Cómo la perversión sexual se convirtió en la norma

Mientras que el fetichista encuentra un zapato o un mechón de pelo excitante porque provienen de un ser humano, el objectófilo recrea el objeto como un blanco erótico en sí mismo. Los objectófilos creen que su amor es correspondido

POR Frances Wilson

 Mientras que el fetichista encuentra un zapato o un mechón de pelo excitante porque provienen de un ser humano, el objectófilo recrea el objeto como un blanco erótico en sí mismo. Los objectófilos creen que su amor es correspondido

Pervert_1The Night Day (www.thenightday.com)

En 2007, frente a un pequeño grupo de invitados y un equipo de cámaras se celebró una boda en la orilla izquierda del Sena, en París. La novia, de 37 años, era una ex soldado estadounidense llamada Erika, mientras que el novio era una hazaña de la ingeniería francesa llamada la Torre Eiffel. El matrimonio se consumó después de la ceremonia, cuando la novia levantó la gabardina y se sentó a horcajadas sobre una de las vigas de acero del novio. Erika era la parte más sexualmente experimentada de la pareja, pues previamente tuvo una relación con el puente Golden Gate de San Francisco. Su primera historia de amor había sido con una lanza; de hecho, Erika nunca se ha sentido sexualmente atraída por un ser humano.

Erika Tour Eiffel, como ahora se hace llamar, es uno de los 40 “objectófilos” reconocidos del mundo. En la ciencia de Estados Unidos, el nuevo libro del escritor Jesse Bering, Perv, el estado de Eika es descrito como algo parecido al fetichismo, en la medida en que un objeto ha sido investido con un atractivo erótico. Pero mientras que el fetichista encuentra un zapato o un mechón de pelo excitante porque provienen de un ser humano, el objectófilo recrea el objeto como un blanco erótico en sí mismo. Además, los objectófilos, muchos de los cuales son autistas, creen que su amor es correspondido. “¿Qué hace que encuentres atractivo un objeto?”, pregunta un investigador a un grupo de objectófilos. “Bueno”, responde una mujer que está en una relación con una bandera llamada Libby, “Libby siempre me dice que ella piensa que soy graciosa. Nos hacemos reír uno a otro con tanta fuerza”.

No saludo a las banderas, a pesar de que tiene su lado divertido, pero mentiría si dijera que no puedo ver el atractivo de la Torre Eiffel. El marido de Erika cumple todos los requisitos: alto, estable, glamoroso, no va a ninguna parte en un apuro. En lo que se refiere a Erika, es poco probable que la torre la decepcione. Eija-Riitta Eklöf, por otro lado, es una objectófila sueca que se casó con el Muro de Berlín, que ahora se considera viuda, al igual que la pobre mujer que se casó con las Torres Gemelas.

Si hubiera un juego de sociedad en el que todos pudiéramos ligar con una estructura arquitectónica, sin duda me quitaría el sombrero frente a la Torre Eiffel. Con excepción –y aquí es donde las cosas se ponen raras— Erika no ve a la Torre Eiffel como un hombre en absoluto; ella piensa en el 324m de erección como mujer, aunque se considera que está en una relación lesbiana. Esto es verdaderamente perverso.

 

Pervert_2FGT1 (www.penultimosdias.com)

De acuerdo con Bering, existen 500 “parafilias” identificadas, “y todos nosotros, nos guste o no, cabemos en el espectro en algún momento. Una parafilia se define como “una forma de ver el mundo a través de una lente sexual singular”, la cual no puede ser reparada o, en ausencia de una lobotomía, fácilmente removida. Es una falla genética, no moral. El muchacho alegre que hace su lavado en seco puede ser un plusófilo que ansía juguetes de animales de peluche y pasa sus fines de semana en busca de sexo en “ConFurences” mientras que está vestido como una criatura de Disney. O puede ser un formicófilo, que obtiene su placer a través de la sensación que le proporciona el caminar de hormigas o caracoles sobre sus zonas erógenas. Pero mientras él no perjudique a nadie, y que su limpieza en seco esté a tiempo, ¿qué importa cómo llegue a su clímax?

Bering y el historiador británico Julie Peakman, en The Pleasure’s All Mine (Todo el placer es mío), sostienen que los conceptos de “normal” y “perverso” carecen, para empezar, de sentido. “La perversión de una persona es la normalidad del otro”, explica Peakman, cuyo libro se fundamenta en una crítica de la obra de los influyentes sexólogos del siglo XIX Richard von Krafft- Ebing (que popularizó los términos “sadismo” y “masoquismo” en un libro de 1886) y Havelock Ellis, que en 1897 fue coautor del primer libro de texto médico acerca de la homosexualidad, titulado Sexual Inversion.

