Escritoras que se refugiaron en el alcohol

Las escritoras no han sido inmunes a la tentación de la botella ni a meterse en todo tipo de problemas –peleas y arrestos, escapadas humillantes, el lento envenenamiento de las amistades y de las relaciones familiares— que han afectado a sus colegas masculinos

POR Olivia Laing

Las escritoras no han sido inmunes a la tentación de la botella ni a meterse en todo tipo de problemas –peleas y arrestos, escapadas humillantes, el lento envenenamiento de las amistades y de las relaciones familiares— que han afectado a sus colegas masculinos

Alcohol_1Marguerite Duras Survivor. Voices Education Project (voiceseducation.org)

Si usted escribe un libro acerca del alcohol y de los escritores masculinos, como yo lo hice, la pregunta que le harán más que cualquier otra es: ¿y qué pasa con las mujeres? ¿Hay escritoras alcohólicas? ¿Y sus historias son parecidas o diferentes? La respuesta a la primera pregunta es fácil. Sí, por supuesto que las hay, entre ellas figuras brillantes e inquietas como Jean Rhys, Jean Stafford, Marguerite Duras, Patricia Highsmith, Elizabeth Bishop, Jane Bowles, Anne Sexton, Carson McCullers, Dorothy Parker y Shirley Jackson. El alcoholismo es más frecuente en hombres que en mujeres (en 2013, el National Health Service calculó que 9 por ciento de los hombres y 4 por ciento de las mujeres eran dependientes del alcohol). Aun así, no hay escasez de mujeres bebedoras; no hay falta de noches de altibajos y crudas sudorosas que se extienden por días. Las escritoras no han sido inmunes a la tentación de la botella ni a meterse en todo tipo de problemas –peleas y arrestos, escapadas humillantes, el lento envenenamiento de las amistades y de las relaciones familiares— que han afectado a sus colegas masculinos.

Jean Rhys estuvo brevemente en la prisión Holloway por asalto; Elizabeth Bishop más de una vez bebió agua de colonia después de haber agotado las posibilidades de su licorera. ¿Pero las razones para beber de ellas son diferentes? ¿Y qué hay de las respuestas de la sociedad, especialmente en el lubricado, achispado siglo XX; la edad de oro, si se puede llamar así, del alcohol y el escritor?

En su libro de 1987 Practicalities, la novelista y cineasta francesa Marguerite Duras escribe cosas impactantes sobre lo que significa ser mujer y escritora. Una de sus declaraciones más llamativas es la diferencia en el consumo de alcohol entre hombres y mujeres –o más bien la diferencia en cómo se perciben ambos. “Cuando una mujer bebe”, señala, “es como si un animal o un niño estuviera bebiendo. El alcoholismo es escandaloso en una mujer, y una mujer alcohólica es rara, es un asunto serio. Es un insulto a lo divino en nuestra naturaleza”. Tristemente, añade una coda personal: “Me di cuenta del escándalo que estaba creando mi alrededor”.

Ella era alcohólica, pensaba, desde el momento en que bebió su primer trago. En ocasiones se las arregló para detener la compulsión por años, pero durante sus periodos duros tomaba sin dar cuartel: comenzaba tan pronto como se despertaba, haciendo una pausa para vomitar las dos primeras copas, y luego ingerir hasta ocho litros de Burdeos antes de desmayarse en un estupor. “Bebía porque yo era alcohólica”, dijo a The New York Times en 1991. “Era una de verdad… Como escritora que soy, yo era una verdadera alcohólica que bebía vino tinto para conciliar el sueño. Después coñac en la noche. Coñac después del café, y después a escribir. Lo sorprendente, cuando miro hacia atrás, es cómo me las arreglé para escribir”.

