Señor Burroughs

En 1981, William S. Burroughs se mudó a Lawrence, Kansas, donde pasó sus últimas décadas escribiendo, pintando, disparando armas, y criando gatos. Tal vez esa sea la clave de su magnetismo y el por qué su obra resuena entre los lectores que sospechan que hay algo mejor, más digno allá afuera de la gran noche americana

POR Jeremy Lybarger

 En 1981, William S. Burroughs se mudó a Lawrence, Kansas, donde pasó sus últimas décadas escribiendo, pintando, disparando armas, y criando gatos. Tal vez esa sea la clave de su magnetismo y el por qué su obra resuena entre los lectores que sospechan que hay algo mejor, más digno allá afuera de la gran noche americana

Willie_1Carl Solomon, Patti Smith, Allen Ginsberg y William S. Burroughs en la Gotham Book Mart, Ciudad de Nueva York, 1977/ Beat Generation (en.wikipedia.org)

William S. Burroughs vivió la clase de vida que pocos novelistas contemporáneos estadounidenses intentarían emular. Un repaso a su lista de pecados: era un maricón y un drogadicto antes que ser un hip; fue un padre irresponsable y un hijo ausente; era un misógino, un amante de las armas, y un borracho; era un gurú de la ciencia basura y de las falsas religiones; le fascinaba la escoria más siniestra de la Ciudad de México, Tánger, París, Londres y Nueva York; fue un escritor de vanguardia con poco afecto por el eufemismo y ninguno en absoluto por la epifanía; llevaba su americanismo como una bolsa de colostomía, vergonzosa, pero esencial . Cuando murió a los 83 años en 1997 sus últimas palabras fueron: “No regresaré a tiempo”. Al menos no fue un mentiroso.

Este año es el centenario del nacimiento de Burroughs y la ocasión para la nueva biografía de Barry Miles, Call Me Burroughs: A Life. Miles se especializa en literatura beat y es posiblemente el biógrafo definitivo de Ginsberg y Kerouac, así como un burroughsiano devoto cuyo libro de 1993, William Burroughs: el hombre invisible se mantiene como uno de los pilares de las bibliografías académicas. Call Me Burroughs eclipsa todo lo demás que ha hecho en términos de amplitud, erudición y combustión de narrativa pura.

Permítanme sugerir que un barómetro justo de la escritura biográfica es qué tan bien resiste la hipérbole. Miles es un éxito en ese sentido, lo cual es impresionante dado que la vida de Burroughs produjo tanto que fue extrema. Ahí está el nebuloso incidente de infancia en el que su querida niñera fue forzada a abortar frente a él, que lo forzó a chupar el pene de su novio (años de psicoanálisis nunca recuperaron completamente los detalles). O está el asesinato de su amigo David Kammerer, en el que Burroughs “no mostró alguna emoción”. O está la noche en que Burroughs, perdidamente enamorado de un estafador adolescente pero también desesperadamente posesivo, mutiló la articulación de uno de sus dedos con las tijeras para pollo en un acto de caballerosidad espeluznante. O está su mezcla heterogénea de adicciones –a la heroína, el alcohol, la marihuana, el Eukodol, la morfina. Por encima de todo está el hecho atroz que le significó años de dopadas interminables y páginas infinitas para intentarlo exorcizar: el tiroteo en el que mató a su esposa, Joan Vollmer, en la Ciudad de México en 1951.

