Tampoco te conviertes en un bicho raro una vez que te pones de pie y buscas yogurt de fresa en un refrigerador vacío. Ni siquiera te acorralan burócratas para sacarte a empujones de tu casa y llevarte a unas oscuras oficinas. A menos que tengas que cambiar tu credencial de elector. Esas cosas ocurren sólo en la literatura. Mera imaginación de autores. Pongámoslo sencillo: aquí llegan un 7 de mayo de 2008 por ti los federales, te acusan de quién sabe cuántos delitos (escriban ustedes los que quieran), te ponen en la madre y te ingresan en un penal de máxima seguridad como lo es el de Puente Grande (“Puerta Grande”, desde la fuga del Chapo). Fin de nuestra primera secuencia. Hay un antes y un después. Un nudo de traiciones entre el comandante encargado de pasarte una que otra nota. Y entre “el enano” que en ese entonces está de presidente de tu país. Confabulación. Es la que han emprendido contra ti por incomodar desde el medio periodístico. No es la primera vez que ocurre. Pero de que le pongan en la madre a otros colegas, incluso de que los amordacen, les disparen y los arrojen a fosas clandestinas, a que te pongan en la madre a ti, te desnuden, te echen regaderazos de agua helada y te castiguen colocándote de rodillas con los brazos en cruz hay la misma distancia de cualquier reclusorio a uno de máxima seguridad. Miedo, eso sí. Una vez dentro estás que te cagas de miedo. Incertidumbre. Muchas preguntas. ¿Cómo chingaos no te las vas a hacer si ni siquiera sabes por qué estás ahí? Los custodios te obligan a tejer con agujas tus labios; allá tú si olvidaste tus clases de tejido porque ellos te las van a recordar no sólo con golpes y vejaciones, sino con amenazas de muerte, gas lacrimógeno, y cuánta creatividad tengan para infringir dolor e intentar por todos los medios tu readaptación (aquí sí reímos un poquito) en una área conocida como COC (Centro de Observación y Clasificación), donde permaneces desnudo, jugueteando con tu mierda y tus orines y en ocasiones, aquellas donde la madrugada perfora tus pulmones, alcanzas a escuchar la danza macabra de las cucarachas que corren por el pasillo.

Es un gran banquete. Se puede decir que de gala. Porque una vez dentro conoces a la crema y nata de la delincuencia en México. “Las estrellas del canal de las estrellas de la delincuencia”, dice Noé Hernández, El Gato. Él grita por las noches. Se desquicia. Insulta. Entonces te encuentras con los demás invitados. Algo está a tu favor (o en tu contra, según se vea): eres periodista y sabes que ahí hay una oportunidad para denunciar las condiciones en que se encuentran los presos. Y escribes. A manera de Kerouac también lo haces en papel higiénico. Utilizas un pedazo de carboncillo que alguien te obsequia. Escribes lo que escuchas. Lo que te preguntan. Lo que respondes. Las torturas de las cuales eres testigo. Escribes. Y he aquí algunas trampas del libro.

 

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Alguien llega de Marte. Asegura que hizo el viaje en menos de dos horas. Te habla acerca de rojizas montañas que se extienden sobre un mar color verde agua. Mueves la cabeza y le dices sí, sí, te creo, mano, claro que sí. Quién sabe por qué pero el otro duda. ¿No me crees, verdad? En ese momento tienes dos opciones. Tomas el primer autobús a Marte, tardas un poco más de dos horas, bajas en la primera estación y compruebas con tus propios ojos que tu amigo no es un mentiroso, que sí estuvo en Marte. La otra opción: te ahorras el viaje y das por hecho lo que te dice tu amigo. No estás para viajes en ese momento y menos para uno tan agotador como lo es el de Marte. ¿Adónde quiero llegar? Estamos frente a la pared de un penal de máxima seguridad. Vas a la librería, pides Los malditos de Jesús Lemus, lo abres y de entrada tienes que hacer un acto de fe para dar por cierto todo lo que el autor te dice; revisas el índice. A mí me parece de lo más adecuado en cuanto a nuevas ideas en la industria editorial se refiere. Puedes leer el capítulo 5 “El santo de los Arellano”; digamos que te aburre a la mitad, pues te regresas al capítulo 2 “Los narcosátanicos”. ¿Escandaloso índice, verdad? El libro en sí lo es. Porque si ponemos las cosas en claro, ¿no te vas a ir a meter al penal de máxima seguridad para luego salir y declarar que es cierto, que las condiciones que se señalan son incluso peores, que los presos hablan así, con tanta cordura y casi como locutores de televisión, a lo Ángel Fernández? Claro que no.

Por lo mismo el libro sorprende a medias. Tiene escenas que son repetitivas. Un autor que se esfuerza demasiado en convencer a su lector de las condiciones en que se encuentra. Vaya, eso nos queda claro desde que sabemos que está desnudo en un penal de máxima seguridad.

Se nota la buena mano de los editores. No así en los diálogos, los cuales son tan inverosímiles como de película de Valentín Trujillo. A propósito de la antología de Ricardo Garibay que realizó Josefina Estrada para la editorial Cal y Arena, no está de más decir que se extraña el oído fino del maestro y no el recurso de hacer corrección de estilo ahí donde no se necesita, ahí donde la lengua más que ser prisionera necesita liberarse.

Hay de historias a historias en el libro. Pueden elegir la que más les guste. Carece de ecuanimidad puesto que sólo nos ofrece un punto de vista. Por muy objetivo que sea siempre se filtra el autor, o los editores, e incluso hasta la editorial y las ganancias económicas al lanzar un libro que de entrada sabes que tendrá alboroto.

En un libro como Los malditos uno no espera encontrarlo. Y sin embargo tiene pasajes con sentido del humor. Extraña la lucidez del autor cuando él mismo señala que está casi al borde de la locura o del suicidio. En fin, suena el altavoz: el autobús rumbo a Marte está a punto de partir.