Es sorprendente lo mucho que se las arregló para escribir, y bien la mayor parte, levantándose tranquilamente por encima de las condiciones a veces extremas de producción. Duras escribió decenas de novelas, entre ellas El muro de mar, Moderato Cantabile y El arrebato de Lol Stein. Su trabajo es elegante, experimental, apasionado, encantador y visualmente impactante –casi alucinante en su apelación a los sentidos y por su fuerza rítmica. Una precursora de la nouveau roman, que prescinde de las convenciones de personaje y trama –el pesado mobiliario de la novela realista—, al tiempo que mantiene una austeridad casi clásica, una claridad de estilo resultado de una redacción obsesiva.

 

Alcohol_2Anne Sexton. American Writers Museum Newsletter and Progress Report (archive.constantcontact.com)

La infancia de Duras estuvo marcada por el miedo, la violencia y la vergüenza: una concatenación bastante común en los primeros años de vida de los adictos. Nació como Marguerite Donnadieu (Duras es un seudónimo) en 1914 en lo que entonces era Saigón, de padres franceses, ambos profesores. Cuando tenía siete años su padre murió, dejando a la familia en la pobreza extrema. Su madre ahorró durante años para comprar una granja, pero fue engañada: el terreno adquirido era inundado periódicamente por el mar. Tanto la madre de Marguerite como su hermano mayor la golpeaban. Recordaba la caza de aves en la selva, que cocinaban y comían, y nadando en un río rebosante de cadáveres de criaturas diversas que se habían ahogado aguas arriba. En la escuela tuvo una relación sexual –al parecer alentada por su familia por razones económicas— con un hombre chino mucho mayor que ella. Más tarde, en Francia, se casó, tuvo un hijo, hizo películas, y vivió y escribió con intensidad y resolución. Su adicción por el alcohol empeoró a medida que pasaban las décadas, dejándola y retomándola, ganando terreno, hasta que a los 68 años le diagnosticaron una cirrosis y fue obligada a rehabilitarse –una experiencia aterradora— en el Hospital Americano en París.

No son muchos los escritores que se mantienen sobrios y aquellos que lo logran a menudo sufren una disminución en su producción. Pero Duras escribió una de sus mejores y sin duda una de sus novelas más famosas dos años después de que dejó de beber. El amante cuenta la historia de una joven francesa de 15 años, en Indochina, que mantiene una relación erótica con un hombre mayor que ella. Gran parte del libro se elaboró a partir de la violencia y degradación de la que había surgido Duras.

Como las versiones publicadas posteriormente dejan en claro, Duras era capaz de volver una y otra vez a esta escena primaria de su infancia, recreándola con una variedad casi infinita de colores: a veces erótica y romántica, a veces brutal y grotesca. Contaba las mismas historias; yendo de forma repetida a la sustancia que sabía que la estaba destruyendo. Esos actos repetitivos, algunos generativos y otros profundamente destructivos, hizo preguntarse al crítico Edmund White si Duras no estaba en las garras de lo que Freud había llamado la compulsión a la repetición. “Estoy familiarizada con él, al deseo de ser asesinado. Sé que existe”, explicó la escritora a un entrevistador, y es esa intensidad, esa visión absoluta e intransigente, que coloca su trabajo aparte. Al mismo tiempo, esa declaración parece arrojar luz sobre cómo ella utilizaba el alcohol: como una forma de ceder a su propio masoquismo, a la idealización suicida, al tiempo que anestesiaba en sí misma la barbarie que vio trabajando en todas partes, llenando el mundo.

La infancia de pesadilla de Duras plantea la cuestión de los orígenes, de las causas de la adicción al alcohol y si es diferente para hombres y mujeres. El alcoholismo es 50 por ciento hereditario, una cuestión de predisposición genética, es decir, los factores ambientales –como la experiencia de la vida temprana y la presión de la sociedad— desempeñan un papel considerable. Hurgando las biografías de la escritoras alcohólicas, uno encuentra una y otra vez las mismas historias familiares tristes que están presentes en la vida de los hombres, de Ernest Hemingway a F. Scott Fitzgerald, de Tennessee Williams a John Cheever.