Joan Vollmer es algo así como la Rosa de Tokio de la literatura beat; su presencia es subliminal pero tóxica. Ella aparece como June en La vanidad de Duluoz de Kerouac y es objeto de al menos una elegía desgarradora por Ginsberg, en la que él imagina su “rostro restaurado por una fina belleza / tequila y sal la han hecho extraña/ antes de la bala en la frente”. Para Burroughs, ella es algo completamente distinto: el poltergeist oscuro que desfiguró su psique. Aunque la muerte fue accidental, Burroughs nunca se perdonó por haberla matado durante un truco fallido –una recreación de Guillermo Tell disparando una manzana sobre la cabeza, sólo que en este caso la manzana era un vaso de agua y Burroughs era un mal (y ebrio) tirador. Miles narra la muerte de Joan a través del testimonio del testigo presencial Eddie Woods, un joven expatriado americano: “La primera impresión que tuve fue el ruido…. La siguiente fue el vaso… que daba vueltas en círculos concéntricos en el suelo”. En el relato de Miles, el momento es tan fascinante y trágico como lo fue siempre, lo cual es encomiable teniendo en cuenta la autopsia por parte de los aficionados a la cultura beat.

 

Willie_2Julio Carabelli (epanadiplosis.wordpress.com)

En su introducción a su novela autobiográfica Queer, Burroughs confesó: “Me veo obligado a la conclusión terrible de que nunca me habría convertido en un escritor sino fuera por la muerte de Joan… La muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, el Espíritu Feo”. El “Espíritu Feo” es el sobrenombre que el artista Brion Gysin dio –o mejor dicho, sugirió— a Burroughs durante un tête – à- tête psíquico en 1959. Conocedor de los fenómenos marginales (incluyendo la telepatía y la abducción extraterrestre), Burroughs se apoderó de la noción de control parasitario como una forma de justificación de la muerte de Joan y la hizo el motivo de su vida artística. Sus novelas –Almuerzo desnudo, Los muchachos salvajes, Nova Express, El boleto que estalló— todas profundizan en diferentes variedades de subordinación humana, a las drogas, al sexo, el dinero, el idioma, la biología, la política, la religión, la historia o algún otro acto de autoridad. Miles da al “Espíritu Feo” el orgullo de la interpretación del lugar, declarando desde el principio: “Esta es la historia de la batalla de William Burroughs con el Espíritu Feo”.

La batalla fue tortuosa. Burroughs era intelectual, creativa y geográficamente inquieto, a lo que Miles atribuye a un vuelo de toda la vida desde la posesión. Burroughs lo atribuyó a una necesidad de purgar el “mal adquisitivo” de su familia rica. (Su abuelo inventó la máquina de sumar y amasó una fortuna, que Burroughs no tuvo problemas en gastarla). Después de graduarse de la Universidad de Harvard en 1936, buscó en el mundo una identidad que no despertara el desprecio. Estudió brevemente medicina en Viena, se inscribió en una academia diplomática en Praga, volvió a Estados Unidos a estudiar psicología en Columbia, luego se inscribió y abandonó la antropología y la arqueología maya tanto en Harvard como en la Ciudad de México. Trabajó como redactor para un producto de enema (“desgraciadamente algunas mujeres de 300 libras se sientan en su maldita cosa y sus entrañas se abren de golpe”), se entrenó para ser piloto, trató de alistarse en el ejército, y lo más notable para su ficción infestada de alimañas, fue un exterminador en Chicago (“en un breve punto de intersección ejercí esa función y fui testigo de la danza del vientre de cucarachas sofocándose en polvo amarillo de piretro”). En los años 40 compró una propiedad en Texas con la idea de ser un productor de algodón. Su cosecha se pudrió mientras Joan deambulaba por la casa hasta el tope de Benzedrina y “discutiendo con sus amantes acerca de la velocidad de los filamentos blancos” brotándole de la piel.

 

Willie_3Joan Vollmer Burroughs (1924-1951)/ Find A Grave Photos (www.findagrave.com)

