Dinosaurios: milagros pequeños, milagros grandes

Una propuesta teatral sólida, con una hermosa historia de amor y de odio, de encuentros y desencuentros, de vida y de muerte y, sobre todo, de tiempo, ese mismo tiempo que se nos congela moribundo entre las manos, con personajes que de tan comunes y corrientes alcanzan a sorprendernos

POR Óscar Garduño Nájera

Una propuesta teatral sólida, con una hermosa historia de amor y de odio, de encuentros y desencuentros, de vida y de muerte y, sobre todo, de tiempo, ese mismo tiempo que se nos congela moribundo entre las manos, con personajes que de tan comunes y corrientes alcanzan a sorprendernos

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En esta ocasión hablaré de una propuesta teatral que se titula Dinosaurios y que no hace referencia a ellos sino hasta el final, por lo que es como para dar la media vuelta, pensar que alguien nos juega una broma con el título, salir, comprar un dinosaurio de plástico (¿alguien se acuerda de ellos?) y jugar con él bajo la regadera.

“No le ha ido tan bien a la obra, supongo que es por el título, no llama mucho la atención”, me comenta la responsable de recoger los boletos de acceso al foro la Gruta del Centro Cultural Helénico minutos antes de entrar. Pienso. A eso nos estamos acostumbrando, a las formalidades escolares y la obviedad en los títulos de las obras artísticas, y lo que es peor: como espectadores en ocasiones nos dejamos influir más por los títulos de tal o cual película u obra de teatro que por lo que realmente trasciende: su contenido. Y si bien es cierto que un título es capaz de jalar públicos cautivos en busca de nuevas propuestas, también lo es que la transgresión en los títulos ha dado muy buenos resultados: piensen ustedes en algunos títulos de cuentos de Julio Cortázar, piensen ustedes en algunos títulos de obras de teatro de Strindberg, Ibsen o Beckett, piensen ustedes en algunos títulos de novelas de Quim Monzó, etcétera. Así que primer punto antes de proseguir: no se fíe usted del título de la obra, por favor, no se trata de una obra idiota de teatro infantil donde subestiman a tal grado la capacidad intelectual de los niños que se cree que por ponerles enfrente un payaso con la misma cara de idiota y el adjetivo de “infantil” tienen que reír. En esta obra ustedes no verán a Dino, el de los Picapiedra, alcoholizado y contando sus desventuras (aunque no es mala idea). Nada de eso.

Dinosaurios ofrece una propuesta teatral sólida, con una hermosa historia de amor y de odio, de encuentros y desencuentros, de vida y de muerte y, sobre todo, de tiempo, ese mismo tiempo que se nos congela moribundo entre las manos, con personajes que de tan comunes y corrientes alcanzan a sorprendernos (¿cómo es que consigue esto el teatro?). Nos hemos olvidado que el teatro también tiene historias que contarnos y que lo hace con sus propios recursos, lección ésta básica quizás desde el teatro Isabelino.

Un hombre y una mujer en una estación de trenes de ésas que por lo menos a mí me alcanzan para armar toda una historia, por la atmósfera que de ellas se desprende, por lo que significa para cualquier narración; también un farol encendido y una banca.

Disfruten la propuesta visual de una escenografía sencilla (trabajo destacado de Talya González Buenrostro) que ofrece Dinosaurios, verán cómo se amarra bien al texto de Santiago Serrano, relación que en muchas ocasiones pasan por alto los que hacen teatro, porque acaso creen que no hay relación alguna entre los elementos visuales y escenográficos y los elementos dramatúrgicos.

 

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Nicolás (Luis Maya) me trajo recuerdos de Niujin, aquel personaje tan duro del monólogo Sobre el daño que hace el tabaco de Anton Chejov. Es como si al terminar de dar su conferencia, Niujin se liberara al fin de su terrible esposa al acudir a la estación de trenes. Hay que agregar que Nicolás carga su propia historia, que la desarrolla conforme las circunstancias dramáticas lo exigen. Al llegar a la estación de trenes se encuentra con una escandalosa Silvina (Karina Díaz), personaje complejo, encantador, lleno de matices, en constante rebeldía consigo misma, aunque de entrada no nos lo parezca. Conforme transcurre la obra, Silvina enfrenta sus temores, vence así lo idílico pero absurdo de vivir en un tiempo pasado donde todo ya ocurrió, poblado por estatuas de sal que viven con la única seguridad de que ahí nadie se puede volver a equivocar. He aquí una de las claves para asociar el título con la obra.

También me parece destacado el mano a mano actoral: cada movimiento, cada gesticulación, cada palabra, son realmente importantes, pues es de esta manera que la obra se sostiene, y vaya que lo hace.

Es importante reconocer una dirección escénica bien trazada a cargo de Yulleni Pérez Vertti, quien sabe lo que hace, mueve a los actores, sorprende, explota el espacio escénico en todas sus dimensiones, algo que al menos yo agradezco. Ustedes no se pueden quedar sin ver Dinosaurios, vale la pena, se los aseguro… en cuanto al título, mejor lleguen ustedes al final de la obra, y me cuenta cómo les fue.