 

Alcohol_3Elizabeth Bishop (imagensamadas.com)

Elizabeth Bishop es un buen ejemplo. Muchos miembros de su familia fueron alcohólicos, incluyendo su padre, que murió cuando ella era un bebé. La vida de Bishop se vio empañada, además, por el tipo de pérdida e inseguridad física a menudo presentes en las historias familiares de los adictos. Cuando tenía cinco años, su madre fue internada. Nunca se volvieron a ver. En lugar de ello, Bishop vivió arrimada entre tías. Fue una joven ansiosa que, cuando era estudiante en el liberal Colegio Smith sólo para mujeres, en Massachusetts, descubrió el uso del alcohol como lubricante social, sin darse cuenta hasta que fue demasiado tarde que era también una potente fuente de vergüenza, por lo que decidió aislarse por su propia elección.

En el poema A Drunkyard, Bishop recurre a incidentes de su propia vida para crear el retrato irónico de un alcohólico con ganas de explicar su sed anormal. “Yo había empezado/ a beber, y beber/ no puedo obtener lo suficiente”, la narradora confiesa, una línea que recuerda la declaración franca de Dream Song de John Berryman: “El hambre era constitucional con él,/ vino, cigarros, licor, necesitar necesitar necesitar”.

La vergüenza era uno de los conductores centrales en la bebida de Bishop: en primer lugar, la vergüenza interna que llevaba desde su infancia y, más tarde, la vergüenza que siguió a sus propias borracheras espantosas. Entonces, también, estaba el asunto de la identidad sexual. Una lesbiana en un periodo en el que la homosexualidad no era sancionada ni aceptada, Bishop encontró su libertad más grande en Brasil, donde vivía con su pareja femenina, la arquitecto Lota de Macedo Soares. Bishop pasó sus años más pacíficos y productivos allí, aunque se intercalaban con la embriaguez, seguido de las inevitables luchas y confusiones, y la disminución alarmante en su salud física.

 

Alcohol_4Patricia Highsmith. ¿Romanticismo oscuro?… (aulavisual.comunidadviable.cl)

La vergüenza fue también un factor en la vida de Patricia Highsmith, que nació María Patricia Plangman en 1921, tomando el apellido de un recuerdo desagradable del hombre del que su madre se divorció nueve días antes de que ella naciera. Patricia no fue exactamente una niña bienvenida. Su madre había bebido trementina a los cuatro meses con la esperanza de abortar el bebé. “Es curioso: adoro el olor de la trementina, Pat”, le dijo la madre más tarde. Esa broma lúgubre recuerda a Cheever, cuyos padres también hicieron intentos por abortarlo. Como Cheever, Highsmith tenía sentimientos complejos sobre su madre, una sensación generalizada de ser fraudulenta, de estar vacía, ser de alguna manera una falsificación. A diferencia de Cheever, sin embargo, ella fue valiente al enfrentarse a la dirección de sus deseos sexuales, aunque ella tenía un sentido a veces agradable, a veces inquietante, de ir a contracorriente de la sociedad.

Highsmith fue una niña ansiosa, culpable, ansiosa y chillona; lúgubre, en sus propias palabras. A los ocho, fantaseaba con asesinar a su padrastro Stanley, y a los 12 fue perturbada por las violentas disputas entre él y su madre. Aquel otoño, la madre de Patricia la llevó a Texas, diciendo que se iba a divorciar y a vivir en el sur con Pat y su abuela. Pero después de unas semanas de esta utopía sólo para mujeres, la señora Highsmith regresó a Nueva York, abandonando a su hija sin ninguna explicación. Dejada en la estacada durante todo un año, Patricia nunca superó el sentimiento de traición, la creencia de que había sido personalmente rechazada.

Su afición por la bebida comenzó cuando era estudiante en el Barnard College de Nueva York. En una entrada de su diario de los años 40, Highsmith escribió sobre la creencia de que la bebida era esencial para el artista, porque le hacía “ver la verdad, la sencillez y las emociones primitivas”. Diez años más tarde estaba describiendo sobre el día en el que se fue a la cama a las cuatro de la tarde con una botella de ginebra después de empinarse siete Martinis y dos copas de vino. Por los años 60 necesitaba el alcohol para seguir adelante y mentía sobre su forma de beber y mentía demasiado sobre todo tipo de detalles, grandes y pequeños, sobre lo buena cocinera y jardinera que era, a pesar de que su jardín en aquella época se secó y que a menudo vivía de cereales y huevos fritos.

