Un agujero negro, un conejo alucinante

El autor pone a pelear su palimpsesto en la carne de cuatro personajes que se descuartizan por ganar más terreno, se devoran y manipulan sin posibilidad de final feliz, como si la misma Ciudad de México, que caminamos, que olemos, a pesar, o en virtud nuestra, todos los días, pronto también fuera a devorarnos

POR Eduardo Medina

 El autor pone a pelear su palimpsesto en la carne de cuatro personajes que se descuartizan por ganar más terreno, se devoran y manipulan sin posibilidad de final feliz, como si la misma Ciudad de México, que caminamos, que olemos, a pesar, o en virtud nuestra, todos los días, pronto también fuera a devorarnos

Habitantes_1

Los grandes escritores maximizan la experiencia humana. Todo aquello que sucede en este reino nuestro de la carne, templado, robusto, apenas mutable, en el reino literario sucede ígneo, abrasivo, fino, filoso y transmutador. Si algún legado dejan grandes autores es éste: una experiencia humana revitalizada, resurgida de sus vulgaridades innatas, limpia, pura y deslumbrante.

Un autor cubano-mexicano surge en la escena literaria de nuestros días con grandes dotes. Su nombre es Roger Vilar. Su novela: Habitantes de la noche.

Hablé al principio de la experiencia humana maximizada, revitalizada, luminiscente, y del surgimiento de dicho autor por razones concretas. No se trata de ninguna manera de un autor en ciernes. Nacido en Cuba en 1968 y naturalizado mexicano treinta años después, ha publicado en Cuba dos libros de cuentos y en México otro par también, y una novela. Es pues, un autor experimentado: en nuestro país ha practicado el periodismo durante décadas.

Hablé de surgimiento, pues, porque en su novela Habitantes de la noche (Editorial De Otro Tipo, 2014) está recreada esta poiesis de lo que, de lo masivo, asciende único. Esto divide su obra en dos tonos, en dos colores: la luz y la oscuridad. Lo masivo, putrefacto, y lo limpio, resplandeciente. Dos tonos estéticos que son tratados con dos tonos literarios distintos. En ambos mundos habitan personajes representantes de sus universos y que colisionan para contaminarse mutuamente.

Isabel, mujer de treinta y cinco años, de una belleza potente, que escapa de un matrimonio violento, y Saleur, un pintor que vive en la calle Correo Mayor, dibujan el espectro luminoso, humano; Alda, un escritor atormentado, “una herida negra más lúgubre que la oscuridad”, residente de unas ruinas en la calle Santa Veracruz; y Ribalta, un reportero nocturno, dibujan el espectro de tinieblas.

Saleur y Ribalta, ambos dignos representantes de sus universos contrarios, habrán de debatirse en una callada contienda cuya victoria no es el amor, no es la redención, no es la supremacía cósmica, sino, simplemente, la liberación de la tensión que existe entre ambos mundos. Esta contienda llevará a temibles consecuencias a los otros dos personajes: Isabel y Alda.

La caída de los primeros, es lo que se dibuja en la superficie para el lector, y la batalla ancestral de los segundos lo que se fragua por lo bajo. Ribalta, un personaje vampírico, cazador, pero vulnerable en toda su bestialidad, es el agente catalizador de este texto.

Estos dos grandes mundos, con sus particulares habitantes, no obstante su asimetría, su disimilitud, viven y conviven en una misma geografía, seductora por tan cercana, temible por tan cotidiana: la Ciudad de México.

El dibujo que se hace de ella en Habitantes de la noche, y la solución final de la novela, hacen temblar al lector, pues, este surgimiento del que hablaba al principio, está destinado a caer, a regresar al lugar de donde vino: las alcantarillas, las cucarachas, la “milenaria porquería”. Este cronotopo particular hace la obra absolutamente contemporánea y la dota de un lente pocas veces adoptado por autores que escriben sobre la Ciudad de México: ilustrar su mierda más baja, más maldita, conviviendo con los barrios más altivos, más soberbios.

 

Habitantes_2Roger Vilar. Editorial de Otro Tipo (www.deotrotipo.mx)

Roger Vilar pone a pelear este palimpsesto en la carne de cuatro personajes que se descuartizan por ganar más terreno, se devoran y manipulan sin posibilidad de final feliz, como si la misma Ciudad de México, que caminamos, que olemos, a pesar, o en virtud nuestra, todos los días, tampoco lo tuviera; como si a nosotros, sus ratas, sus cucarachas, pronto también fuera a devorarnos.

Isabel y Saleur, los diurnos, los humanos, están contaminados por la sombra. Son tentados. Una cae, el otro busca venganza. Pero Alda y Ribalta no están contaminados por la luz, no hay nada que los llame al día. En esto podemos encontrar quizá una visión propia del autor, y una inquietante pregunta: ¿cuánto tiempo nosotros, si es que nos consideramos “de los diurnos”, tardaremos en caer? ¿Cuánto habremos de descender en el agujero negro y macabro de este conejo alucinante y espantoso que es nuestra ciudad? ¿Cuánto tardaremos en convertirnos en habitantes de la noche?

Pendientes estemos del trabajo de Roger Vilar, y de la Editorial De Otro Tipo.