Tánger: una magneto para los escritores

Alexandre Dumas pasó por ahí, seguido poco después por Hans Christian Andersen y Mark Twain. También llegaron Paul Bowles y William S. Burroughs, quienes atrajeron a su vez a Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Gore Vidal. Como lo explica el escritor Josh Shoemake, Tánger tiene asociaciones antiguas con los escribas

POR Thomas Swick

 Alexandre Dumas pasó por ahí, seguido poco después por Hans Christian Andersen y Mark Twain. También llegaron Paul Bowles y William S. Burroughs, quienes atrajeron a su vez a Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Gore Vidal. Como lo explica el escritor Josh Shoemake, Tánger tiene asociaciones antiguas con los escribas

Tanger_1Tangier Skyline (www.flickr.com)

¡Ah, los escritores! Llegaron a Tánger en barcos, consiguiendo –muchos de ellos— su primera probada de África y el Islam. Aunque con el tiempo, el gran encanto de Tánger para los escritores produjo otros escritores.

La mayoría de la gente está familiarizada con el dúo del siglo XX Paul Bowles y William S. Burroughs, que atrajo a Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Gore Vidal, et al., pero, como Josh Shoemake lo señala en Tangier: A Literary Guide for Travellers, Tánger tiene asociaciones antiguas con los escribas. El gran viajero del siglo XIV Ibn Battuta fue un tangerino y dejó su ciudad natal a los 20 años para viajar a La Meca. Regresó a escribir sus memorias, presagiando el día en que Paul Bowles grabaría las historias de Mohamed Mrabet y Larbi Layachi. De la vida en el camino a la vida en las calles.

Cuando Joe Orton llegó en 1965 estaba siguiendo los pasos, pero no los comportamientos, de Samuel Pepys. El gran cronista y administrador naval llegó a la ciudad en 1683 como tesorero del Comité de Tánger; casi dos siglos más tarde, Alexandre Dumas pasó por ahí, seguido poco después por Hans Christian Andersen y Mark Twain, quien, en Los inocentes en su país, escribió acerca del mercado: “La escena es vívida, pintoresca, y huele como un policía de Corte”. Esta cita aparece al final de un largo pasaje reproducido en el capítulo cinco de Tangier: A Literary Guide for Travellers: “La Medina”. Shoemake elabora un retrato de la ciudad y los escritores se inspiran cronológica más que geográficamente. Como él mismo explica en el capítulo anterior sobre Tánger Plage –moviéndose sin esfuerzo de Orton a Mrabet de Kerouac a Twain a Dumas a Walter Harris (del London Times)—, “El tiempo salta constantemente alrededor de Tánger.”

Su atractivo de siempre es obvio: es una ciudad portuaria de corto viaje en barco desde Europa, con influencias internacionales y actitudes tolerantes que sirven como punto de entrada a África, el Mediterráneo y el mundo árabe. Además, sus características –tanto naturales como artificiales— son como las de una ciudad ficticia, con todos los elementos necesarios: puerto, playa, medina, kasbah, cuevas. Incluso los nombres de las calles y las instituciones –Boulevard Pasteur, Grand Socco, Hotel Minzah, Iglesia Anglicana de San Andrés, Pensión Fuentes, Mohamed V Mosque— parecen tener el toque de un novelista. Tánger parece ser una ciudad no sólo habitada por escritores, sino inventada por ellos –y en cierto modo, lo fue.

Si no escribieron de Tánger (aunque, como muestra el libro, la mayoría de ellos lo hizo), aun así en ocasiones se las arreglaron para utilizarlo en obras ubicadas en otros lugares. Shoemake señala que el Petit Socco inspiró las acotaciones para Camino Real de Tennessee Williams (1953). Williams había conocido a Paul y Jane Bowles en México, y ellos lo invitaron –como lo hacían con numerosos escritores— a que los visitara en Tánger. En el capítulo de Shoemake sobre el Gran Café de París (¿qué dije acerca de los nombres novelescos?), encuentra a Williams bebiendo Fernet Branca y Coca-Cola, una bebida “que difícilmente puede ser recomendable incluso si el café aún vende alcohol”. Esas últimas palabras te explican todo lo que necesitas saber acerca de la triste degeneración de la ciudad.