Mucho de cómo se sentía y se comportaba lo plasmó en su trabajo, pasándolo de manera fluida a su más famoso personaje. Tom Ripley no siempre es un bebedor fuerte pero comparte su paranoia alcohólica, su culpa y odio a sí mismo; su necesidad de borrar o escapar de su doloroso vacío, lo vuelve más frágil. Siempre se está fragmentando o deslizándose en otras identidades más confortables, aunque esto en sí es vergonzoso y a menudo sirve como impulso para sus asesinatos ocasionales y terribles. De hecho, toda la carrera de Ripley como asesino imita al alcoholismo, ya que es impulsado por una necesidad de repetir constantemente una actividad con el fin de extinguir la pena que la actividad ha causado. Luego, también está el ambiente de los libros, el sentido que se avecina de la ansiedad y de la condena, instantáneamente familiar a muchas otras obras de alcohólicas. Considere el siguiente pasaje de El talentoso Mr. Ripley, en la que Tom está en Roma tratando de convencerse a sí mismo de que no será capturado por el asesinato de Dickie:

“Tom no sabía quién lo a atacaría, si iba a ser atacado. No imaginaba a la policía, necesariamente. Tenía miedo de las cosas sin nombre, sin forma que atormentaban su cerebro como las Furias. Podía pasar por San Spiridione cómodamente sólo cuando unos cócteles habían eliminado su miedo. Luego caminó, fanfarrón y silbando.”

Corte el nombre, y puede ser llevado directamente a The Lost Weekend de Charles Jackson o a casi cualquier página de los diarios embrutecidos de alcohol de Tennessee Williams.

No hay duda de que la infelicidad personal es parte del por qué hombres y mujeres desarrollan el hábito de beber, pero esas historias íntimas dejan fuera algo más grande, algo menos fácil que cualquier desafío personal.

 

Alcohol_5Oliver Smith, Jane y Paul Bowles, New York (www.artic.edu)

¿Qué vidas llevaban las mujeres en occidente durante la mayor parte del siglo XX lo resume hábil y rabiosamente Elizabeth Young en su introducción a Llanura de los placeres, la compilación de historias de Jane Bowles. “Hasta los años 70 las mujeres eran ignoradas y despreciadas”, escribe. “Eran, en masa, clasificadas al igual que los niños en términos de capacidad, pero, a diferencia de los niños, eran el blanco de casi todas las bromas en el repertorio de los comediantes. Eran considerados vacuas, chismosas, vanas, lentas e inútiles. Las mujeres viejas eran brujas, ejes de batalla, suegras, solteronas. Las mujeres eran visibles en el mundo real, el mundo de los hombres, sólo mientras eran sexualmente deseables. Después se desvanecían por completo, enterradas vivas por la combinación espeluznante de desprecio, asco y sentimentalismo con el que eran consideradas”.

A modo de ilustración, Elizabeth Young cuenta una historia sobre la escritora que Truman Capote, William Burroughs y Gore Vidal consideraron entre las más grandes de su época: una gigante de la modernidad. Después de tener un derrame cerebral inducido por el alcohol en la mediana edad, Jane Bowles fue enviada a ver a un neurólogo británico, que condescendiente le dijo: “Usted no está para seguir adelante, mi querida señora Bowles. Vuelva a sus ollas y sartenes, y trate de sobrellevar la situación”.