 

Pervert_3Fetishism in photography of Helmut Newton (matjazz.wordpress.com)

El término “pervertido” se refería originalmente al ateo, lo que significa que en rigor el mayor pervertido del mundo es actualmente Richard Dawkins. Hoy consideramos que la heterosexualidad es sinónimo de sexo “normal”, pero cuando se utilizó por vez primera vez el término, en 1892 por el Dr. James G Kierman, estaba relacionado con “manifestaciones anormales del apetito sexual” en ambos sexos. En el Illustrated Medical Dictionary de Dorland de 1901, “el sexo heterosexual” se definía como “un apetito anormal o perverso hacia el sexo opuesto”. Hasta hace poco, la masturbación y el sexo oral eran considerados perversiones inconfesables, y si una mujer experimentaba deseo en el siglo XIX, era considerada una ninfómana.

Bering sugiere que estamos tan enfocados en cargar deseos que son vistos como “naturales” (es decir, también se evidencia en el comportamiento de los seres no humanos) y que son “contra natura” (no realizada por aves, peces o animales) que hemos perdido de vista la verdadera pregunta: ¿Es la expresión de un deseo perjudicial para ti mismo o para alguien más? Y desde cuándo damos nuestro consejo sexual a los cangrejos y pingüinos?

Nuestra “sifilización”, para adoptar el término de James Joyce, está obsesionada por las excentricidades de los sexólogos. La autoridad de Krafft- Ebing dio paso a mediados del siglo pasado a la de Alfred Kinsey (interpretado por Liam Neeson en la película biográfica de 2004), fundador del Instituto Kinsey para la Investigación del Sexo, el Género y la Reproducción, y la palabra de Havelock Ellis fue desplazada por la de Masters y Johnson. Nos encanta la idea de hombres y mujeres en batas blancas trazando categorías sexuales –pero el problema, de acuerdo con Peakman y Bering, no es la presencia entre nosotros de objectófilos, exhibicionistas, formicófilos y travestis; es la moralidad de aquellos individuos solitarios que se han convertido en parias del odio. ¿Cómo nos convertimos, pregunta Bering, en “los homínidos insufriblemente sentenciosos que somos”, y ¿por qué no empatizar, en lugar de juzgar, con los otros?

 

Pervert_4Секс, война и голые танцы в снимках фотографа из Магнума Сьюзан Мейселас (journal.foto.ua)

Jesse Bering y Julie Peakman son probablemente las personas más tolerantes que existen, junto a los griegos que habitaban una utopía libertina donde hubiera una filia, desde el sexo con aves al incesto. Los obstáculos a sus argumentos se encuentran, obviamente, en el abuso de niños por pedófilos y los animales por zoofílicos. En cuanto a la zoofilia, Bering sugiere que la misma gente que se ceba sobre una oveja y da su consentimiento para el congreso sexual con un peón está menos preocupada sobre si la oveja ha firmado un formulario en el que señala que le gustaría comer salsa de menta un domingo.

Con los niños es menos frívolo, y el capítulo más difícil en Perv es el que habla sobre la variación en la edad de consentimiento (14 en Chile, 13 en Argentina, 12 en México, 18 en Turquía, 15 en Suecia, y así sucesivamente). Peakman añade que gran parte de la literatura de nuestros preciados hijos, de Peter Pan a Alicia en el país de las maravillas, puede decirse que proviene de una imaginación pedófila.

La diferencia entre Peakman y Bering es de posición. Mientras Bering utiliza el humor para tomar una zambullida vertical en las profundidades de la psique, Peakman permanece horizontal, dando una visión general de todas las tonterías que se han escrito acerca del sexo de los antiguos a los mundos modernos, y añadiendo un poco de la suya: “No es mucho lo que Internet ha contribuido a las relaciones sexuales en el siglo XXI; en gran medida se trata de sexo”. Ningún libro es de lectura fácil: el de Peakman, porque está escrito con pereza y no tiene una buena relación con el lector, y el de Bering porque nos adentra en el mundo tanto de los están escondidos en el armario como de los que tiemblan de pánico en la habitación de un edificio en una película de David Lynch.

Pero el lector se enfrenta a otros retos también. Algunos de nosotros (o todos) podemos sentir incómodos indicios del deseo al reconocerlos en alguna página; la mayoría sentirá disgusto o ganas de reír. Una vez que “el factor asco” entra en acción, Bering argumenta, la inteligencia social desaparece. El deseo y el disgusto son antagonistas pero también son compañeros de juego en el dormitorio; la repugnancia hacia el objeto del deseo es una reacción post-coital nada infrecuente. Tal como escribió De Sade: “Muchos hombres buscan a la mujer que duerme a su lado con la que apenas han tenido relaciones sexuales con un sentimiento como si al menos pudieran mancillarla”. El secreto de nuestro éxito como especie, para Bering, es la forma en que hemos mantenido nuestra repugnancia bajo control en la cara de los cuerpos que roncan, huelen, se hinchan y al que le brotan pelos antiestéticos.

Como el millonario de mente abierta Osgood Fielding III escribió en Some Like It Hot, cuando se le dice que se le ha insinuado por error a un hombre: “Bueno, nadie es perfecto”.

 

Jesse Bering. Perv: the Sexual Deviant in All of Us. Doubleday, 320pp.

Julie Peakman. The Pleasure’s All Mine: a History of Perverse Sex. Reaktion Books, 352pp.

 

Tomado de: Newstatesman. Diciembre 19, 2013.

Traducción: José Luis Durán King.