Recetas para escribir cuentos en México

Para fortuna nuestra, México es un país con una tradición de grandes cuentistas, por lo que siempre tenemos a la mano algo que leer del género, para bien o para mal, y también de muchas antologías de cuentos, a mi parecer excesivas y algunas de ellas…

Por Óscar Garduño Nájera

Para Andrea Aguilar,

 quien inspiró estas reflexiones.

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Fotografia: Mary Abbiati

En la antología de cuento Tentación de decir, editada por la Universidad de Chapingo hace ya algunos años, con autores como Miguel Ángel Leal Menchaca, Severino Salazar, Rolando Rosas Galicia, Eusebio Ruvalcaba, entre otros, leí un epígrafe de Augusto Monterroso donde decía que no había recetas para escribir cuentos, que aquel que decía saberlas se le notaba a las primeras y aburría, algo así. Dentro de los géneros literarios, me parece que el cuento es el que mayor exige no solo al autor, quien debe tener la puntería y la precisión de quien avienta cuchillos a ojos cerrados sin querer herir a la mujer barbuda, sino al lector, quien una vez terminada la lectura de un buen cuento debe reunir todos los elementos narrativos, aquellas pistas que el autor le ha puesto en el camino, para así llegar a disfrutar del gran banquete que significa enfrentarnos a un género de tal magnitud.

En el cuento se trata de ganar con ese pounch que bien señaló Julio Cortázar al comparar el cuento con la novela, la cual debe ganar por decisión unánime, de esa brevedad que en su momento recomienda Horacio Quiroga en su famoso y apreciado decálogo del buen cuentista, del peso justo de cada palabra que podemos apreciar en los mejores cuentos de Jorge Luis Borges, quien acaso nos da lecciones de una maestría absoluta no sólo en cuanto al manejo de las técnicas narrativas, sino en la construcción de los personajes, el manejo de los tiempos narrativos, la posibilidad de abarcar el universo entero con un solo y magistral cuento.

La verdad es que sólo quien se aventura a escribir un cuento sabe bien a lo que se enfrenta, aunque también hay que aclarar que los cuentos han estado al alcance de los oídos desde siempre, desde que los primeros hombres se dieron a la tarea de encontrar alguna explicación a los fenómenos naturales, al mundo que se les presentaba, cuando tomaron posesión de la palabra y, bajo el influjo de ella, concebían mitos, como bien lo señala en distintas ocasiones Mircea Eliade, hombres que se reunían en torno a una fogata y daban la palabra a uno de ellos para que contara, para que les armara una historia que les echara a volar la imaginación; y lo mismo ocurre a diario cuando contamos algo a alguien, chismes, anécdotas que sobrevuelan a nuestro alrededor sin que nosotros nos percatemos de ello, hasta que para fortuna nuestra llega alguien que escribe cuentos, estira el brazo y las pesca, toma la historia, se queda con ella, es como una punzada que le persigue día y noche, la compone y la descompone, luego al fin se sienta, escribe las primeras líneas, acaso temeroso, pues miente quien diga que no teme enfrentarse a la página en blanco, luego revisa, ya está, un cuento, una narración con un principio, un deselance, una parte media (clímax), y uno que otro momento de tensión, según los requiera el lector.

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Ignoro si todavía se sigan llevando a cabo, pero hasta hace algunos en México, gracias al trabajo generoso de Jaime Erasto Cortés, acaso tótem en lo que a historia del cuento en México se refiere, y quien se ha dado durante años a la tarea de reunir uno de los archivos Hemerocríticos de escritores más trascendentes para estudiosos de la literatura, se reunían anualmente autores para presentar ponencias respecto al cuento, de esos encuentros salían Antologías donde uno podía leer con detenimiento cada una de las ponencias. En verdad se trata de una colección maravillosa (también ignoro cuántos ejemplares son), pues se revisaban desde aspectos teóricos del cuento hasta generaciones de escritores mexicanos dedicados al género, ahora recuerdo con emoción los textos de Josefina Estrada, quien nos dice cómo llego al cuento y a qué se enfrenta un cuentista. También los textos de Guillermo Samperio, quien no sólo se ha dado a la tarea de reunir la teoría de algunos de los mejores cuentistas, sino que imparte talleres de cuento donde explica y trabaja con su propia teoría, publicada ya por Alfaguara. Y cómo olvidar Paseos por el cuento mexicano contemporáneo (Nueva Imagen, 2004), Cartografías del cuento y la minificción (Renacimiento, Sevilla, España, 2005), y Cómo estudiar el cuento (Trillas, 2009) del maestro Lauro Zavala, vitales para quienes se quieren adentrar en el mundo narrativo, seguir la pista de grandes autores mexicanos y rastrear una bien cimentada bibliografía. No hay que olvidar tampoco a Alberto Chimal, pues muchos de los jóvenes cuentistas que hoy nos presentan sus trabajos se forjaron en su ya legendario taller de cuento, porque si alguien sabe del género en México es él. Sé que hago omisiones importantes, pero en el momento que escribo esto lo hago con las herramientas que nos proporciona la buena memoria de un lector agradecido con todos y cada uno de ellos.