Este intenso desprecio por las mujeres, esta incapacidad para comprender sus talentos o vida interior, era la norma. Situaciones similares se pueden encontrar en la vida de casi cualquier mujer escritora del siglo XX. Tome por ejemplo a Jean Stafford, quien en la actualidad tiene más posibilidades de ser recordada por su matrimonio con Robert Lowell que por sus cuentos premiados con el Pulitzer o por su extraordinaria novela The Mountain Lion. Esta última obra fue publicada en 1947, mientras ella languidecía en Payne Whitney, un hospital psiquiátrico del estado de Nueva York. Allí, su psiquiatra estaba menos interesado en sus opiniones que en la insistencia de ella en mejorar su arreglo personal, por cambiar su suéter y pantalones holgados habituales por una blusa y una falda, con perlas para la cena. Al respecto Stafford dijo con ironía: “Una chica del College Smith”.

 

Alcohol_6Jean Rhys Linda Grant on Jean Rhys. A Piece of Monologue… (www.apieceofmonologue.com)

No puedo pensar en ningún escritor que exprese mejor esas presiones e hipocresías que la novelista Jean Rhys, que apenas se puede describir como una feminista y, sin embargo, escribió con tanta amargura y tristeza acerca de una gran cantidad de mujeres que su trabajo es preocupante incluso ahora. Rhys nació como Gwen Williams en la isla de Dominica en 1890 de padre británico y madre criolla. Al igual que F. Scott Fitzgerald fue una niña con un sentido de reemplazo, concebida nueve meses después de la muerte de su hermana. Como Fitzgerald, tenía una sensación generalizada de proscripción, de no ser del todo real o legítimamente adorable. Llegó a Londres a los 16 años, como una chica guapa e irremediablemente ignorante. Sus expectativas de una vida nueva y glamorosa se vieron frustradas por la grisura suave, el frío, y la gente competente, y casualmente, cruel. Su padre murió cuando ella estaba en la escuela de teatro, pero en lugar de regresar a casa ella huyó, convirtiéndose en una corista y cambiando su nombre a Ella Gray.

Ella Gray, Ella Lenglet, Jean Rhys, Mrs. Hamer: sin importar con qué nombre viajara, Rhys estaba siempre a punto de ahogarse, siempre frenética por encontrar a un hombre que la acogiera, la levantara y la llevara a un lugar seguro, al mundo de lujo que anhelaba. Sin experiencia para amar, eligió mal o tal vez sólo fue una cuestión de mala suerte, pero el caso es que lo hombres que escogió la abandonaron o eran de alguna manera incapaces de proporcionar el tipo de seguridad financiera y emocional que ella necesitaba. Rhys tuvo un aborto, se casó, tuvo un hijo que murió y una hija, Maryvonne, que pasó la mayor parte de su infancia atendida no sólo por otras personas, sino en países diferentes a los que su madre radicaba; se casó por segunda vez y luego una tercera, y vivió esas desventuras siempre al borde de la indigencia.

En Rhys, el alcohol se convirtió rápidamente en una forma de lidiar con los problemas y la confusión, para borrar los elementos más oscuros, llenando temporalmente un agujero negro insoportable de necesidad. Como su biógrafa Carole Angier lo expresa: “Su pasado la atormentaba, por eso tenía que escribir acerca de él; y luego escribir también la atormentaba: tenía que beber para escribir y beber para vivir.”

Pero lo que surgió de la confusión y el desorden fue una serie de novelas milagrosamente lúcidas: extrañas maravillas y resbaladizas del modernismo, sobre mujeres alienadas, desarraigadas, a la deriva entre Londres y París. Esos libros –Quartet, After Leaving Mr Mackenzie, Voyage in the Dark y Good Morning, Midnight— muestran el mundo tal como se desprende a través de la vista de los desposeídos. Tienen que ver con la depresión y la soledad, sí, pero también con el dinero: el dinero, la clase y el esnobismo, y lo que significa que no puedas permitirte el lujo de comer o que tus zapatos se desgasten y que ya no puedas mantener esa pequeñas ilusiones gentiles, la forma de conseguirlas, de ser aceptado en la sociedad. Rhys es brutal al representar un mundo en el que no hay red de seguridad para una mujer sola que envejece, gastando la única moneda confiable que tiene.

