Así en los servicios de una escort

“Se equivocan las que creen que somos víctimas de los hombres, eso no es cierto, porque finalmente haces lo haces porque quieres; en mi caso nadie me obliga, yo lo hago porque es una manera de ganar dinero, y en cualquier trabajo lo ganas, finalmente estás dando un servicio por una paga”

POR Óscar Garduño Nájera

“Se equivocan las que creen que somos víctimas de los hombres, eso no es cierto, porque finalmente haces lo haces porque quieres; en mi caso nadie me obliga, yo lo hago porque es una manera de ganar dinero, y en cualquier trabajo lo ganas, finalmente estás dando un servicio por una paga”

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Hacemos las cuentas. En realidad únicamente nos imaginamos que las hacemos porque luego lo pensamos bien y nos da flojera. Tampoco es que alguien nos pase papel y lápiz. Como no damos con el resultado de la división, nos gana una risita nerviosa. “Han de ser muchos hombres”. Es lo que le digo, intento entrar en confianza a la vez que juego con una antología de cuento latinoamericano que traigo entre las manos. Ella mueve la cabeza. Dice que sí. Un año. Es lo que Karla Martínez lleva como escort, servicio sexual que también recibe el nombre de chica de compañía o call girl. Aproximadamente 50 hombres es lo que lleva en ese año. Un amplio porcentaje son clientes frecuentes que la llegan a contratar incluso durante todo un fin de semana. Me sonríe. Para casos así (especiales) maneja otra tarifa. 2mil 500 pesos el día. Pregunto si también cuenta la noche. “¡Claro!, y sin importar si me duermo o no, eh”.

Hay una diferencia entre una escort y una prostituta, y Karla se encarga de aclararlo. “Nosotras no nos exhibimos para que el hombre pague por nuestros servicios”. Habla de manera pausada, cambia su semblante jovial, muestra una seriedad que no le había visto hasta ahora. “Mira, conmigo, por ejemplo, el cliente hace la cita vía telefónica o vía WhatsApp una vez que lo acepto en mi perfil de Facebook; luego acordamos el tiempo que requiere del servicio y el hotel. Por lo general llego después de que ellos lo hacen. En un mensaje me mandan el número de la habitación. Sólo trabajo en hoteles que se encuentren dentro de mi zona de trabajo”.

Entrelaza las manos sobre las piernas. Trae puesta una blusa rosa de tirantes, una chamarra de piel negra, un pantalón de mezclilla, que en realidad, me comenta después, es de licra y unas zapatillas negras de cinta al tobillo con tacón de aguja. En su mano izquierda porta tres anillos. “¿Qué más quieres que te diga?” Los costos. Hablamos de lo que incluye su servicio. “Cobro 800 pesos por hora”. Bebe de su café. La taza amarilla queda con la marca rojiza de de su lápiz labial. “El servicio incluye relaciones sexuales ilimitadas, que el cliente me haga todo el sexo oral que quiera, o que me pida que se lo haga, nada de sexo anal, eso ni aunque el cliente pague más. ¿Sabes?, hay muchos hombres que son bien pinches necios, les dices por mensajes que no prácticas sexo anal y cuando llegas al hotel es lo primero que quieren. Son sorditos. También te incluye todas las posiciones que se puedan”. Antes de la charla le he compartido un texto mío que habla acerca de las posturas sexuales, de los frustrados malabaristas que en ocasiones son las parejas. Me dice que hasta donde el cuerpo pueda. “Luego quieren hacer unas que na’más no, ni te alcanzas a estirar”.

 

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Le pregunto acerca de la protección durante las relaciones sexuales. Explica: “Siempre es con condón”. Pero seguro te has encontrado con hombres que insisten en tener relaciones sexuales sin condón, ¿no es así? Antes de contestar echa hacia atrás su alaciado cabello oscuro con la mano derecha. “Sí, muchos hombres, pero todo es con protección”. Me entero que en el caso del sexo oral es distinto. “Mira, el sexo oral lo realizo con o sin condón”. De qué depende. “De la higiene que le vea una al hombre”. Antes de que lo señale, ella me lo dice. “El servicio incluye cambio de lencería”. Le platico acerca de una agencia de escorts que ofrece la opción de mujeres que van disfrazadas a brindar el servicio. Tú llamas por teléfono, hacen el cargo a tu tarjeta de crédito y te dan opciones: colegiala, aeromoza, mesera, maestra (pongan ustedes los disfraces más disparatados que se les ocurran). “La verdad no lo hago. ¿Sabes por qué? Hay clientes que te piden ir casi encuerada, y pues no puedes salir de tu casa así”.

