La media naranja de Nabokov

Lo que parece emerger en las cartas de Vladimir a Véra Nabokov es el retrato de un matrimonio con el que la mayoría de los escritores masculinos sólo pueden soñar: una esposa que dedica todo su talento, energía y carácter acerado a nutrir el genio de su marido y a la promoción de su fama

POR Donald Rayfield

Lo que parece emerger en las cartas de Vladimir a Véra Nabokov es el retrato de un matrimonio con el que la mayoría de los escritores masculinos sólo pueden soñar: una esposa que dedica todo su talento, energía y carácter acerado a nutrir el genio de su marido y a la promoción de su fama

Vladimir_1Arte y ajedrez: la partida infinita (esquimal.ucoz.com)

Las cartas de Vladimir Nabokov pueden ser tan bienvenidas por sus destinatarios como una pregunta del recaudador de impuestos o el reproche de un ex cónyuge. Su partidario estadounidense más incondicional, Edmund Wilson, fue reprendido por un “enamoramiento desesperado con la lengua rusa” y por la “incomprensión incomprensible de… Eugene Onegin. El muy denostado primer biógrafo de Nabokov, Andrew Field, que intentó con demasiados esfuerzos sondear a amigos, parientes y antepasados, no sólo fue calificado de “rata” escribiendo “tripas”, sino que también dijo: “El estilo y el tono de su obra están más allá de la redención”. Sin embargo, dentro del pequeño círculo interior formado por su esposa, Véra, y su hijo Dmitri, Nabokov era infaliblemente cariñoso y atento, y en toda la correspondencia que sobrevive son pocas las picaduras de escorpión. Tal vez el único aspecto escalofriante es que tal amor por su esposa y su hijo dejó a Nabokov con relativamente poca simpatía por su madre viuda y sus hermanos.

Las cartas abarcan 53 años; el fajo va de mediados de los años 20 a los 30, cuando Vladimir y Véra estuvieron en diversos países europeos; él, como muchos literatos emigrados rusos, buscaba desesperadamente editores, traductores, empresarios académicos y permisos de residencia, mientras que ella permaneció en Berlín, donde trabajaba como secretaria. A partir de 1940, instalado en Estados Unidos, y luego de vivir de las ganancias de Lolita en el mejor hotel de Montreux, la pareja se separó sólo de manera esporádica, por lo que se esclarece poco la fase del idioma inglés en la carrera de Nabokov. Véra escribía sólo cuando sentía que era necesario y por sí misma se abocó a los problemas esenciales de todos los días. Por lo tanto, no se perdió mucho cuando se destruyó todo, pues son escasas las frases de ella en las cartas de Vladimir.

Lo que parece emerger es el retrato de un matrimonio con el que la mayoría de los escritores masculinos sólo pueden soñar: una esposa que dedica todo su talento, energía y carácter acerado a nutrir el genio de su marido y a la promoción de su fama. (El biógrafo de Véra, Stacy Schiff, simplemente la llama “gruñona, dama-dragón, al tiempo que comparó su forma de extraer información con un gato enojado en su jaula de veterinario.) En el prólogo de Letters to Véra, Brian Boyd presenta una versión condensada de la extensa y canónica biografía de Nabokov. Su primera frase –“Ningún matrimonio de un gran escritor del siglo XX duró más que el de Vladimir Nabokov”— es su única llamada equivocada: el matrimonio de 65 años de Anthony Powell con Violet Pakenham es el que posee el mayor récord. Frustrado por la manipulación de los Nabokov, el autor confió demasiado en el chisme, la especulación y el psicoanálisis; Boyd, quien ganó la confianza de toda la familia y que se apegó a documentos o fuentes corroboradas y respetables, dejó, sin embargo, que su amor por Nabokov restara importancia, e incluso ignorara, hechos incómodos.

Uno de esos hechos fue el asunto de faldas de Nabokov en el París de 1937 con la joven emigrada rusa Irina Guadanini. Está claro (según otras fuentes) que Véra estaba atorada en Praga con su suegra y su pequeño hijo, señala una carta anónima sobre ese affair.

El contenido de las cartas de ella a Nabokov, de que la primavera y el verano sólo pueden ser adivinados; el tono nervioso que entre mezclas de cariño empalagoso de Nabokov con la autojustificación irritable, desmiente la sinceridad de sus declaraciones durante los 14 años anteriores: “Me puedo imaginar lo cansada que estás, amada mía, y además tensa, pero créeme, nos irá mucho mejor en el verano”. Boyd rechaza que Irina fuera una “poeta de medio tiempo que se ganaba la vida como un perro-peluquero”, lo que sería tan injusto como llamar a Catherine Walston, el gran amor de Graham Greene, una bailarina de salón de medio tiempo que disfrutaba jugar Scrabble.

