POR Óscar Garduño Nájera

 Una vez que se inventa el mundo viene la parte obligada de las instrucciones. Si un mundo las trae consigo en bolsita de celofán resulta anodino

Niña_1Poetas se reúnen en torno a una Canción para una niña de otros mundos (www.sdp.versodestierro.com)

Hay momentos para la lectura de poesía. Eso lo sabe el lector más diestro. No es que te propongas concluir un poemario de principio a fin: el maestro te ha dejado los 100 mejores poemas de la lengua española para el fin de semana y lees hasta debajo de la regadera. Como sucede con las novelas. Al menos para quien esto escribe, la poesía tiene otro sentido tanto de lectura como de comprensión. Si es que soy un tanto idiota para la comprensión de lectura es mi culpa, acato mi responsabilidad y ofrezco disculpas. Por eso los versos. Por eso un Ezra Pound. Por eso la musicalidad de las palabras entrelazadas. Los espacios activos o pasivos en blanco. La acentuación. Los títulos. Y si me apuran, por eso los recursos poéticos que cualquiera con dos dedos de frente puede encontrar en las tantas teorías literarias. Pero no se trata de dar clases aburridas aquí.

Canción para una niña de otros mundos. Es el título del primer poemario de Yolanda de la Torre. Otros mundos. De entrada que te los presenten es una especie de salvación. Si existen mejores mundos que éste, ya estaríamos ahí. Lo echaríamos a perder. Seguro. Una niña, no; tiene mejores opciones que joderlo todo.

No importan las circunstancias. Lo que sucedió esa tarde: la imagen es la de un hombre con unas cuantas lágrimas en el rostro tumbado en un sillón y sólo una lámpara de noche encendida. En silencio. Sólo el ruidito que hacen los pucheros. El hombre acaba de finalizar una llamada telefónica. De esas tristes. De ésas donde se toman decisiones que te cambian la vida repentinamente y comprendes que el amor en ocasiones duele. Cuando hombres así se enfrentan a tales circunstancias tal vez dejan de serlo y se convierten en un objeto más dentro de la casa. En la mesa unos cuantos libros. Canción para una niña de otros mundos. Breve. Certero. Tal y como deben ser los buenos poemarios. No se necesitan tantas palabras para hablar con una niña. Porque de eso va. El hombre lo toma, suspira, lee. Antes limpia sus lágrimas: Al fin inventaste tu propio mundo./ La luna está en el suelo:/ en su lugar hay árboles sonrientes/ y naranjas satisfechas. Es el comienzo. Mejor no pudo haber escogido Yolanda de la Torre. De origen bíblico sitúa a la niña a la altura de un omnipresente Dios. La imaginación infantil es un trofeo del cual nos desprendemos en cualquier casa de empeño por unas moneditas. Y lo que se nos olvida es que ahí todo ocurre. Por eso la imagen de la luna en el suelo. Una luna que se puede pisar es una luna mucho más real a la que vemos en las alturas. Eso lo sabe la niña. Eso le dice la voz poética que le habla en segunda persona. En algún momento de la lectura el hombre se detiene, recarga la plaquette sobre la mesa y mira el techo blancuzco del departamento. El día anterior vio La gran belleza de Paolo Sorrentino. Tiene presente la escena donde Jep Gambardella se tira en la cama, observa el techo y lo que ve es el mar. El hombre alcanza a ver a la niña. Tal es lo que consigue la poesía con imágenes de las cuales no te desprendes tan fácil.

 

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Una vez que se inventa el mundo viene la parte obligada de las instrucciones. Si un mundo las trae consigo en bolsita de celofán resulta anodino. Hay que equivocarse y acertar. Eso lo sabe la niña. Construir pero también destruir. Incluso decide la ruta de las estrellas: Tú decides la ruta de las estrellas fugaces/ y el transcurso de las estaciones; por ti la primavera se disfraza de otoño/ y en el invierno llueve.

Una vez más ocurre. Todo concluye en las alturas. La gran metáfora de Gulliver. La niña crece. Junto a la lectura del poemario de Yolanda de la Torre nosotros también lo hacemos. O te haces enano. Enano y gigante. Así es como debe pensar la niña. Pues ya ocurre con su alrededor: Cuando crezcas,/ aquí te esperarán tus caracoles gigantes,/ tu pegaso y los delfines que habitan tus sueños. De sueños. Digamos que la columna vertebral de este primer poemario de Yolanda de la Torre reposa en los lomos de ellos. También los de la niña. Encantadora. Ustedes terminarán por adorarla. El hombre de nuestra primera escena lo hace. Sonríe ahora. Ustedes pueden contactar a Yolanda de la Torre y adquirir Canción para una niña de otros mundos. Sin tantos preámbulos, ni edulcorantes poéticos, mucho menos poesía genérica (ahora que abunda la de ese tipo), Canción… es un libro que vale la pena en cada verso… y, por cierto, el hombre soy yo.