Ella tiene tres hijos. Al mayor le gusta mucho la lectura. Me dice que se devora los libros en semanas y que los tres tomos de Cincuenta sombras de Grey las leyó en mes y medio. “A mí también me gusta, pero soy lenta, muy lenta para leer”. ¿Tus hijos saben a qué te dedicas? “No, claro que no. Cuando voy a dar un servicio les digo que voy al centro comercial, que voy a ver a una amiga; además, no me tardo mucho, porque la zona en la que doy los servicios es cerca de donde vivo”.

Lo que me cuenta a continuación exige pausas. Su mirada por momentos se nubla, llora, la manera en que lo hace es extraña: puedo jurar que sus lágrimas son invisibles, que de alguna manera no alcanzan a hundirse en el maquillaje, pero llora, y lo hace hacia dentro. Hay mujeres y hombres que lloran así, vayan ustedes a saber si se trata de no dejar ir al llanto, de retenerlo en lo que sea que haya detrás de la mirada, y entonces me cuenta una experiencia desagradable y cedo todo el relato, no hace falta más que una primera persona para una narración así:

“Mira, cuando empecé a trabajar de escort conocí a un cliente que es de Toluca. Como ya te dije antes, yo no trabajo fuera de mi zona, pero él era un tipo muy astuto, así que lo primero que hizo fue ganarse mi confianza, aparte de que pagó por adelantado. Dije: ‘Qué es lo que puedo perder si finalmente ya pagó por el servicio; si no llega es dinero perdido para él’. Le dije que sí y fui a Toluca.

“Él me había manejado en el Facebook un perfil de un hombre de unos 40 años. Sí, ese era su perfil de Face. Sí, esa era su foto de perfil. ¡Pero cuando estaba más joven! Entonces, llegué a la terminal de Toluca, le marqué a su celular y le dije que ya había llegado; me pidió que lo esperara en un café, que le dijera cómo iba vestida.

“Y sí, llegó luego de unos cuantos minutos. Sin embargo, se trataba de una persona mayor, de unos 70 años. Cuando me saludó me llegó su aliento alcohólico. Lo primero que me dijo es que su coche lo tenía estacionado a la vuelta de la esquina. Llegamos, me subí y me percaté que traía una botella de tequila. Yo le comenté que sus dos horas (era lo que había pagado) ya estaban corriendo. Me dijo que no había problema, que si se llegaba a pasar me pagaba lo que hiciera falta.

“Cuando llegué a Toluca eran las cuatro de la tarde, pero él agarró la carretera y repentinamente me dijo: ‘Es que no vamos a ir a mi casa, sino a otro lado’. Y agarró la autopista que lleva a Guadalajara. Me hice miles de preguntas y me puse a llorar, asustada, le supliqué que regresara, pero no me hacía caso; al contrario, me dijo que quería que le hiciera sexo oral ahí, en el carro. Le dije que no, ya estaba muy asustada, no sabía hacia dónde íbamos. Aceleró y me dio un golpe en la cara. Tuve más miedo, porque íbamos en una autopista, ya había oscurecido y yo lloraba y lloraba, y él en cuanto me veía que lo hacía se alteraba más.

“Se estacionó. Quería tener sexo ahí, en el carro. Para mi buena suerte, como a los diez minutos se estacionó otro coche atrás de nosotros. Como no veía bien, él pensó que era una patrulla, para esto ya me había quitado mi bolsa y la había metido a un lado; pero en eso se descuidó espejeando para ver quién era el del otro coche y justo cuando se da cuenta que no se trataba de una patrulla, abrí la puerta y salí.

“Llegué con el muchacho del otro carro (iba solo) y le pedí auxilio. Intenté contarle todo lo que me había pasado. ‘No te puedo ayudar’, me dijo. ¿Qué iba a hacer en medio de una autopista? Me eché a correr en dirección contraria a la circulación vehicular, la persona con la que acababa de hablar me alcanzó y me preguntó si era en serio lo que le había dicho, ‘es que yo pensé que venías con él y a lo mejor me asaltaban’.

