Paul Auster: los recuerdos como invención literaria

Informe del interior está impregnado de un aire nostálgico. Un niño que aparece en la portada del libro y que posteriormente te encuentras en aquellos destacables momentos donde da con pistas para construir o destruir el mundo al que sin más se enfrenta

POR Óscar Garduño Nájera

 Informe del interior está impregnado de un aire nostálgico. Un niño que aparece en la portada del libro y que posteriormente te encuentras en aquellos destacables momentos donde da con pistas para construir o destruir el mundo al que sin más se enfrenta

GERMANY-US-ENTERTAINMENT-LITERATURE-AUSTERIt’s a humbling occupation (www.ikewrites.com)

Es cierto: resulta difícil ubicar la obra de Paul Auster en el panorama de la literatura actual. En ocasiones son más los detractores que los que gustan de ella. Sucede el fenómeno que ya debería ser nombrado como: “fenómeno Murakami”. En otras sucede lo contrario. Los que detractan argumentan que con el paso de los años su literatura ha envejecido, que no ha conseguido renovarse y que parece un perro que intenta morderse la cola: gira y gira sobre su propio centro. Los que gustan de ella admiran sus atmósferas, su melancolía, sus entrañables personajes, o bien esa voz en primera persona donde Paul Auster no se tienta la pluma para sacudirse lo que parece ser una autobiografía por entregas.

Informe del interior es un libro que tiene varios matices. Nos encontramos nuevamente con el Paul Auster que hace de sus recuerdos una invención literaria, que consigue jugar con ellos a través de un severo ejercicio de memoria. Y sí, la novela está impregnada de un aire nostálgico de principio a fin. Un niño que aparece en la portada del libro y que posteriormente te encuentras en aquellos destacables momentos donde da con pistas para construir o destruir el mundo al que sin más se enfrenta. Anécdotas deshilvanadas. Algunas de ellas efectivas; otras no tanto. Confesiones de sus primeras lecturas y de sus primeros profesores. Confesiones de sus primeras películas y de su entusiasmo frente a las caricaturas, las cuales, se cuestiona, deben estar con vida, hasta que sin más sufre una desilusión al comprobar que no salen de esa caja llena de magia que para ese entonces es la televisión. Estafas frente a jugadores de beisbol admirados. Fechas y más fechas. El libro gira en torno a ellas. Primero a manera como de diario (aunque en algún momento el autor se cuestiona el no haber escrito uno). Luego a manera epistolar, cuando la primera esposa del autor, ahora ex, Lydia Davis, también escritora y traductora, le solicita autorización para hacer uso de las tantas y tantas cartas que le entregó cuando los dos eran jóvenes, tiernos y enamorados para enviarlas a una biblioteca de investigación, “uno de esos archivos bien ordenados en donde los eruditos estudian manuscritos y toman notas para los libros que escriben sobre los libros de otros (pág. 171)”. Y es a partir de aquí que damos con un Paul Auster tedioso que bien pudo haber prescindido de unas cuantas páginas finales. Porque muchas de las cartas que nos muestra son anodinas, bien te las puedes saltar y no ocurre nada, vuelves a agarrar el ritmo del libro sin que te quede alguna duda. Tampoco se sabe qué necesidad tenía el autor de insertar fichas técnicas de películas o, lo que es peor, de platicárnoslas, como si fuésemos niños a la espera de que nos cuenten un cuento.

 

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Eso sí: al final del libro damos con una serie de fotografías bien seleccionadas, cuyos pies son fragmentos del libro. No me parece lo mejor de Paul Auster. Te quedas con ese gusanito de que pudo haber dado un poco más y no quiso. Y si es por meros compromisos editoriales el entregar un libro al año está peor la cosa. Recomendable solo para fans de Auster, esos que perdonan todo.