POR Alfredo C. Villeda

 

El poder de una placa y un arma es avasallador. Ciega. Da poder a un hombre bueno y lo convertirás en un monstruo en 15 minutos, decía más o menos Mark Twain

Iguala“No supe de enfrentamientos, estaba en un baile” (nayaritenlinea.mx/ Archivo CuartOscuro)

El 20 de julio de 2001, el policía militar Mario Placanica, un compañero suyo y un chofer, a bordo de una patrulla Land Rover Defender, quedaron atrapados en medio de una manifestación de monos blancos en la Piazza Alimonda de Génova. En medio de la retirada de los carabinieri, la multitud altermundista se abalanzó contra el auto rezagado y uno de los activistas, Carlo Giuliani, rompió una ventana del vehículo con un extinguidor.

Placanica sacó su pistola y abrió fuego. Acto seguido, el conductor maniobró para escapar y la patrulla arrolló a Giuliani. El suceso generó un escándalo internacional, convirtió en mártir y símbolo político a la víctima y ahondó la mala fama de la policía militar italiana. Hoy no sólo hay organizaciones que llevan el nombre del baleado, sino también sedes políticas comunistas, además de canciones en su memoria. El tirador, en cambio, sufrió un “sospechoso” accidente y aunque nunca fue llevado a juicio por la muerte del globalifóbico, terminó dado de baja de los carabinieri por no estar apto físicamente.

¿Qué debía hacer Placanica, viéndose atrapado por decenas de jóvenes opositores al Grupo de los Ocho, ese club de países ricos cuyas reuniones dan pocos resultados y muchas protestas, sobre todo en la década pasada? ¿Habrá alguna parte del protocolo policiaco-militar italiano que especifique el uso de las armas letales cuando una multitud se lanza con violencia contra tres de sus efectivos atrapados? Al final se alegó defensa propia y, como se ha dicho, después de múltiples diligencias, el caso no llegó a juicio.

La policía, sin embargo, tiene sus códigos y sus particularidades en cada región. Martin Amis, quien comenzó como reportero antes de ser el gran escritor que usted conoce, hace decir a un agente, personaje de su novela Night Train, que una característica del uniformado estadounidense es el racismo y ejemplifica con los objetivos de cada uno de estos cuerpos de acuerdo con el estado que en teoría vigilan y protegen. Cada minoría étnica cuya presencia es mayoritaria en una región, valga la aparente contradicción, es el blanco a priori de los policías.

No se sugiere aquí, de manera alguna, que todos los residentes y migrantes indocumentados en Estados Unidos sean inocentes. Es sabido que incluso forman comunidades con fuertes lazos de identidad. Ya no digamos latinoamericanos. Hay gran arraigo de gente de todo el mundo: rusos, italianos, alemanes, albaneses, filipinos.…Y hay ahí una amplia gama de blancos que los policías ven como “presuntos” a la menor provocación.

Muchos de esos policías tienen, vaya paradoja, el mismo origen. Pero el poder de una placa y un arma es avasallador. Ciega. Da poder a un hombre bueno y lo convertirás en un monstruo en 15 minutos, decía más o menos Mark Twain. El fusilero recuerda a un elemento de seguridad al servicio de la embajada estadounidense en la Ciudad de México. Un pequeño hombre, moreno, en sus 50. Pero soberbio, mandón, grosero con sus paisanos formados para obtener o renovar la visa. El sujeto, asumiéndose en su cabecita como agente migratorio, sólo ve una incómoda multitud de “latinos” queriendo entrar a la “tierra de las oportunidades”, de la que él ya se considera parte.

Así llegamos a los policías de Cocula y de Ayotzinapa. Hombres del mundo rural guerrerense. Sin instrucción. Como la mayoría de agentes y militares, con una visión vertical. Siguen órdenes. Y en ese escenario, si el jefe dispone que disparen contra un grupo de su propia gente, con la diferencia de que son estudiantes opositores al gobierno, retengan a esos muchachos y los entreguen a una banda criminal, lo harán porque son parte de esa siniestra alianza por dos razones de mucho peso: o se alinean y tienen la posibilidad de salir beneficiados, o les dan plomo.

De ninguna manera hay justificación a su proceder. Deberán ser castigados, cuando así concluya el proceso, como autores materiales de la desaparición forzada y, en su caso, matanza de los 43 normalistas. Pero ellos, como sus colegas de varios estados mexicanos, sólo son la herramienta de los gobernantes asociados con el crimen. ¿Qué puede hacer un policía honesto en medio de una batalla entre cárteles de la droga? ¿Qué puede hacer rodeado de compañeros pagados por el hampa? Con salarios miserables, sin educación, estigmatizados como corruptos y ahora exhibidos en el más escandaloso caso de colusión con el crimen, el policía se aleja cada vez más de la figura de un héroe.

En sus distintos niveles, acaso dramáticas diferencias, insalvables, así pasa en Italia, en Estados Unidos y en una pequeña región llamada Cocula.