Burroughs estaba en un exilio más o menos permanente. Se sentía atraído por las metrópolis, pero rápidamente se aburría de su bullicio (o su falta de él). Miles esboza varias viñetas radiantes de la vida de Burroughs en ciudades a las que él mismo aprobó visitar. Sobre Nueva York: “Times Square… era un refugio para estafadores y ladrones, carteristas y cabezas de anfetamina, proxenetas y drogadictos que se colgaban horas hablando alrededor de copas frías de café o mojando el bizcocho en la cafetería veinticuatro horas de Bickford”. Sobre la Ciudad de México: “Los bebés Grubby con rostros como de tallado azteca agarraban a los transeúntes. El olor que todo lo impregna de confitería se desvió por Avenida Juárez”. Sobre Tánger: “Los muchachos, con los ojos devorados por el tracoma, fueron llevados de la mano por los más viejos… la evidencia de la tuberculosis y la sífilis estaba por todas partes. Las mujeres bereberes llevaban enormes cargas de carbón de leña en la espalda, su nariz frecuentemente devorada por la enfermedad, posiblemente asociada a su comercio, seguido por sus hombres que montaban burros”.

Fue en Tánger donde Burroughs descubrió su talento para transformarse en el hombre invisible. Fue una proyección de anonimato tan total que rayó en el pseudosuicidio. Miles especula que la invisibilidad era la manera de Burroughs para ocultar su “miedo a la exposición y al horror de haber sido objeto de desprecio y ridículo” debido a su homosexualidad. Es una afirmación audaz cuando se trata de uno de los escritores de Estadios Unidos que menos arrepentimiento ha mostrado por ser gay, pero la sexualidad no era una prerrogativa en Burroughs –fue, en su opinión, un agente de control a la que él se adaptó previamente.

Cuando extractos de Almuerzo desnudo aparecieron en la edición de otoño de 1958 de Chicago Review, el Reality Studio –es decir, las corrientes principales del corporativismo de la sociedad estadounidense— reaccionó inmediatamente horrorizado. El columnista Jack Mabley condenó el tema como “una de las colecciones más viles de suciedad impresa que he visto circular públicamente”. Después de que los peces gordos de la universidad señalaron que la revista sería “completamente inocua” en su siguiente edición, el editor Irving Rosenthal y otros seis empleados renunciaron en protesta. El crítico más problemático fue August Derleth, un escritor de terror más conocido por ser el primer editor de H.P. Lovecraft. Derleth presionó a la oficina de correos de Estados Unidos para que prohibiera que se enviara a través de ese servicio el material indecente, lo que dio lugar a un juicio en la corte que en última instancia se convirtió en un referéndum sobre la legalidad de todo texto obsceno o lascivo. Almuerzo desnudo se publicó en Estados Unidos hasta 1962, cuando ya había consolidado su reputación de texto clandestino.

 

Willie_4Francis Bacon and William S. Burroughs. Loads of Images of Awesome People Hanging Out Together (urbantimes.co)

Call Me Burroughs es en última instancia un homenaje a la mutabilidad del sujeto artístico. Además de ser uno de los escritores más radicales del siglo XX, Burroughs fue un actor y artista visual consumado. Un recuento de los que colaboraron o fueron influenciados por él integran un índice de ídolos de culto: Kurt Cobain, Patti Smith, Michael Stipe, Andy Warhol, Mick Jagger, Ian Curtis, David Cronenberg, J.G. Ballard, Jean-Michel Basquiat, Paul McCartney, Gus Van Sant, Tom Waits, U2 –los nombres siguen y siguen. Sin embargo, a pesar de su fama, Burroughs siguió siendo el chico vulnerable de St. Louis, siempre nostálgico de los grises suburbios del Medio Oeste incluso cuando éste criticó su banalidad. (En 1981 se trasladó a Lawrence, Kansas, una pequeña ciudad universitaria , donde pasó sus últimas décadas escribiendo, pintando, disparando armas, y criando gatos). Tal vez esa es la clave de su magnetismo y el por qué su obra resuena entre los lectores que sospechan que hay algo mejor, más digno allá afuera de la gran noche americana.

Call Me Burroughs es un recordatorio de que la obra de Burroughs aún es esencial. Su voz corrosiva, sabia y hermosa todavía desafía a los escritores a dejar de joder y a recordar que hacer literatura sigue siendo peligroso.

 

Tomado de: Bookforum. Enero 20, 2014.

Traducción y edición: José Luis Durán King.