 

Vladimir_2Literary Lovers (literarylovers.tumblr.com)

Los poemas de Guadanini (publicados en Munich en 1962 y Rusia en 2012) incluyen una serie lírica que es tan buena como la de Nabokov; y mucho después de que el asunto de faldas se rompió por la insistencia de Véra, los dos interactuaron en su trabajo. En 1961, Irina publicó con el seudónimo Aletrus una narración, Tunnel, que no sólo describe el final de su aventura, sino que también hace eco del epílogo de la también suprimida The Magician de Nabokov, una historia que ella había oído de su mejor amigo, un médico que trató a Nabokov de la psoriasis que padecía durante su affair. Las ediciones posteriores de Lolita incluyen un epílogo en el que Nabokov afirma haber sido inspirado por la viñeta de un mono dibujando en los barrotes de su propia jaula; la idea no está conectada a algún tema de la novela, pero hace eco a una imagen en un poema de Guadanini.

En la última carta de Nabokov a Irina le dice “regresa a mis cartas. Había mucho de exageración de escritor en ellas”. Sin embargo, Nabokov no cometió una última crueldad. De no haber abandonado a Véra, ella (una judía) y su hijo habrían sido asesinados por los nazis –al igual que su hermano homosexual, Sergei—, además de que probablemente Nabokov no se habría convertido en un importante novelista del idioma inglés. Aun así, el cariño de la intimidad matrimonial tomó tiempo para que se restaurara. Lo que no surgirá de las cartas es el hecho de que Véra tomó el cuidado total tanto de los instintos de autoconservación de los estudiantes del Wellesley College, como de Vladimir, protegiéndolo de no ir demasiado lejos con cualquier otra joven, de las muchas hembras jóvenes aduladoras.

El problema con la traducción de las cartas privadas de Nabokov en inglés, como Olga Voronina lo deja claro en su prólogo, es que los diminutivos, tan naturales en ruso, suenan tímidos, incluso enfermizos en inglés: “Mosquitito”, “Gansitito”, y así sucesivamente, habrían resultado mejor sólo como “Mosquito” y “Gansito”. Una vez que la vergüenza es superada, ¿qué nos ofrecen las cartas? La servidumbre y la miseria de los rusos con talento tratando de conseguir un lugar en los mundos académico y literario de Europa Occidental están mejor presentadas por Nabokov en su ficción, sobre todo en su mejor novela rusa, The Gift.

 

Vladimir_3Vladimir Nabokov in Salt Lake City with son, Dimitri, and wife, Véra (n-townadventures.blogspot.com)

En Cartas a Véra, Nabokov no escatima con sus opiniones, que a menudo eran deliciosamente escandalosas, sobre colegas escritores, aunque André Gide es ahora añadido al montón de basura en el que ya había vertido a TS Eliot y Thomas Mann. Ahora podemos dudar de la ignorancia confesada de Nabokov del alemán. La explicación persistente acerca de su estancia en Berlín, donde los nazis hicieron del asesino de su padre uno de los líderes de la comunidad rusa, era que al menos mantuvo pura su esencia rusa, ya que él no sabía el idioma de esa ciudad alemana. Esto es desconcertante, ya que su obra muestra señales de que había leído a Kafka en el original.

Al informar sobre sus encuentros en el extranjero, Nabokov a veces trató de tranquilizar a Véra, enfatizando los defectos de las mujeres hermosas (a Nina Berberova le sobresalen las encías y sus caderas son como bolsas de lavandería; Nadezhda Lokhvitskaya es “una mujer madura espantosa, con una cara como un chanclo”). También evaluaba constantemente el grado de judeidad u homosexualidad en los hombres que conocía. Como Véra Nabokov era judía y enemiga acérrima del antisemitismo, lo primero sólo puede ser visto como un remanente de prejuicios aristocráticos de Rusia; lo segundo fue probablemente debido a la incomodidad que Nabokov sentía por tener un hermano y un tío flagrantemente homosexuales. Sin embargo, dada la frecuencia de las observaciones de Nabokov –“los pederastas estaban en pie de guerra [en] la vida de Chaikovsky”, por ejemplo— no se puede culpar al biógrafo Andrew Field por sus provocativos intentos de aplicar la teoría freudiana en su tema.

Las características favorables surgen también. Nabokov era aficionado a los animales y, como Chéjov en sus años de Yalta, tuvo problemas para liberar a los ratones domésticos que su sirviente había capturado. Sus técnicas de enseñanza de idiomas eran innovadoras, mostrando cómo el inglés, repitiéndolo rápidamente, se puede transformar en ruso. En las cartas escribe que “yellow-blue bus”; en Wellesley College esto se convirtió en “yellow-blue vase”, que si se pronuncia rápidamente se convierte en Ya liubliu (“I Love You”).

Las cartas felices de amor, al igual que las familias felices, tienden a ser menos interesantes que las infelices. Este libro no va a transformar nuestra comprensión de Nabokov el escritor o el hombre –en cualquier caso, muchas de esas cartas ya han sido utilizadas por los biógrafos o incluidas en selecciones anteriores de la correspondencia de Nabokov. Pero la traducción ejemplar y sus anotaciones convierten a esta colección en una biografía en sí misma.

 

Vladimir Nabokov. Letters to Véra. (Traducido y editado por Olga Voronina y Brian Boyd) (Penguin Classics).

 

Tomado de: Literary Review. Septiembre, 2014.

Traducción y edición: José Luis Durán King.