Alcohol_7A Light Darkness. Nordic Women’s Literature (nordicwomensliterature.net)

En la magnificente e inestable Good Morning, Midnight, Rhys muestra con precisión por qué una mujer puede tirarse a la bebida, dadas las pocas opciones de empleo o amor. Al mismo tiempo, y al igual que su casi contemporáneo Fitzgerald, ella utiliza la embriaguez como una técnica del modernismo. La novela está escrita en una primera persona maravillosamente flexible, deslizándose por los cambiantes estados de ánimo de Sasha. “He tenido suficiente de estas calles que sudan un limo frío, amarillo, de personas hostiles, de mi llanto propio al dormir cada noche. He tenido suficiente de pensar, basta de recordar. Ahora whisky, ron, ginebra, jerez, vermut, vino en las botellas etiquetadas “Dum vivimus, vivamus”… Bebe, bebe, bebe… Tan pronto como estaba sobria, volví a comenzar. Tengo que tocar piso a veces. Usted pensará que tengo Delirium tremens o algo”.

Durante la guerra, Rhys desapareció nuevamente de la escena pública, reapareciendo en 1956 después de que la BBC publicó un anuncio en busca de información sobre la autora de la que se creía que ya estaba muerta. Pasó los años 60 naufragando en los llamados Landboat Bungalows en Devon, mientras vivía con su tercer marido, el nervioso Max Hamer, que había estado en prisión por fraude y ahora estaba inválido después de un accidente cerebrovascular. En ese periodo sombrío, Rhys fue atormentada por la pobreza y la depresión extremas, así como por sus vecinos, quienes creían que era una bruja. Fue internada en un hospital psiquiátrico después de atacar a uno de sus vecinos con unas tijeras. Continuó bebiendo sin cesar, peor que antes. De cualquier forma siguió trabajando en una nueva novela, Wide Sargasso Sea, una precuela de Jane Eyre que se basó en su infancia en el Caribe; sus sentimientos de ser una proscrita, la dejaron al frío helado de la intemperie de su inescrutable inglés.

“Nadie”, escribe Diana Athill en Stet, “que haya leído las primeras cuatro novelas de Jean Rhys podría suponer que ella era muy buena en vida, pero nadie que la haya conocido podía saber cuán mala era ella”. Athill se convirtió en editora de Rhys por esa época, se hizo amiga de ella como lo también hicieron Sonia Orwell y Francis Wyndham, quienes fueron las protectoras y guardianes de su renacimiento, del éxito que le llegó demasiado tarde y después de mucha dificultades lograron sacar a luz el mundo interno devastado de Rhys.

En sus escritos sobre Rhys, Athill especula sobre la que puede ser la cuestión central del escritor alcohólico, que es cómo alguien tan malo en la vida, tan incapaz de hacer frente a problemas y tomar la responsabilidad de su propio desorden puede ser tan bueno al escribir, por lo que mira con fijeza hacia lo que son los puntos ciegos totales. “Su credo –tan simple de establecer, tan difícil de seguir— es que ella tiene que decir la verdad: hay que conseguir las cosas como realmente fueron… ese feroz esfuerzo le permitió escribir a través de la comprensión de su propia naturaleza dañada”.

Ese furor está en todas partes de la obra de Rhys, convirtiendo la autocompasión en una crítica despiadada. Ella muestra cómo funciona el poder y cómo la gente puede ser cruel con quienes están por debajo de ella, dejando al descubierto, también, cómo la pobreza y las costumbres sociales apiñonan a las mujeres, limitando sus opciones hasta una celda de Holloway y en una habitación de un hotel de París llegando a parecer casi indistinguibles. No es de ninguna manera una especie de triunfo del feminismo, una afirmación de la independencia y la igualdad, sino más un conteo salvaje, encantado, de tarjetas apiladas y dados cargados que pueden conducir incluso a la mujer más sana a beber, beber y beber.

 

Tomado de: The Guardian. Junio 13, 2014.

Traducción: José Luis Durán King.