Sin embargo, también conviene aclarar que en la época en que vivimos se nos ofrecen cuentos que no son cuentos con la siempre falsa llamarada de nombrar experimental a lo que no tiene ni pies ni cabeza, jóvenes autores que por simple flojera no leen a los grandes del cuento para tomar sus primeras lecciones, jóvenes que se aventuran a escribir sin ni siquiera conocer las características principales de cada género literario, por lo que lo suyo se podría considerar no como literatura experimental (caduca acaso con los franceses en los ochenta) y sí basura, desperdicio de palabras (y de árboles, lo que es peor) sin rumbo ni sentido, por eso también destacan jóvenes que se atreven, que son buenos cuentistas incluso a su corta edad, que entregan al lector verdaderas proezas del género, como lo es, por ejemplo, Daniel Espartaco Sánchez, quien obtuvo el premio Comala de literatura por el libro Cosmonauta,seleccionado por la revista Nexos como uno de los mejores del año en 2011, recomendable del todo, cuentos casi perfectos, me atrevería a decir, lamentablemente la edición corrió a cargo de Tierra Adentro, por lo que hoy es casi imposible dar con un ejemplar, e ignoro si ya hay en el mercado una nueva edición, que miren que bien valdría la pena; otro caso sería el de Ruy Febén, ganador del mismo premio,  quien trabaja cuentos bien planteados, no tan de fácil lectura, exigentes con el lector, tal vez otra de las características de un buen cuento. O qué decir de Navíos y naufragios de José Antonio Aspe, quien también se dedica a impartir talleres desde hace varios años, sabe lo qué son los cuentos y en su libro, editado por la UNAM, nos presenta auténticas bellezas narrativas, de esos que uno lleva siempre en la memoria porque no se olvidan, te quedas atrapado con una prosa en ocasiones delirante. O el caso de Mauricio Carrera y La viuda de fantomas, editado por Lectorum, cuentista también de muy buena calidad que trata temas sórdidos y duros de roer para cualquier conciencia (recomiendo el cuento “Pastel de chocolate”). O el de De qué lado mascan las iguanas de David Magaña, libro de cuentos que desafortunadamente hoy por hoy es casi toda una proeza conseguir, otro de los que no le vendría nada mal una nueva edición, los lectores lo agradecerían. Ni qué decir de José de la Colina, pues quien se diga cuentista ha pasado por sus cuentos de prosa perfecta, bien sopesada y cimentados, y de quien uno aprende más de una lección. Harán falta autores, lo sé bien, ustedes pueden completar la lista.

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Para fortuna nuestra, México es un país con una tradición de grandes cuentistas, por lo que siempre tenemos a la mano algo que leer del género, para bien o para mal, y también de muchas antologías de cuentos, a mi parecer excesivas y algunas de ellas hechas sin más criterio que el que impone el mercado editorial o el grupo de amigos de cantina, donde uno puede dar con autores cuya pista bien vale la pena seguir, o autores cuya pista bien hace uno en borrar de tan malos que son, esos que acaso sacarán dos o tres libros más de cuentos, ediciones pagadas o en editoriales importantes, pero que con el paso de los años, juez duro que valora la literatura de cualquier país, se desplomarán porque creían saber las recetas para escribir cuentos, porque acaso no leyeron previamente el epígrafe de Augusto Monterroso y otro cantar y contar sería si lo hubiesen hecho.