“Desde entonces no acepto que me digan: ‘Te espero en tal lado y de ahí nos vamos’. La manera en la que trabajo es que les digo a los que solicitan el servicio que me esperen en el hotel, me dan el número de habitación y yo llego”.

 

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Le sirvo un poco más de café, bajo el volumen a “The National Anthem” de Radiohead y me cuenta el negocio que hacen en muchos hoteles. “Mira, en algunos me han ofrecido trabajar para ellos, porque la mayoría brindan el servicio de compañía sexual. Si te ven llegar solO, si ven que ya llevas mucho tiempo en la habitación, te hablan de la recepción y te preguntan si no quieres una chica que te acompañe, aquí es donde entra la ganancia del hotel”.

Me pregunta que qué más quiero saber y le digo que me hable del tipo de hombre que se encuentra tras de las puertas de las habitaciones de hoteles. Nerviosa, se ríe, mira la grabadora. “Nunca sabes qué tipo te va a tocar. Mira, en Facebook cualquiera sube de perfil la fotografía de la persona más guapa del mundo. Y realmente no eres esa persona. Una vez que realizo mi trabajo disfruto; yo veo mi actividad como cualquier trabajo donde en ocasiones disfruto tanto que pides que no se acabe el tiempo que pagó el cliente. Hay cosas buenas, no todo es tan malo. Se equivocan las que creen que somos víctimas de los hombres, eso no es cierto, porque finalmente haces lo haces porque quieres; en mi caso nadie me obliga, yo lo hago porque es una manera de ganar dinero, y en cualquier trabajo lo ganas, finalmente estás dando un servicio por una paga”.

Hablamos de las ganancias. Me dice que en un buen mes se lleva aproximadamente 32 mil pesos libres de impuestos. No tiene jefe, aunque no han faltado quienes le han ofrecido que trabaje para ellos. “En una ocasión, un hombre me dijo que tenía muchas páginas en Internet de las cuales él era el administrador, que me podía hacer publicidad en todas, que así iba a tener más trabajo y que lo único que me pedía era un servicio gratis; obvio no lo hice. No te creas, como a mí se lo dijo a muchas chicas, porque nos conocemos y mantenemos mucha comunicación por las redes sociales. Mi zona de trabajo es por el norte de la ciudad, y de ahí no salgo, pero hay clientes que te solicitan un servicio en Tlalpan, así que les dices que tú no trabajas ahí y lo contactas con una chica que le pueda dar el servicio. Nunca me ha gustado trabajar para nadie, porque yo trabajo cuando quiero, donde quiero y con quien quiero”.

 

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Me intriga saber un poco más acerca del perfil de los hombres que recurren a los servicios de una escort. Una vez que ella se da cuenta de mi curiosidad me aclara: “La mayoría de mis clientes son hombres casados. Un hombre engaña a su mujer, y viceversa, ya que también hay un amplio mercado de escort masculino, por falta de comunicación, porque si tú como mujer le tuvieras la confianza a tu esposo para decirle: ‘¿sabes qué?, a mí me gustaría que me cogieras así, de a perrito’; tu esposo se pregunta de dónde aprendiste tal posición o con quién la hiciste que tanto te gustó; y una como mujer es igual, si tu esposo te dice: ‘oye, quiero que te pongas esta tanga o esta lencería’, lo primero que piensas es que él ya se vio con otra mujer que llevaba tal prenda y le gustó. Aunque, no te creas, nosotras tenemos trabajo gracias a eso”.

Es inevitable no preguntar acerca de los problemas que ha tenido con las esposas cuando éstas se dan cuenta de las infidelidades. “Muchas veces los hombres te agregan al Facebook de perfiles familiares donde está la esposa o la hija. En tres o cuatro ocasiones me han llamado por teléfono. Preguntan que si soy fulanita de tal, me dicen: ‘¿sabes qué?, soy la esposa de X y quiero que lo dejes de molestar, porque vi su Face y vi tus mensajes’. Yo lo único que contesto es: ‘Si ya entraste al Face, tú misma puedes leer que yo ofrezco un servicio, aquí quien está pagando es tu marido y no es que yo lo haya buscado, así que lo que me dices ve y dilo también frente a tu esposo’. Obvio, no lo aceptan, piensan que abuso de ellos, como si fueran niños, como si los hombres no fueran capaces de hacerse responsables de sus infidelidades”.