 

Tánger_2Tangier. W Magazine (www.wmagazine.com)

En el café, Williams habla con Mohamed Choukri, “El escritor nativo más famoso de Tánger, cuya historia de vida ha superado todo lo que un escritor de ficción puede imaginar”, mientras que “otra mañana Alec Waugh camina por la acera sosteniendo una taza con un huevo. Él insiste en un huevo hervido para el desayuno y la cafetería se niega a servir una taza para el uso de un único cliente, incluso tratándose de un Waugh. Y luego está Joe Orton, sentado en una mesa de banqueta con unos amigos el 25 de mayo de 1967, aunque es posible que desees fingir que nunca has conocido a ese hombre.”

El libro toma la forma de un café mural de Barnes & Noble, en el que los grandes escritores de todas las décadas están juntos bebiendo café. Es un poco desconcertante al principio pero al final funciona, dando la impresión de que Tánger era un salón literario y de fiesta –donde se ingería algo más que café y el sexo estaba en el aire y en todas partes— con unos pocos anfitriones habituales (fue el hogar de Bowles durante medio siglo) y un flujo constante de clientes coloridos.

Barbara Hutton, la heredera de Woolworth, buscó el amor en Tánger (en todos los lugares equivocados) y escribió poesía que ella mismo publicó. Aaron Copland acompañó a Paul Bowles en su primer viaje a la ciudad, que les había recomendado Gertrude Stein y Alice B. Toklas. Los dos músicos (hay que recordar aquí que Bowles fue también un compositor) se alojaron en el mejor hotel, el Villa de Francia, de cuya habitación 35 Matisse pintó varias veces el paisaje. Bebiendo en un bar de la ciudad, Noël Coward recomendó a una joven ebria, quien le explicó que simplemente estaba siendo ella misma, “Eso es algo que nunca debe ser”.

 

Tánger_3Peter Orlovsky, con las piernas cruzadas; W.S. Burroughs, con cámara; Allen Ginsberg, con pantalones blancos; Alan Ansen; Gregory Corso, con lentes oscuros; Ian Sommerville; y Paul Bowles, sentado en el suelo. Allen Ginsberg Project. Tangier Group (www.allenginsberg.org)

Tallulah Bankhead, Claudette Colbert y Richard Wright frecuentaban el Dean’s Bar por el “alcohol y las carnes”, mientras que Truman Capote pasó, como escribió en Plegarias atendidas, “varios meses ebrio… como un cliente habitué de Le Parade de Jay Haselwood”.

Años después, Malcolm Forbes compró el antiguo Palais du Mendoub y festejó su cumpleaños 70 allí, una celebración muy publicitada con bailarinas de vientre, jinetes bereberes y Elizabeth Taylor. El invitado de honor, Paul Bowles, más adelante escribió en su diario: “A medianoche, yo ya había tenido suficiente”.

“Tánger no hace que un hombre se desintegre”, señalaba Bowles, “pero atrae a personas que se desintegrarán de todos modos”. Su apego a la ciudad se extendió a los escritores nativos –Choukri, Mrabet, Layachi—, a quienes apoyó, registró y tradujo. Su esposa Jane pensaba que él estaba perdiendo el tiempo con ellos (aunque mucha gente pensaba que Bowles estaba perdiendo el tiempo con Jane). Eran niños de la calle, “que vagaban por la playa en busca de oportunidades”. De los tres jóvenes, sólo Choukri sabía leer y escribir. Ellos salieron de la pobreza, y con “determinación y encanto sobrehumanos” se convirtieron en escritores, narrando las historias de Tánger, que eran sorprendentes incluso para los expatriados que vivían allí.

 

Tomado de: The Weekly Standard Book Review. Diciembre 30, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.