El cadáver de la novia

En abril de 1933, Carl von Cosel robó el cadáver de su novia Elena Hoyos. Unió los huesos del cuerpo con alambre, reemplazó la piel putrefacta con tela, rellenó la cavidad abdominal con harapos, le puso una peluca y colocó ojos de vidrio en las cuencas vacías del cadáver. Un tubo de metal envuelto en seda hacía las veces de vagina

POR José Luis Durán King

En abril de 1933, Carl von Cosel robó el cadáver de su novia Elena Hoyos. Unió los huesos del cuerpo con alambre, reemplazó la piel putrefacta con tela, rellenó la cavidad abdominal con harapos, le puso una peluca y colocó ojos de vidrio en las cuencas vacías del cadáver. Un tubo de metal envuelto en seda hacía las veces de vagina

CoselCarl von Cosel: la historia de “amor” de un necrofilíco (webinteresante.com)

Pocos hombres han amado con tanta fuerza y sinceridad como amó Carl von Cosel. Todas las noches limpiaba a la depositaria de su pasión –siempre recostada, vestida con traje de novia—, le aplicaba cremas y perfumes, platicaba con ella, y cuando escuchaba alguna mala palabra, la reprendía. El hombre contaba que en un viaje por Génova, Italia, el fantasma de un ancestro suyo, Anna Constantia von Cosel, le reveló que el gran amor de su vida sería “una exótica mujer de cabello negro”.

Al parecer el señor Cosel no tomó mucho en cuenta la revelación de la condesa, ya que su mujer, a la que conoció en Dresden, Alemania, y con la que tuvo dos hijas, era rubia y no tenía nada de exótica. De cualquier forma, con su cónyuge y sus dos descendientes emigró a Zephyrhills, Florida. Sin embargo, al obtener un empleo como radiólogo y patólogo en el Hospital de la Marina en Cayo Hueso, no tuvo empacho en dejar a su familia e ir en pos de una nueva vida.

De acuerdo con los testimonios que aportaron en su momento las personas que lo conocieron, Cosel era un hombre afable, aunque bastante excéntrico, tanto que construyó un taller en la casa donde vivía, en el que instaló, como un moderno doctor Frankenstein, aparatos eléctricos, órganos musicales, y reconstruyó un avión con piezas de desechos y reliquias militares, al que llamó “Condesa Elaine”. Pero su taller-laboratorio no sería lo único que lo identificaría con el científico loco de la memorable novela de Mary Shelley.

El 22 de abril de 1930 finalmente conoció a la mujer exótica de cabello negro, Elena Hoyos, de 22 años, cubana de nacimiento, quien llegó al Hospital de la Marina a realizarse unos estudios. La buena noticia era que Cosel había encontrado a su revelación; la mala era que Elena tenía tuberculosis, y muy avanzada.

Pese a los esfuerzos de Cosel para que su amada se curara, aplicándole incluso una terapia primitiva de la quimioterapia, la joven murió el 25 de octubre de 1931. Deshecho por la pérdida de su amada, Cosel pagó los gastos del sepelio de Elena y obtuvo la autorización de la familia para construir un mausoleo, al que visitaba todas las noches, entre otras cosas, para preservar el cadáver con formaldehido.

En abril de 1933, Cosel ya no pudo soportar la pena de vivir alejado de su novia y decidió robar el cadáver. En el interior de su destartalado avión, el hombre unió los huesos del cuerpo con alambre, reemplazó la piel putrefacta con tela de seda, rellenó la cavidad abdominal con harapos, le puso una peluca y colocó ojos de vidrio en las cuencas vacías del cadáver. Para evitar en lo posible el avance de la descomposición, Cosel utilizó preservadores y, por supuesto, grandes cantidades de perfume para contrarrestar el peculiar aroma putrefacto. Además, la vistió con un traje de novia, con todo y velo.

Fue hasta 1940 que una de las hermanas de Elena se enteró que el cadáver de su familiar había sido robado. Fue con la policía y ésta acudió a la casa de Cosel, quien nunca intentó ocultar el cuerpo de su amada. Los especialistas que examinaron los restos de Elena Hoyos registraron la presencia de un tubo de metal envuelto en seda que hacía las veces de vagina y que, obvio, fungía para el que el hombre sintiera que tenía actividad sexual con la muerta.

De forma inexplicable, una vez realizados los estudios, el cadáver de Elena fue expuesto al público en una funeraria, donde fue visitado por más de 6 mil personas. Carl von Cosel quedó en libertad a causa de que, de acuerdo con las autoridades, cualquier delito que hubiera cometido al robar el cadáver, había expirado.