Made in China

Años más tarde apareció Juan Carlos. Tras algunos meses se lo confesé: lloré en su hombro por las estúpidas zapatillas chinas. Por las constantes violaciones de mi papá. Me dio un beso. Nos despedimos

POR Óscar Garduño Nájera

 Años más tarde apareció Juan Carlos. Tras algunos meses se lo confesé: lloré en su hombro por las estúpidas zapatillas chinas. Por las constantes violaciones de mi papá. Me dio un beso. Nos despedimos

China_1Man Enough to Walk A Mile in Her Shoes (www.reporternews.com)

Estoy seguro: Dios allá arribita castiga a todos los hombres. Y acá abajito les da hijos putitos que te la chupan. Y mujeres putitas que escapan con el primer carnicero que se les pone tras de la vitrina. Con el pelo lleno de vaselina. Se sentía uno de la Sonora Matancera. Sí le ponía en su madre. Si lo tuviera enfrente. Ahora seguro se la coge en el hotel Pasadena atrás del metro Hidalgo. Pedí a Diosito que mi hijo me saliera más machito. No me cumplió. Pinche putito. Dios también lo es. Estoy seguro.

Tres estrellitas de esas que brillan a la altura de un talón rojizo y despellejado. Correa negra de plástico con un broche amarillento. Tacón de aguja con punta cuadrada. Era la primera vez que veía unas así tan de cerca. Hicimos la apuesta a la hora del recreo. A ver quién va a ser el chingón que se las saque a la maestra Rosalba del armario. Porque de seguro era a ella a la que le apestaban los pies. Por eso en cuanto entraba al salón abría la ventana. A ver quién va a ser el chingón que las iba a oler.

Las sacó de una bolsa gris de Walt Mart. Acabábamos de volver de vacaciones. Las presumió. Eran de Cerdeña, Italia. Las estrellitas a la altura del talón rojizo era una moda europea. Primero nos mostró en el mapa dónde estaba Italia. Se las puso y dio unos pasos enfrente de todos. Tambaleó.

Made in China. Cuando las saqué del armario me di cuenta. Lo traía escrito en la suela llena de mugre. Y sí: apestaban a madres. Gané la apuesta. Se los dije a los demás antes de que ella volviera de una junta con el consejo técnico.

Puto Ignacio. Él se puso de pie, se jaló el suéter y me señaló. Fue él, maestra.

—¿Por qué lo hiciste, Rosendo?

Casi me orino. No supe qué decir. Los demás me veían como despidiéndose para siempre de mí: ahora sí corren a este cabrón de la escuela. Se les veía la burla en sus miradas. Carraspeó. La maestra lo hizo mientras abría la ventana. Ocupó su silla atrás del escritorio. Dejó las zapatillas en el suelo. Paralelas.

—Vas a caminar con ellas, Rosendo… ya que tanto te gustan.

Pinche putito. Eso escuché luego. José Luis me agarró a la salida las nalgas: si te veías rechula con esas zapatillas, reinita… una chinita con sus zapatillas italianas Made in China.

Más machito. Por lo menos me hubiera salido más machito. Lo repetía mi papá cuando iba a la mitad de la de Bacardí blanco. Antes de dormir.

—¡Récele a Dios pa’ ver si le quita lo putito!

La maestra Rosalba lo había puesto al tanto de las zapatillas rojas. Castigo ejemplar. Es lo que dijo mi papá cuando supo.

Ocurrió la noche en que una de mis series de televisión favorita finalizó. Apagué la televisión y me fui a dormir. Alegre: el final había cumplido con mis expectativas. Repentinamente, escuché que mi papá abría la puerta de mi recámara. Me sacudió de los hombros.

—¡A ver, pinche mariquita, despiértese!

Apenas si podía sostenerse en pie con los pantalones a las rodillas.

—¡Chúpele!

Unos minutos. No sé cuánto tiempo pasó. Apretó mi cuello y me obligó a tragar. Lo mantuve debajo de la lengua, el semen. Cerró la puerta de la recámara. Lo escupí sobre el edredón de Superman: vuela con el brazo en alto. Lloré en su capa.

 

China_2Militares detienen a 45 miembros de un grupo de autodefensa… (mexico.cnn.com)

En Tamaulipas, miembros del ejército y de la marina habían logrado la captura de uno de los líderes más importantes de los zetas. Mi papá habló y sus palabras se encimaron con las declaraciones del procurador de justicia.

—Al menos Dios me hubiera dado un hijo soldado… mira que capturar a esa bola de pendejos.

Años más tarde apareció Juan Carlos. Tras algunos meses se lo confesé: lloré en su hombro por las estúpidas zapatillas chinas. Por las constantes violaciones de mi papá. Me dio un beso. Nos despedimos. Los dos nos habíamos enrolado hace dos años en el ejército y ahora a él lo mandaban a combatir el narcotráfico a Michoacán.

Tras varios días sin saber nada me enteré que lo colgaron en calzoncillos junto a otros cinco en un puente peatonal de Morelia. Putitoz zoldadoz. Así les habían escrito con lápiz labial en el pecho.

Deben ser las cinco de la tarde por lo que en cualquier momento vendrá Antonio a revelarme en la guardia. Intento ver por última vez la bandera. Alzo la vista. En lo alto ondea con sus tres colores. También aprovecho el momento para colocar la metralleta. Basta que recargue mi barbilla contra su cañón. Mi papá estaría orgulloso de mí. También un puto Superman. Pum.